//Registrada con el código 1611199862585.//
¿Quién dijo que sólo las niñas sufrían por amor?
Al entrar a la preparatoria en una nueva ciudad, Nick decidió que era tiempo de reinventarse y salir de la vida gris que siempre había vivido.
Su primer...
Mi nombre es Nicholas K., pero durante la secundaria fui simplemente Nicolás Casas, el chico de ascendencia latina que no destacaba en nada, por lo que seguramente nadie me recordaría. Sin embargo, había una cosa en la que era campeón: intentar hacer de todo y terminar arruinándolo.
Probé incursionar en deportes y sólo logré ser suplente del equipo de soccer, hasta el día en que me quebré una pierna al chocar con la portería por soñar despierto con Molly Jenkins, la líder del equipo de porristas. Traté con ajedrez y resulté ser moderadamente bueno, pero me expulsaron el día en que llegué tarde por haber olvidado mi dinero para el autobús. La idea era tener un pretexto para poder hablarle a mi vecina, la hermosa Ginny Stevens, pidiéndole un par de monedas prestadas, pero no contaba con que iba a darme un ataque de pánico antes de siquiera hablarle, lo que me hizo salir corriendo hasta la escuela y llegar tarde a mi primer torneo. En ciencias creí haber encontrado mi lugar pero, un día, después de desvelarme escribiendo un poema para declarar mi amor a Linda Allen, me quedé dormido en lugar de vigilar unos químicos que tenía sobre el mechero y pues... digamos que fue necesario clausurar el acceso a los laboratorios durante una semana.
En fin: cada cosa que intentaba, terminaba convertida en poco menos que un chisme de pasillo —lo que no duraba siquiera una semana—, de forma que pasé esa etapa de mi vida como un personaje completamente gris: el Sujeto número tres en el guión de mi propia película.
Los más populares ya habían tenido varias novias y los menos populares al menos una. Hasta los nerds habían sufrido la mala pasada de una niña que les juraba un fingido amor eterno sólo para poder humillarlos en un video de YouTube. Por último estaba yo, completamente invisible para las chicas y para la comunidad estudiantil en general.
Acercándose el día de la graduación, mis padres hablaron conmigo para darme lo que creyeron que tomaría como una mala noticia. Siempre era divertido oírlos hablar, terminando las frases del otro como en las películas.
—Tu padre y yo conseguimos una promoción importante en el trabajo, querido —dijo mi madre. —Sólo que eso implica mudarnos a Hightown —complementó mi padre. —Sabemos que vas a extrañar a tus amigos —siguió mamá. —Pero debes saber que no pensamos en cosa alguna que no sea en darles lo mejor a ti y a tu hermana —terminó papá.
Ambos mostraban un rostro de preocupación, seguramente pensando en lo difícil que sería para un adolescente el alejarse de sus amigos de secundaria.
—Oh —respondí sin emoción alguna.
Sencillamente no había amigos para extrañar, y ahora tendría toda una nueva ciudad para fracasar estrepitosamente. Bravo.
Mi hermana Wendoline, quien cursaba el primer grado en la misma secundaria que yo —la única de nuestro pueblito—, sí que estaba afectada, pues siempre había tenido la facilidad de socializar con las personas, por lo que tenía una multitud de amigas y amigos. El dejarlos le destrozaba por completo su pequeño corazón.
—¡No me puedo creer lo que nos están haciendo, Nico! —dijo mi hermana mientras sacaba una bolsa de palomitas del microondas. —Están arruinando nuestras vidas... —Tranquila, Wendy, es su trabajo. De todas formas, tú eres un imán de gente. Vas a llenarte de amigos en cuanto pisemos Hightown.
Hightown era el equivalente a la ciudad de Nueva York en el lugar donde vivíamos, por lo que la simple mención del nombre iluminaba el rostro de mi hermanita.
—Pues supongo que tienes razón, pero aún así no me parece del todo bien. —Anda, la película está empezando, guarda tus quejas para después.
El ser un hermano y una hermana que pasaban la mitad de las tardes viendo películas juntos, hacía que nuestros gustos fueran un tanto diferentes a lo que sería normal para nuestros respectivos géneros, pudiendo disfrutar ambos tanto de una película romántica, como de una de Jackie Chan.
Esa tarde, tocaba ver Diez cosas que odio de ti. Fue la última película que vimos juntos antes de partir, pues las últimas dos semanas Wendy las dedicó por completo a pasear con sus amigas en el centro comercial y a asistir a sus últimas fiestas de pijamas.
Cuando por fin llegó el día de la graduación, para mí pasó como cualquier otro. Tenía un lugar asignado como todos y debía usar cierta vestimenta, igual que los demás, pero seguía siendo un extra, exactamente como en segundo grado cuando me eligieron para actuar en la obra de Romeo y Julieta, interpretando el papel de árbol.
Por fin partimos de aquel pueblo y, mientras le decía adiós a la secundaria púbica de Saltville por el cristal trasero del auto, me preparaba para la siguiente etapa de mi monótona vida.
Era muy triste pensar que no había cumplido ni siquiera aquello que de verdad había deseado en la secundaria, el único sueño del que no había podido olvidarme por más que había tratado: el de tener a mi primera novia antes de la graduación. Y no, no era por lo mismo que otros chicos, sino para vivir una historia rosa y cursi como la de los protagonistas en las películas tontas que ponía mi hermana.
Claro que si no lo había logrado en tres años de secundaria, ahora que llegaría como el nuevo seguramente tendría menos oportunidades que nunca. O eso pensaba...
Ups! Tento obrázek porušuje naše pokyny k obsahu. Před publikováním ho, prosím, buď odstraň, nebo nahraď jiným.