Hoy, todavía lo pienso, y no sé como he llegado a esta situación. Pensaba que esto era algo pasajero, pero me equivocaba. Ya han pasado dos años de nuestro primer y maldito encuentro. Maldigo haberte encontrado, pero sé que en el fondo no me arrepiento de ello.
Todo comenzó, como dije, hace dos años. Recuerdo que era invierno porque hacía un frío polar en la calle. Yo salía del trabajo y me divertía observando como los niños jugaban y reían viendo salir su vaho, se miraban unos a otros y decían: ¡Mira parece que estoy fumando! Esa frase, tan insignificante como ella misma, me transmitió un aire de nostalgia. Me recordó a mi de pequeño haciendo esas mismas tonterías y gracias, jugando con mis amigos. ¡ Ay, bendita ignorancia! En la calle, y a pesar del frío la gente iba con prisa, pendiente de sus quehaceres. No atendían al resto de seres, algunos tan cerrados en sí mismos que parecían inertes, que iban de un lado a otro. Me quedé sorprendido viendo la capacidad humana de esquivar cosas cuando estos van cabizbajos mirando su teléfono móvil, quizás leyendo alguna conversación de WhatsApp. Y allí en medio de ese caos de gente estaba yo, que a igual que el resto de personas me sumergía en mi mundo.
Sin embargo, de entre las sombras notaba algo diferente, notaba como una mirada se clavaba en mi. No le di importancia, quizás no toda la que debería haberle dado. Ahí mi primer error. Detrás de esa mirada se encontraban unos lindos ojos. No la conocía pero eran los ojos más sinceros que yo había visto.
Era una mirada diferente, podría distinguirla de cualquier otra. Aquellos ojos me hablaron, me decían algo. Pero no fue hasta mucho más tarde cuando supe que palabras escondían. Y créanme que hubiera preferido en algún momento no saberlo. Pero tu imagen a diferencia de tu mirada pasó como una estrella, fugaz. Algo dentro de mí sabía que iba a volver a verte y efectivamente no me equivocaba.
Era tal el frío que hacía, que me abroche la chaqueta hasta arriba. Caminé de vuelta a casa lo más rápido que pude, pero cada vez que me daba cuenta estaba pensando en ti. En tu mirada. Esa mirada invadía mi mente cada vez que a ella se le antojara. Perecía como si no pudiera controlar mi mente, ella me manejaba como cual marioneta es manipulada por un titiritero. Y así, sin darme cuenta, había llegado a mi casa.
Mi casa (que les voy a contar) no es un palacio, pero cumple la función de hogar. Al fin y al cabo es lo más importante. Si tuviera que destacar algo de mi imperfecto hogar sería mi cama (si dormir fuera un deporte creo que estaría en primera), me encanta dormir. Sin embargo, aquella noche no pude. Cada vez que cerraba los ojos, aquellos dos se clavaban en mi imaginación como si no existiese nada más. Me desperté muchas veces dándole vueltas a mi cabeza, pensando el por qué de mi reacción. Por lo que lancé una pregunta:
- ¿Qué nos pasa Abel ?- dije al aire como si alguien pudiera darle respuesta.
Intenté conciliar el sueño, pero fue en vano. Solo dormí un par de horas aquella larga e interminable noche. Afortunadamente (sí, como lo oyen afortunadamente) sonó el despertador. Nunca me había alegrado tanto de ese estruendoso aparatito. Ese aparatito encargado de devolverme a la realidad desde el mundo de los sueños. Me vestí. No sé ni como porque tenía tanto sueño que no conseguía distinguir los colores, ni la camisa del pantalón. Desayuné con la fortuna de no derrumbarme dentro del tazón de leche con cereales.
Una vez acabada esta odisea en la que se convirtió el nuevo día en mi casa. Me dispuse a irme hacia el trabajo. De camino a él, me invadía una sensación de nerviosismo pensando si volverías a pasar, si volvería a verte y que haría en esa situación. Sumidos en mis pensamientos llegué al trabajo en un abrir y cerrar de ojos. Creo que nunca se me había hecho tan corto el camino. La mañana se basó en reuniones, papeleos y demás ocupaciones que a pesar de no dejarme tener un minuto para mí, no dejaba de pensar en ella. Y más que en ella, en aquella mirada que me había embriagado.
Estaba sumergido en mi mundo. Creo que jamás me había encerrado tanto en mí, en mis pensamientos. Y era consciente de que mi estado no pasaba desapercibido. Mis compañeros de trabajo nunca me habían visto así, por lo que no tardaron en preguntarme. Sobre todo Clara. Era mi mejor amiga en el trabajo y fuera de él. Clara era una de esas personas que hacen más falta en este mundo. Siempre estaba de buen humor, y se preocupaba por todo el mundo que le importase. A ella no le importaba dejar lo que estuviese haciendo para echar una mano, daba igual a que. Y yo, me alegraba de haberla encontrado.
Hubo un momento en el que nos quedamos solos, y Clara aprovechó para conocer el por qué estaba así.
- ¿Oye estas bien? Te noto como ausente- me dijo sin quitarme los ojos de encima.
- Sí, estoy bien- dije quitándole importancia. Estaba bien. No tenía nada por lo que preocuparse. Simplemente le daba vueltas a aquel encuentro de ayer.
- No sé, te noto más callado de lo normal, como si algo te preocupara- me volvía a repetir Clara.
Intenté convencerla de que solo era cansancio y que desde que llegara a casa y me diese una larga ducha se me pasaría. Pero, en realidad, lo que quería era salir del trabajo y volver a encontrarme con ella. Necesitaba saber que era ese algo tan extraño que me hacía sentir. Pero, sobre todo ansiaba conocer su nombre.
Así que, Clara se dio por vencida y no me volvió a sacar el tema durante el trabajo. Nos limitamos a corregir y preparar las clases que nos faltaban. Porque si no se los había dicho, soy profesor.
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Un encuentro inesperado
Novela JuvenilAbel es un joven profesor de música en una importante universidad de su país. Todo en su vida, incluso su vida misma, ocurre y transcurre con normalidad, hasta que alguien sin querer aparece y le da un giro inesperado
