Capítulo 1 El Linaje Gupta

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       Los tres príncipes Gupta y sus acompañantes montaban sus enormes elefantes blancos e iban subiendo por una hermosa avenida, deslizándose entre muros de piedra bellamente labrada que ostentaban signos del reino. Los hermanos pasaban por debajo de altos balcones y sobre los pétalos de exótica fragancia que fueron arrojados por los ciudadanos. Ante ellos, iban elevándose los imponentes muros y contrafuertes, las grandes cúpulas derramaban sus sombras sobre el camino que conducía hacia el palacio del emperador Otali; finalmente cruzaron por debajo de un gran arco de color blanco realzado con un reborde de borlas de mármol, que llevaba hacia los esplendidos jardines de recreo del monarca.

       Nirek el primer hijo de Otali, iba orgulloso por delante, Ojayit, el segundo hijo, lo seguía de cerca, atento y decidido a empuñar su filosa arma contra cualquier enemigo, y así mismo, Nayakan, su hermano menor, que era otro virtuoso con las armas, iba detrás de ellos. Los seguían por detrás varias filas de guardias armados con sus brillantes lanzas tan en alto como su valor, y finalmente avanzaba un largo séquito de sabios, esos viejos qué dedican la vida al estudio de las leyes, y la pasan encorvados sobre antiguos pergaminos rodeados de mil objetos misteriosos. Todos recibían con agrado los saludos del alegre pueblo.  

       El nacimiento del príncipe Nirek se dio en una tranquila noche. Mientras la plateada luna daba su sereno rostro y se desplazaba a través de las estrellas, nació el primogénito del emperador Otali.

        –¿Cómo esta ella? –preguntaba Otali con el corazón exaltado.

        –Mi Señor, tu esposa Kuntana acaba de parir con salud un hermoso niño, tan luminoso como la Luna –le contestó el médico principal.

        Ocurrió luego la ceremonia para darle el nuevo nombre al bebé, se le bendijo y los sacerdotes le desearon larga vida llena de riqueza y gloria. Luego el niño fue colocado sobre el regazo de su padre y recibió su bendición. El sacerdote ofreció su plegaria a los dioses y a los espíritus de los antepasados del clan para obtener sus bendiciones. Los clarividentes predijeron que algún día, realizaría este pequeño cosas memorables y sería él uno de los prodigios y maravillas de su creador. Nirek sería grande en pensamientos y en hechos, el hijo de Otali tendría un alto sentido de la justicia. Su razón sería muy elevada, sus acciones rectas y firmes; sus intenciones nobles, y sería por derecho, el emperador de Panyab. Ojayit el segundo hijo de Otali, nació dos años después que Nirek y desde pequeño fueron notables sus cualidades atléticas. Desde joven fue educado vigorosamente en la lucha y en el camino de las armas, poseía habilidad natural para el uso de la espada y su cuerpo era duro como roca.

       –¡Oh esposa de delicada piel! –decía Otali–. Pronto el pequeño despreciara la suavidad de tus manos ¡Porque su gran afición será el lomo firme de los elefantes de guerra!

       Al ver tempranas cualidades de Ojayit, su padre le regaló una espada esplendorosa. Con un regalo de los dioses como ese, Ojayit sentía que podría enfrentar a cualquier vil enemigo que se atreviera a ponerse en frente. Tenía esta grandiosa arma, ocupando el centro de su pomo el rostro de un dios de oro, sobre un fondo de esmalte negro, y tallado en el mango los símbolos de su imperio. El joven Ojayit hizo que la espada de gran hoja cortara el aire, al verla su espíritu parecía iluminarse y se llenaba de gloria, el poseer aquella extraordinaria arma lo obligaba a convertirse algún día en un gran maestro. 

Al igual que Ojayit, Nayakan, que era el tercer hijo de Otali, era un fornido joven de nobles cualidades, tenía amplia la frente y ojos hundidos y oscuros, el muchacho amaba mucho a sus parientes y solía visitar a su abuelo. Al crecer se convirtió en un virtuoso guerrero gracias a las enseñanzas de los sabios maestros, las lanzas y las flechas parecían volar obedeciendo su virtud. Observaban todos con agrado su despliegue de habilidad con la espada, la soltura de sus movimientos, la gracia de sus ritmos y la variedad de sus ataques. Practicó duramente, ejercitándose hasta llegar a la excelencia. Mucho le serviría luego la habilidad que desarrollo.

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