Capítulo 1: Algo ha cambiado.

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*Narra Elisabeth*

Soy uno de los narradores de esta historia, Elisabeth, aunque nunca me gusto ese nombre, solo mi padre y sus amigos me llaman así, los míos me llaman Beth. Soy una chica de unos veinticuatro años, pelo largo y castaño, mis ojos son verdes, mi padre dice que son iguales a los de mi madre aunque yo no puedo confirmarlo ya que no llegué a conocerla, murió durante mi nacimiento. Mi padre es el alcalde de un pequeño pueblo, la gente dice en ocasiones que solía ser un hombre sano y alegre, pero que no levanta cabeza desde que perdió a mi madre, que yo no lo veo ya que al ser lo único importante que le queda en la vida me tiene mimada. Están equivocados, sí que lo veo, me trata como si fuese algo indefenso a lo que hay que proteger, como si no supiese lo que hay ahí fuera... aquellas criaturas...vampiros... pero yo no les temo. En el pueblo son siempre unos paranoicos con ese tema, hay incluso un cazador de vampiros pero no se ha visto a ninguno en décadas, vaya estupidez.

Yo siempre quise ser artista de pequeña, mi padre me apunto a clases de pintura y me compro los materiales de la mejor calidad y ahora soy bastante buena en ello aunque mi padre lo exagera demasiado. Organiza exposiciones de cuadros a las que nadie quiere ir, pero acuden igualmente por la presión social, vienen básicamente a hacerle la pelota a mi padre.

Bueno, basta de hablar de mí, comenzaré la historia desde el principio. Estaba en mi habitación tirada en la cama con la cara en la almohada, cuando mi padre llamó para entrar.

- Pasa papá – dije yo, él abrió un poco la puerta y se asomó.

- vamos cariño, ya han llegado – comentó él.

- no voy a bajar - le contesté desesperada – déjame sola.

Carol, la asistenta le tocó el hombro y se giró hacia ella, le dijo algo al oído.

-¿enserio?- dijo él extrañado, ella asintió la cabeza – voy enseguida, a ver si puedes encargarte tú de Elisabeth.

Ella pasó dentro y cerró la puerta mientras mi padre se iba. Se sentó a mi lado en el borde de la cama.

-levanta Beth- me dijo Carol amablemente- te están esperando.

- ambas sabemos que no han venido aquí a verme a mí – le dije mientras me sentaba.

- quizás no todos, pero alguien ha venido por tus cuadros seguro, vístete y baja ya- afirmó ella, cedí y me levanté, ella abrió mi armario y se puso a rebuscar entre mi ropa. Sacó un vestido de color azul caro, simple y elegante.

- No – me negué antes de que pudiese decir nada.

- oh vamos, es precioso y te queda genial- intentó convencerme.

- sabes que no me gustan los vestidos, y nunca me gustarán – me mantuve firme.

- si pero no puedes bajar ahí en camisa y pantalones, no conseguirás que te tomen enserio si van todos de etiqueta- añadió ella.

- vale, pero no pienso ponerme tacones, me quedo con mis botas, no se ven bajo el vestido- sabía que no iba a parar hasta que me lo pusiese así que no había porque perder toda la tarde.

-trato hecho.

Me lo puse y me peiné, y tal como yo lo había supuesto, seguía odiando ese maldito vestido. Al bajar las escaleras todo el mundo se me quedó mirando, como si hubieran visto un fantasma, yo me sonrojé un poco y saludé tímidamente, en unos segundos cada uno volvió a sus asuntos y conversaciones. Me senté en una silla a un lado del salón y observé el entorno, mis cuadros colgados por las paredes, la gente los mira pero no los compra, le dicen a mi padre "tu hija tiene mucho talento" pero si tanto talento tengo... ¿Por qué no los compran? Todos ellos vienen siempre a las exposiciones que monta mi padre, pero prefieren guardarse el dinero.

Carol se sentó al lado mío y me dio una copa.

-gracias, lo necesitaba- comenté.

-no sé de qué te quejabas sobre este vestido, estas fantástica – me dijo ella.

- esa es tu opinión – añadí yo.

-y parece ser que la de alguien más – afirmó ella mientras miraba hacia otro lado yo intenté averiguar a donde apuntaba con la mirada.

Un hombre que había entrado por la puerta unos minutos antes, no le había visto nunca por el pueblo, debería de estar de visita. Su pelo era oscuro, largo y bien peinado, sus ojos marrones y su piel pálida. Entre conversación y conversación giraba la vista hacia donde nos encontrábamos.

-oye, que también podría estar mirándote a ti – dije yo.

- oh venga ya, hay un hombre interesado en ti, haz algo – me replicó Carol.

-y para que, mira cómo va vestido, ropa de marca, seguro que es el típico conde o duque que pretende conquistarme con su cuenta bancaria para tener contacto con el alcalde, la misma estupidez de siempre - aclare yo. No tenía que depender de un hombre, no soy un objeto.

Cuando acabo todo, la gente se fue y comenzamos a limpiar. Descolgué los cuadros y los dejé a todos apoyados en una esquina para mañana llevarlos al desván, otra noche desperdiciada, no sé ni para que me molesto. Pero, alguien llamó a la puerta. Al abrirla me encontré con aquel hombre, estaba empapado por la lluvia y sus ojos relucían bajo la luz de la luna.

-¿P-puedo ayudarle en algo?- tartamudee, ¿Qué me pasaba?

-pues la verdad es que si, estuve aquí hace unas horas y he de admitir que tiene usted mucho talento- dijo él, sacó de su bolsillo un sobre lleno de dinero- me los llevo todos.

-¡¿todos?!- dije yo sorprendida.

- sí, me mudo y tengo muchas paredes que llenar- aclaró él tranquilamente.

Cogió los cuadros y los metió en u carruaje pero antes de que él entrase también me acerqué.

-si te mudas por aquí cerca ¿volveré a verte?- le pregunté.

-si tienes suerte no tendrás por qué - me respondió, después de eso se fue para no volver a ser visto por alli.

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