-Papá... Quiero decirte una cosa...
-Dime.
-Es que... Lo he pensado y... Quiero ser escritora.
-¡¿Pero te has vuelto loca?! ¡Ser escritora no te va a ayudar en un futuro!
-¡Pero es lo que quiero!
-¡A ver!¿Qué pasa aquí?-mi madre irrumpió.
-Mama... Es que quiero...
-Nos ha salido mal, cariño. Dice que quiere trabajar de escritora. Esta chica nos ha salido mal.
Al escuchar eso, me puse a llorar y corrí hacia mi habitación. Me tumbé en la cama, desconsolada. La almohada quedó empapada en cuestión de minutos. Cuando me harté de llorar, me levanté. Tenía la cara roja y acalorada, llena de lágrimas. Me acerqué a la ventana. Puse la mano en el pomo para abrirla. Giré el pomo y abrí la ventana. El suelo se veía muy abajo desde el cuarto piso. Puse mi pierna fuera. Saqué mi otra pierna, la zurda, hasta quedar sentada en el alféizar.
Grité. Volví a entrar a la habitación. Cogí unos cuantos folios en blanco. Cogí un boli de tinta azul. Me senté en la silla delante del escritorio. Puse los folios y cogí el boli. Me puse a escribir. Me salió una obra de diez paginas. Estaba todo escrito en un solo capítulo. La titulé "Sueños de tinta". Cuando la terminé me la leí. Iba sobre una chica que quería ser escritora y su padre la daba por loca.
Entonces me puse a pensar. Mi vida me pasó por la mente, el día en el que mi madre me enseñó a usar la máquina de escribir a los tres años, el día en el que casi me caigo a un río en pleno invierno, pero mi madre me cogía, el día en el que mi madre me enseñó su enorme colección de libros... Me puse a reír. Cuando me calmé, me di cuenta de que mi padre no estaba por ninguno de esos recuerdos. No recordaba la cara de mi padre, que seguro que algo de bueno tenía que haber en él. Me empezéa asustar. Cuando me quise dar cuenta, estaba escribiendo nombres de chico al azar encima de mi historia, intentando recordar su nombre. Desesperada, me puse a llorar. Intentaba recordar si era alto o bajo, si tenía el pelo castaño, si tenía ojos marrones o azules. Intentaba recordar su personalidad.
Cuando no pude con tanta presión, decidí salir a buscarle. Puse la mano sobre el pomo y lentamente abrí la puerta.
La casa estaba solitaria y vacía. Vacía en sentido literal, pues no habían muebles ni nada.
-¡¿Hola?!-grité.
Eco. Nada. No había nada en casa. Me volví para entrar de nuevo en la habitación, pero la puerta había desaparecido. La habitació estaba vacía. Entonces decidí salir a la calle.
Andé por el pasillo. Llegué a la puerta que daba a fuera y la abrí. Blanco. Todi era un fondo blanco, sin paredes ni nada. La luz salía de todas partes, sin dejar sombras. Me horroricé. Entonces me di cuenta de que estaba sola, atrapada en una habitación blanca.
Desesperada, me puse a gritar y a correr, a pegar patadas al suelo. Por una extraña razón no me cansaba.
Me di cuenta de que llevaba una cuchilla en el bolsillo, aunque no sabía como había llegado allí. La cogí. Era una cuchilla con mango de piedra con la forma de una calavera. La miré detenidamente, con una mirada tranquila y un silencio muy incomodo. La levanté. La llevé subí hasta la altura de mi brazo izquierdo. La acerqué al antebrazo. Me la clavé en las venas. Me corté la vena lentamente, con dolor, llorando sin sollozo, hasta que me quedé sin aliento.
Cuando estaba exhausta, sentada, medio muerta, una leve imagen apareció a unos metros delante mío. Era mi padre.
-Mierda...- entonces llegaron los sollozos -. Papá...
Expiré.
