Santa Fe de la Vera Cruz. 22 de febrero.
– ¿A qué hora crees que volverá el internet? –le dije al dependiente del cibercafé en el que me encontraba. Debía enviarle un correo electrónico a Martín anunciando mi visita. Sé que no me ha estado respondiendo últimamente. No he tenido contacto con él en este último año. Aún así, confío en que el sigue recibiendo mis e-mails, y debía darle otra oportunidad. ¿Por qué me había comenzado a ignorar así?
–Lo siento, pero seguirá en mantenimiento hasta las nueve de la mañana.
–Bueno, gracias. –dije, y salí del lugar.
Al parecer me había quedado sin oportunidades. El tren salía en la madrugada, y este era el único lugar que abría las veinticuatro horas, y ya eran las 22:30, además, acababa de recibir un mensaje de Damián diciéndome que no iba a poder acompañarme en esto. Decidí ir a casa y descansar, de todos modos, a Martín no le molestaría que yo aparezca en Salliqueló por sorpresa.
Salliqueló. 23 de febrero.
Mi reloj marcaba las mil setecientas horas cuando llegué a la estación de tren de Salliqueló. Bajé del tren, salí de la estación y caminé un poco hasta la única agencia de taxis de la zona. Subí al primero que encontré y le indiqué al conductor la dirección que Martín me dio cuando había preguntado por su casa en el pasado.
25 de Mayo y España. Crucé el jardín repleto de jazmines que se encontraba rodeado por una valla blanca de madera, típicas de las casas de aquellos porteños que deciden irse a un pequeño pueblo como este en busca de un poco de paz. Una vez que pasé por el pequeño empedrado que conducía el porche, subí a este e hice sonar el timbre presente a un lado de la gran puerta de madera que había. Pasados unos segundos, la puerta se abre, y un hombre de edad al parecer avanzada me comenta que nunca había oído de un Martín en esa casa. Llevaban 5 meses viviendo, y le habían comprado la casa a una pareja. La única pareja en la pensé fueron los padres de Martín, así que le agradecí al señor por su tiempo y me dirigí a la casa de los padres de Martín.
Estaba en la casa de los padres de Martín. Este lugar sí me resultaba familiar, aunque solo lo haya visitado un par de veces. Toqué la puerta, me atendió la mamá de Martín, que me reconoció al verme, pero no sonrió como yo esperaba.
–Lucas. Cuánto tiempo ha pasado. –dijo, en un tono casi indiferente. Llevándome a pensar que mi visita no le alegraba en lo más mínimo, aunque sin disgustarle. Es casi como si supiese que tarde o temprano, yo sería el próximo en llegar a este hogar preguntando por su hijo. – ¿Buscas a Martín? Déjame llevarte a un paseo en el coche. –ese dialecto español era fácilmente reconocible. María era de origen gallego. Pero esta mujer había cambiado mucho desde esos tiempos. Ya no era una persona amigable como quien solía ser, con una sonrisa que podría derretir hasta el más frío de los corazones. Ahora se la notaba cambiada, como aquellas personas que han sido golpeadas tanto por la vida, que han decidido que lo mejor quizá podría ser dejar de explotarse uno mismo, dejar de intentarlo. Saben que quizá lo mejor puede ser quedarse en el suelo, sabiendo que los esfuerzos por levantarse son en vano. Y así era la imagen que me provocaba su mirada.
Subimos a su auto, y comenzamos un corto viaje cuyo destino era desconocido para mí. No tardó más de un par de minutos para que María apagase la radio. Luego de eso, comenzó a hablar.
–Han habido muchos cambios desde la última vez que has pasado por aquí. Es muy extraño que hayas decidido venir por sorpresa, pero ha sido lo más conveniente para todos. Están ya muy lejos del presente aquellos momentos en los que Daniel y yo pudimos disfrutar de un último atardecer. –En ese momento sacudió un poco la cabeza, como quien se equivoca y trata de reacomodar sus pensamientos– Lamento seguir hablando de él. Es un gran problema, y es que... ¿Quién es auténticamente capaz de olvidar aquello que le ha marcado de por vida?
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tiempo inexistente
General Fictionnadie muere en la víspera. ¿y cómo podemos hablar de tiempo, cuando el único tiempo real es el que vivimos, y se nos escapa de las manos, así como las vísperas de aquel final indeseado que llega en su propia víspera, sin aviso alguno? la víspera es...
