1.

316 16 2
                                        

Briseida cursaba el último año de colegio antes de la universidad. A sus dieciocho años recién cumplidos comenzaba el segundo trimestre con la misma desgana que el anterior. No le gustaba estudiar, ni el colegio católico al que sus padres la obligaban a ir. Tampoco cualquier cosa que requiriera un esfuerzo o sacrificio, a Briseida le gustaba gustar, seducir, provocar. No era demasiado distinta a muchas de sus compañeras, pero a ella la naturaleza la había premiado con una cara bonita y un cuerpo perfecto, voluptuoso a pesar de su corta edad. Sí, la muchacha era plenamente consciente de ello y sabía utilizarlo como nadie.

Había llegado hasta segundo de bachillerato con unas notas muy justas, rozando lo aceptable. Los esfuerzos de su padre para que tuviera una buena educación habían sido, cuanto menos, desaprovechados. Para los profesores era un quebradero de cabeza, con la pasividad  y actitud de la joven pero con sustanciosas donaciones del padre al colegio se encontraban siempre entre la espada y la pared. Aunque el San Carlos Borromeo era una escuela religiosa y conservadora, probablemente de las pocas de Madrid en la que los estudiantes iban uniformados hasta el último curso, las ayudas de la familia de Briseida no pasaban desapercibidas a pesar del comportamiento de ésta.

Incluso había conseguido que el uniforme pareciera algo indecoroso tan solo con un par de arreglos. Unos calcetines más largos de lo normal por encima de las rodillas y arrapados ejercían de medias mientras que una falda un palmo más corta de lo permitido y una blusa una talla más pequeña ajustada a la piel hacían el resto. El Padre Agustín, director del colegio, se había escandalizado en numerosas ocasiones, pidiéndole a Dios fuerzas para resistir aquel comportamiento sin perder los papeles o, lo que es más importante, sin perder el dinero del que era su mayor benefactor.

Briseida provocaba envidias y pasiones a partes iguales. Quizás sería más correcto decir celos y erecciones, en cualquier caso, eran pocas las miradas que se escapaban a su poder de atracción. Algunos chicos habían conseguido colarse entre sus muslos, pero ninguno le había parecido lo suficientemente atractivo como para entregarle su corazón, ni siquiera por despertar en ella un interés real. Esto solo lo había logrado un hombre, su profesor de historia, Juan Carlos Arizmendi.

Briseida. (+18)Where stories live. Discover now