- Lo intenté.

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¿Cuántos días habían pasado desde ese día?.

¿Y cuántos días más le faltaban vivir con ese enorme dolor en su pecho para darse cuenta de que lo necesitaba?.

Y lo necesitaba, cada centímetro de su ser le gritaba desesperadamente que lo necesitaba. A nadie más que a él.

Él con sus perfectas y largas pestañas que adornaban ese rostro, de una tersa piel color marfil en la cual sus belfos rosáceos se destacaban cada vez que emitía palabra con ese aura tan pacífica que lo caracterizaba de las personas que lo rodeaban. Parecía un ángel caído del cielo que sólo te hipnotizaba con esos párpados caídos cada vez que dirigía esa mirada color plomizo hacia ti. Una total tentación el besarlo era cada que ambas comisuras de sus labios se curvaban levemente para esbozar la sonrisa más pura que verías en toda tu existencia.

El ser más perfecto que podría conocer.

El azabache de Nekoma se encontraba bastante intranquilo en su cama, había un constante pensamiento en su cabeza que no le dejaba descansar desde hace días, removía su cuerpo de izquierda a derecha para luego volver a enfocar su vista al techo recargando todo su peso en la espalda. Nada le venía bien y ya estaba, ese día había anochecido.

¿Por qué siempre decían que la mejor compañera del hombre era la noche?... Si ella nunca te daba consejos, nunca te abrazó diciendo que todo estaría bien y sólo era la única que estaba ahí para ti mientras se regocijaba de poder contemplar lo patético que se veían tus lágrimas correr silenciosamente en ese delicado momento de tu vida.

Ni siquiera se acordaba de cuantos mensajes envió o de cuantas llamadas realizó, de lo único que estaba bastante lúcido era de que ninguno de ellos obtuvo respuesta alguna o fue atendido respectivamente. Su corazón se apretujaba cada vez más. Sabía que no todo era culpa de él… pero su gran bocota que no se callaba lo que pensaba ni en un mísero segundo lo había arruinado todo, en vez de entablar una correcta conversación aclarando todo como cualquier persona civilizada lo haría. Le carcomía en su subconsciente aunque para él había actuado de la forma en que, en ese momento, le parecía la más adecuada ante su orgullo herido. Atacándolo de la forma más vil que encontró.

Hace aproximadamente un mes.

Entre Akaashi y Kuroo se había vuelto costumbre el encontrarse sólo ellos dos sin necesidad de un chaperón, mucho menos desde que Bokuto había comenzado a salir con Tsukishima.

Los dos sentían esa comodidad de estar con el otro, más allá de todo ellos fueron quienes ayudaron al par de tórtolos a unirse y eso definitivamente había incrementado más los lazos con los que ya contaban.

Encontrándose algunos días o fines de semana aunque a veces ni siquiera salían de sus habitaciones… y no, lo único que hacían era disfrutar de la compañía del otro.

Maratones de películas, estudiar para sus exámenes de la próxima semana a pesar de ir en diferentes años e instituciones, mostrar las habilidades culinarias que habían aprendido en su clase de cocina (básicamente Akaashi que le molestaba el que hasta un simple pan tostado le salía mal. Aquello le parecía demasiado tierno al mayor por lo que nunca se quejaba de ser el primero en probar su comida…aunque luego anduviera con algunos ligeros toques de mal estar estomacal), cosas de adolescentes y… amigos normales.

Hasta que ese día llegó.

Los dos se encontraban saliendo de la estación de tren rumbo a la casa del setter, hoy era el día que tocaba maratón de películas en lo de Akaashi y seguramente trataría de preparar aquel pastel de chocolate con fresas que le había descripto en uno de los últimos mensajes que habían intercambiado.

- Spice. -Mga kuwentong kahuhumalingan mo. Tumuklas ngayon