Capítulo 34.

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Cuando salimos de la tienda con el vestido ya comprado empezamos a reírnos por el numerito que habíamos montado Daniela y yo llorando. Alguien me agarro por los hombros y me tapo los ojos con sus manos, su aroma me resultaba tan familiar que averigüe al instante quien era.

-Miguel… -Dije. El gimoteó.

-Joo, has averiguado quien era.

-Tu olor es inconfundible y perfecto. –Me di la vuelta y le bese.

-¿Hola? Todavía sigo aquí. –Dijo Daniela por detrás de mí. Me gire.

-Como si tú no hicieras lo mismo. –Su rostro era enfadado, pero cuando dije eso su rostro volvió a su forma natural y sonrió.

-Es verdad. –Se encogió de hombros y se dio la vuelta. –Me voy, voy a casa de Elliot, ya nos veremos tortolitos.

-Vale, adiós. –La dije mientras la despedía con una mano, la otra la tenía envuelta en la mano de Miguel.

-Suerte con el polvo. –Dijo Miguel, las dos le miramos con una ceja subida y pusimos los ojos en blanco.

-Es tonto. –Dijo Daniela.

-Sí, es tonto, déjale. –La conteste.

-Sí, pero me quieres. –Dijo Miguel, mire a Daniela puse los ojos en blanco y la volví a despedir con la mano, ella repitió el gesto y se fue.

-Pues sí, pero tú tampoco te libras de quererme. –Le dije mientras me ponía de puntillas y le daba un beso en la comisura de la boca.

-Y nunca me librare de hacerlo. –Me devolvió el beso, pero esta vez en mis labios.

La escena parecía sacada de una película de amor, los dos en medio de la calle, besándonos, solo faltaba que yo hiciera el típico gesto que hacen todas las mujeres al besar a su hombre tan querido, el de subir un poco el pie hacia arriba mientras se besan.

-¿A dónde vamos? –Me pregunto Miguel.

-No se… -Me miro de arriba abajo y afirmo con la cabeza.

-Nos vamos a comer.

-¿Qué? –Lo menos que me apetecía era hacer eso, hace un rato acababa de ver que había engordado.

-Venga vamos.

-No me apetece.

-Adriana si en el supuesto caso de que estuvieses embarazada tienes que dejar de hacer esas tonterías con la comida, tienes que proporcionarle comida. Si no lo haces por ti, hazlo por él y por mí. –Miguel tenía razón.

-Sí, pero sabes que es difícil, que esto no se cura de un día para otro, quizás este toda la vida con este problema mental.

-Lo sé, pero inténtalo, si lo intentas podrás acabar con todo esto.

-Es complicado… -Dije en un susurro. Miguel cambio de tema.

-¿No me digas que no te apetece un buen bocadillo de bacon? A cualquiera en su sano juicio le apetecería un bocadillo de bacon. –Y Miguel tenía razón, pero no era bacon lo que me apetecía.

Cuando llegamos al mismo bar-restaurante de siempre, nos sentamos en la mesa que nos sentamos la primera vez que nos vimos y me invito a comer. El camarero se a cerco.

-¿Qué vais a tomar? –pregunto.

-Yo un bocadillo de bacon y una coca cola. –Miguel me miro para ver que pedía.

-Yo si puede ser una baguette de salmón, le echas un poco de queso philadelphia, un poco de mayonesa y unos trocitos de pepinillo. Para beber me puedes traer un café. –Miro a Miguel y esta con la boca abierta al igual que el camarero, este rápido se va.

-¿Qué cojones es eso?

-¿El qué?

-Lo que has pedido, ¿salmón, queso, mayonesa y pepinillos? Pero si a ti no te gusta ni la mayonesa ni los pepinillos. –Tenía razón, pero en ese momento me apetecía comer ese bocadillo tan extravagante. Me di cuenta de por qué y mire a Miguel con los ojos muy abiertos.

-¿Piensas que puede ser… un antojo…? –La última palabra la dije muy baja, porque no quería que nadie me escuchara, tampoco quería escucharla yo misma. Miguel abrió la boca en forma de O e hizo el mismo gesto que yo con los ojos, parecía que se le iban a salir de las orbitas.

-Adriana… mañana te haces el test.

Adri's Life.Where stories live. Discover now