Capítulo 1.

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Lunes. Diez de la mañana. Un día que parecía bañado en cenizas, con las nubes flotando en el cielo como burbujas grises y amorfas. En la entrada de la capilla había diez personas. Nadie estaba vestido de negro. Tampoco nadie lloraba.  Afuera, un Peugot fúnebre daba identidad a la situación: La despedida católica de una muerta. Su nombre figuraba en el auto en letras minúsculas y blancas: María Rosa Inmaculada Acuña.

María Rosa tenía dos hijas, Susana y Carmen. Las había creado bajo la tempestad del aburrimiento, con una prolijidad digna de ser el ejemplar de la época. Había estado casada sólo una vez. Y, desde que falleció su marido, se había sabido llevar bien con la soledad y su infortunio. 

El momento de la muerte no es la aceptación o el recuerdo semi-permanente. En ese caso, en frente de una capilla, bajo un cielo escasamente iluminado, con un choffer de traje y calvicie brillante, la muerte era las letras blancas que adornaban al cajón. Con tal singularidad, con tal imprudencia, sentenciaban un adiós adornado de vacilaciones existenciales. La muerte choca, analiza, se divulga entre insomnios y moralejas de cotillón. Pero ahí, justo ahí, era letras blancas, lo palpable, lo discreto. Las dos hermanas observaron a las letras detenidamente. Buscaron entre los recovecos de su cansancio apaciguar la ansiedad. No hubo cigarrillo ni pastilla que anestesiara la desesperación. Sólo, ese momento. Ese instante neurálgico, en el cual, toda comprensión acabada se revertía de aceptación y subjetividades. Estaban ahí, frente al impacto, sin siquiera abrazarse, imitando estatuas.

-¿A quien esperan? - Preguntó la monja

-A mi hija Mara – Le respondió Susana

-Señora, esto es un responso. En media hora va a venir otro coche con otro difunto. O empezamos ahora o tendrá que esperar después para ver si podemos hacerle un espacio entre despedida y despedida.

La monja volvió a ingresar a la capilla. Tenía una trenza dorada que parecía un nido de pájaros. Llevaba también una pollera larga desteñida, al igual que su saquito de lana fina celeste. Medias blancas crecían por sus tobillos hasta las rodillas. Y, el rosario, en el pecho, inmóvil frente a sus pasos bruscos. 

-Ya le envié varios mensajes y no respondió - Le dijo Susana a Carmen.

-No va a venir - Sentenció ella.

Susana alzó la vista con algo de esperanza. Le había enviado varios mensajes a su hija para que al menos ese día no llegara tarde como acostumbraba a hacer. 

Susana se acercó al automóvil que parecía una estrella y con cierta timidez miró a su alrededor, en sus ojos se marcaba un "es ahora", remediando su espera desafortunada y su tristeza unívoca.  El cajón pesaba muchísimo y en cada lado, las muecas de dolor de brazos se asentaban entre quienes lo cargaban. Subieron con dificultad las escaleras del cementerio, mientras a penas el sol demostraba el mediodía. 

La monja aguardaba dentro con un cuaderno lleno de oraciones y un rosario en la mano derecha.

Carmen se sentó adelante con su hijo.

Susana atrás con su marido y su hija.

Carmen no lloraba. Susana sí.

En la fila contigua había dos sobrinas de la difunta, María Rosa. Tampoco lloraban. Y en el fondo, estaba la madrina de Susana, que tenía un ramo de lirios abrazándole el pecho.

"Estamos aquí reunidos..." Comenzó la monja su monólogo de despedida y Susana pensó instantáneamente que si Mara estuviera allí, la miraría con desprecio acertándole "se dice acá". Una mueca de risa, a pesar de su estado melancólico , se hizo en su rostro y alzando la vista al techo despintado y lleno de humedad, sollozó "cuidala mamita, cuidala a mucho a Mara". Susana tenía la costumbre de alzar la vista es busca de súplicas o pedidos, invocando al aire su voluntad. Se asemejaba a una forma peculiar de encontrar el reflejo de su voluntad. El marido de Susana la abrazó cuando la escuchó sollozar, pero sin decir nada, consumido en el silencio y la atención hacia la monja, que levantaba los brazos, que lanzaba agua bendita al aire, y que acariciaba al cajón, con un cariño prácticamente solemne por los muertos.

A penas finalizó, Susana se giró sobre el asiento y buscó miradas de complicidad, lágrimas en los ojos al igual que en los suyos, otra vez el reflejo que se hacía prófugo, vertebrado en el dolor y el abandono.

Nadie lloraba.

Se sintió sola, más sola esta vez que cuando llegó, que cuando se sentó, que cuando escuchó a penas a la monja por que gemía como un niño abandonado. Y Carmen enseguida se levantó y habló con las dos sobrinas y la madrina y Susana, ahí, a un costado, desprotegida de incertidumbres, mirándola con el odio y con el desprecio de quien sostiene con el alma que hay que llorar a los muertos y que quien no lo hace es un egoísta y un hipócrita.

-¿La llamaste a Mara? - Le preguntó el marido

-Si, la llamé, le dejé mensajes de voz, le mandé mensajes. Pero no me respondió. Seguro lo leyó. Ya sabés, no tiene corazón.

El marido la abrazó y salieron a la puerta de la capilla, que tenía una reja verde hacia el cementerio. Había dos perros acobijados en la entrada y un policía que fumaba sin cesar mirando su teléfono celular. Los demás se fueron y Susana se quedó. Le gustaba quedarse, hacer la diferencia. Había algo más que el sentimiento, la búsqueda desesperada de la singularidad, la de la protagonista de una película dramática o la víctima fatal de una broma televisiva.

Acomodándose al papel que más la regocijaba en su abandono, tomó su cartera y sacó un cigarrillo, miró al policía que seguía con su celular consternado y se dirigió al auto, salteando humo por su boca arrugada. Susana no conocía más que su inocencia y eso la hacía sentir bien consigo misma. Había hecho bien su papel, el de la mujer traicionada, la que está al pie de la letra y hasta el fin de las consecuencia, la invencible y suspicaz. Recordó como el sábado anterior había estado en terapia intensiva de la mano con su madre. Y como ésta le dijo "te quiero", que en sus cincuenta y cinco años había sido un secreto o una carencia. Recordó su brazo con las vías sanguíneas infiltradas, hinchado y esponjoso, los ojos de su madre temblando de vacío, los médicos con diagnósticos soporíferos, la escaleras de mármol bordeux hacia la su habitación. Todo formaba parte de un encuentro con la muerte, con el deber y con la ansiedad que la volvía insalvable de sus principios.

En el trayecto a su casa, con el marido manejando y su hija al costado, contempló el paisaje de Olivos. Se recordó a si misma doce años atrás, llorando la muerte de su padre. Doce años habían pasado para que la monja le dijera "hija de dios" a su madre y la conviertiera en algo más inmenso que su madre, explicitando aquel vínculo de manera circunstancial. "Ella no es la hija de Dios, ella era mi madre" Pensó y exhaló.

-Hoy no voy a cocinar – Le dijo a su marido

-Está bien, pedimos a la casa de comidas barata de dos cuadras, sí?

-Mara sigue sin responder.

-Ya te dije Susana, ella no tiene corazón.

Susana volvió a enfrentar sus ojos con la ventanilla, aunque no buscara su reflejo en el vidrio húmedo. 

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⏰ Last updated: Jan 03, 2017 ⏰

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Margot.Where stories live. Discover now