Fobia

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Había, en la vida de Yuri Plisetsky, un evento muy lejano, del que apenas tenía memoria. Había ocurrido cuando aun era un niño y no tendría más de 6 años de edad, poco tiempo después de que su madre dejara de estar con ellos.

Su abuelo tenía una cabaña en el poblado de Myasnoy Bor, en la región de Novgorod. Yuri había oído, pero jamás había comprendido porque, que aquel no era un buen lugar para tener una cabaña. Todos, por alguna razón, se lo decían a su abuelo.

Durante el invierno, su abuelo lo llevo a esa cabaña. Le prometió al pequeño que saldrían a mirar a los animales silvestres andando a la orilla del bosque, que lo llevaría a patinar al lago a medio día, y que, a la noche, prenderían el fuego en la chimenea, y comerían salchichas y bombones tostados.

Patinar en el lago siempre era divertido. El hielo era lo suficientemente grueso, y nunca se rompería bajo su pequeño peso.

Pero su abuelo jamás le dejaba estar hasta muy tarde con los patines puestos, y el pequeño Yuri tenía que pasar el resto de su día, aburrido, mirando el viejo televisor.

A veces, podía ver conejos brincando entre la nieve. Yuri corría tras ellos, y cuando estaba a punto de llegar al bosque, su abuelo le reprendía severamente, diciéndole que jamás debía entrar ahí solo. Era peligroso, y Yuri lo sabía...

Pero era demasiado joven y desobediente como para darle la importancia debida.

Una tarde, mientras su abuelo dormitaba en el sofá, el pequeño Yuri se escabullo a hurtadillas, con los patines en su pequeña mochila, y caminó solo hasta el lago. Patino durante poco mas de una hora, y pronto, su atención se volcó sobre una pareja de conejillos que saltaban entre los matorrales. Rápido, se cambio los patines por las botitas, y no pudo reprimir el impulso de correr tras los animalitos. Y se adentro en el bosque...

Tras caminar algunos cuantos metros siguiendo al par de traviesos conejos levanto la mirada, y se encontró a si mismo a la entrada de lo que parecía ser una pequeña edificación. Era del tamaño de la cabaña de su abuelo, pero no estaba hecha de madera. Era una construcción completamente hecha de cemento. Lo sabía, porque las paredes eran grises y feas.

Curioso e impudente, se adentro, olvidando a los animales a los que había estado siguiendo. Se notaba que el lugar había sido abandonado hacia años, había basura por todos lados, botellas de cerveza y extraños dibujos en las paredes.

Caminaba, mirando todo, embelesado. Fue por eso que no vio los pedazos de madera sobrepuestos, que cubrían un enorme agujero en el piso. Su pie se hundió entre la madera podrida que no fue capaz de aguantar el peso, y callo estrepitosamente en el agujero.

Era profundo. Por sobre su cabeza se alzaban, cuando menos, tres metros de pared. La tierra húmeda, y su propia mochila, amortiguaron la caída. Se sobo la cabeza, lloriqueando, seguro de que le saldría un enorme chipote, y al abrir los ojos, se encontró con un largo pasillo que se extendía frente a él. Y el fondo del pasillo estaba obscuro. Completamente obscuro. Tras él, otra pared le cortaba el paso, y rápidamente se pego a ella, llevándose las manos al pecho, mirando fijamente hacia el fondo del pasillo, que parecía no tener fin.

Yuri no era un niño particularmente asustadizo, pero aquella profunda obscuridad se presentaba ante él, densa y sofocante. Daba la impresión de ser una presencia sólida, espesa, amenazando con tragárselo si es que cometía la osadía de adentrarse en ella. 

Además, no podía ver nada, pero sabía... sabía que había algo ahí abajo, con él, en la obscuridad.

Pronto, inexplicablemente se sintió en peligro. El pequeño entro en pánico, llamando a gritos a su abuelo, pidiendo a gritos ayuda.

Por el agujero sobre su cabeza, aun se colaba la escasa luz solar, que con esfuerzo pasaba entre las espesas nubes grises que caprichosamente cubrían el cielo. Pero entre más avanzaban las horas, mientras más se acercaba la noche, la obscuridad del pasillo parecía extenderse, deslizándose poco a poco, arrastrándose cada vez más hacia él. Y lo que fuera que estaba ahí, en la obscuridad, se acercaba también.

Atemorizado, el rubio intento subir la pared, usando sus manitas, lastimándose los dedos al arañar con fuerza el cemento. Y gritaba, gritaba cada vez más fuerte.

Cuando cayo la noche, y la obscuridad total se cernió sobre él, envolviéndole, no pudo soportarlo más. Su pobre corazón latía desbocado dentro de su pecho, las piernas le temblaban con tanta fuerza que las rodillas chocaban entre si. La orina le empapo el pantalón, desde la entrepierna hasta los tobillos. Se encogió sobre si mismo, se hizo un ovillo contra la esquina de la habitación y con las manos se cubrió la cabeza, los oídos, mientras desesperadas lagrimas de angustia le corrían por las mejillas. Tenía miedo, tenía mucho miedo.

Todo estaba obscuro, no podía ver nada, ni siquiera su propia nariz. Y sabia, porque lo sentía, ahí, a unos cuantos metros de él, sabía que había algo ahí con él.

Solo dejo de gritar cuando de su garganta ya no le salió la voz.

Le encontraron una hora después, agazapado entre la basura, temblando frenéticamente, con las manos aferradas a sus orejas y las uñas clavándose en su cuero cabelludo, los ojos bien abiertos como platos, mirando directamente hacia el fondo del pasillo.

El pequeño grupo de hombres que se había organizado para la búsqueda, tuvieron que bajar para sacarle, y así, tieso como estaba, lo entregaron en brazos a su abuelo, que no volvió a llevarle nunca más a la cabaña.

El pequeño grupo de hombres que se había organizado para la búsqueda, tuvieron que bajar para sacarle, y así, tieso como estaba, lo entregaron en brazos a su abuelo, que no volvió a llevarle nunca más a la cabaña

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Nota del capitulo:
No es que sea una experta en geografía. No se nada sobre Rusia.

Pero hay un bosque, el bosque Miasnói, al que llaman el Valle de la Muerte. Esta historia esta inspirada en ese bosque. 

"El bosque Miasnói se encuentra en la región de Nóvgorod, en el llamado Valle de la Muerte. Es un lugar boscoso y pantanoso, donde durante la Segunda Guerra Mundial perecieron cientos de miles de soldados.

Hasta ahora en los lugares más recónditos del bosque queda una enorme cantidad de restos no sepultados de esos soldados. 

Lo primero que uno advierte en ese lugar es un silencio sepulcral y escalofriante. En el bosque los pájaros no cantan. Parece que no los hay. Los cenagales abundan. Es un lugar siniestro. En los barrancos a veces se ven los huesos de los soldados no enterrados. Todo esto es deprimente."

NictofobiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora