Capítulo 1 -Sendero peligroso-

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Florecían los meses estivales. Esos días de azulados cielos, del tierno verde en las copas y de los claros arroyos cantores; con sus seductoras aguas invitando refrescarse. Sí, aquello hubiera sido una grata idea. Estoy dispuesto a apostaros que mientras Sassha entrecerraba los ojos adormilada, su mente quizá divagaba por el campo al encuentro de esas cristalinas aguas. El monótono traqueteo del carruaje que la transportaba, sumado al calor que regaba la mortecina tarde, eran el ingrediente perfecto para una modorra insufrible.

Las gotas de sudor resbalaban con parsimonia desesperante, humedeciendo desde la frente las cuencas de sus ojos color miel. De nada le valía el reiterativo abaniqueo que ejecutaba con apatía su izquierda. Entreabrió los ojos y contempló por la ventanilla el bucólico paraje. Advirtió en los campos floridos y el tupido cerco de frondosos avellanos, a la orilla del sendero. Dio un suspiro, se levantó de su butaca y caminó dos pasos hasta la ventanilla de enfrente, que daba hacia el cochero. Adelante la entrada a un tupido bosque se tragaba el extenso sendero.

Volvió a su asiento y se zarandeó incomoda en él. La haya que le acompañaba dormía sentada en la butaca de enfrente, mirarla la exasperó todavía más. ¿Cuánto más resistiría aquel martirio?¿Podía acaso ser peor? Un viaje de tres días al encuentro de un destino que no podía querer menos. Cerró los ojos una vez más, sin dejar de abanicarse más disgustada que acalorada. Miserable, aquella era la palabra que mejor encajaba para definirse a sí misma a sus diecisiete años.

La súbita detención del carruaje la sobresaltó. Miró esperanzada hacia afuera y se sonrió. Las copas de los árboles habían cubierto el sol que se apagaba en occidente. Sí, estaban pensando en levantar campamento en medio de un claro entre la espesura. Debían hacerlo con la luz de la tarde, la luna estaba en su cuarto menguante y la noche amenazaba oscura.

Aprovechó para estirar las piernas y llenarse el pecho de aire fresco. La brisa olía a flores y a hierba húmeda, las altas ramas de un aromo cubrían de sombra la tierra de hojarasca alrededor del tronco robusto. Detrás, las zarzas y brezos crecían despreocupadas y a sus anchas. Retrocedió dos pasos, presa de una extraña sensación de angustia. La bastedad de la vegetación y la creciente oscuridad, recortada de cuando en vez por amarillos rayos de luz que se colaban entre las hojas, le produjo inexplicable temor. Después de todo, jamás había estado tan lejos de casa.

Su Haya le llegó al encuentro antes de caída la noche. La guardia ya había abierto un perímetro alrededor del carruaje y era prudente guarecerse cuanto antes. Se durmió por fin cuando la última carcajada de uno de los guardias se apagó junto a la hoguera, cuyo reflejo daba a su ventanilla. Lo que la despertó en plena madrugada no fue precisamente una risa, sino un grito de espanto y agonía.

El interior del carruaje estaba tan oscuro, que ni sus propias manos consiguió ver. Afuera no era distinto, salvo los espantosos gritos de dolor que erizaban su piel de solo oírles. Aunque no pudo ver en absoluto en la oscuridad de la noche, pudo oír como la muerte arrebataba a los hombres que debieron velar su sueño. Instintivamente se agachó presa del pánico en su butaca, hasta que por fin sintió la mano de su Haya apretar la suya.

—Silencio mi niña, silencio mi preciosa —le decía, con un tono cargado de miedo—. Vamos a estar bien, todo va a estar bien.

—¿Qué ocurre Eulisa? ¿Bándidos? —inquirió Sassha. Su voz apenas escapaba de su garganta cerrada—. ¿Estamos siendo atacados por bandidos?

El silencio como respuesta, baño el manto de la oscura noche. Dejó de oírse el trajín de batalla y los espantosos gritos de dolor y agonía. Sintió el corazón oprimir su pecho, presa de un terror incontenible. No podía ya moverse. Estaba paralizada en su posición cuando un brusco movimiento zarandeó el carruaje y en lapso de segundos el gorjeo asfixiado del cochero, le anunciaba que seguramente hallaría la muerte muy pronto. Paralizada en su lugar olvidó exhalar la bocanada de aíre que había inhalado apenas percibió que aquellos, o aquel causante del caos de afuera, estaba ahora sobre el carromato.

La puerta del cochero fue arrancada de un jalón y tras esta una sombra ingresó rauda como la relámpago. Su haya la abrazaba dando la espalda a aquello que acababa de ingresar, protegiéndola con su cuerpo del inminente ataque. No tardó ser arrancada de su lado, con un brutal zarpazo.

Sus ojos que ya se habían adaptado a la oscuridad, lograron detectar la silueta de su verdugo. Un hombre que no una bestia, en cuyos rasgos no pudo detallar, se le abalanzó dispuesto a terminar aquel crimen falto de consumar. Perdió el conocimiento en aquel mismo instante. Sin embargo, el asesino antes de acabar su adivinable cometido, retrocedió tras sus pasos y desapareció en la oscuridad. Dejando que la aurora abrazara la matanza regada en el bosque aquella noche.

Fue la aurora, la que con sus cálidas caricias la despertó de su letargo. Se encontró tendida sobre el alfombrado violáceo de del carromato, con el cuello dolorido y el cuerpo maltratado. Su primer impulso fue de incorporarse, tan pronto recordó lo acontecido por la noche. Sin embargo, desistió de su impulso, presa otra vez del pánico y la desconfianza de no saber con qué o quién iba a encontrarse. Miró el pequeño espacio, ahora iluminado con la mañana y advirtió la brisa que ingresaba desde la portezuela arrancada, agitando las cortinas. Se dio valor para girar el cuello y lo que encontró a metros de ella le apretó el corazón, lo mismo que un puño se lo estrujara.

Su Haya yacía bocarriba, con la mirada al techo en una mueca de dolor. Las lágrimas brotaron incontenibles y amargas. Por alguna razón se encontraba con vida, mas no sabía si sentirse agradecida, aliviada o todavía debía temer por aquello que encontraría afuera y se negaba a averiguar. Gateó hasta Eulisa y tras meditarlo un instante le acercó la mano al rostro y cerró sus ojos, amainando la terrible expresión grabada en su cara. Se enjuagó las lágrimas con el antebrazo y recién notó su vestido manchado de sangre. La angustia rodó por su cuerpo, no sabía que hacer, no podía decidirse si emitir un grito de auxilio o mantenerse en el más impasible silencio. Decantó por no hacer ruido, no obstante, exploró el exterior con su mirada antes de decidirse a salir del carromato. Lo que encontró no hizo otra cosa que estremecerla.

Afuera los cuerpos mutilados, se hallaban esparcidos en rededor en claro desorden. La mayoría boca abajo y con herida mortal a su espalda. Habían sido asesinados intentando huir. No podía creerse lo que había ocurrido, ¿qué clase de bandidos podrían hacer frente a soldados tan entrenados, cómo su guardia? No encontró explicación, ni intentó dársela por mucho tiempo. Por alguna razón se encontraba con vida y si quería mantener aquella condición tenía que salir de allí cuanto antes. La brillante luz de aquella mañana, por alguna razón le brindaba valor. No quería aceptar lo que su instinto y conocimiento, desprendían de aquel furtivo ataque. Se negaba a creer y en el fondo entendía, que habían sido hostigados por gente de Kivoc. Un vampiro le había perdonado la vida.

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⏰ Dernière mise à jour : Feb 18 ⏰

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