1: Un día como cualquier otro

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Salí de la escuela una hora más temprano de lo acostumbrado, los apagones constantes que habían tenido lugar desde hace unos meses comenzaban a afectar el día a día de los sanantoñeros. La mayoría de mis profesores había faltado por la ausencia de transporte público -otra cosa que agradecerle al gobierno- y con los bajones de electricidad casi ningún aparato electrónico en toda la escuela parecía funcionar correctamente.

Nos reunimos en la cancha para esperar que nuestros padres pasasen por nosotros y nos sentamos en el lugar de siempre, nuestro lugar, la estructura en forma de "C" ubicada bajo las escaleras del edificio.

-Nos salvamos de ver clases con Carolina- dijo Pedro mientras abría una bolsa de frituras que acababa de comprar en la cafetería.
-Dilo por ti mismo, yo sí pase toda la noche completando el cuestionario- bufó Gabi recostada de la pared, - No sé para qué seguimos viniendo a clases - extendió la mano hacia Pedro, un gesto de "dame".

Él puso algunas chips es su mano y luego extendió la bolsa hacia cada uno de nosotros. Cuando el olor del ajo tocó mi nariz una horrible sensación de acidez recorrió mi cuerpo.

-No sé cómo pueden seguir comiendo eso - dije apartando la bolsa de mi rostro. Algunos meses antes yo hubiese sido la primera en lanzarme hacia la bolsa de frituras, pero desde que la "crisis", así le llamábamos a la actual situación del país, frituras y enlatados era casi todos lo que comíamos pues sin electricidad el almacenamiento de comida se había vuelto una odisea.

Andrés arrancó la bolsa de las manos de mi grandulón amigo y poniéndola boca abajo dejó todos los restos de chips caer en su boca. -Es comer o morir- dijo limpiándose con la manga de su camisa.
-Mátame ya- bromeé.
-Te prometo, Rebecca, solemnemente que si la crisis no lo hace, yo terminaré con tu sufrimiento.
-¿Me lo prometes?- sonreí.
-Al menos espera hasta después de los exámenes de admisión - Iliani acababa de llegar y estaba justo detrás de nosotros - recuerda que prometiste ayudarme a estudiar...
- Estamos viviendo el fin del mundo y a ella le interesa ingresar a la universidad - rió Gabi.
-Pues claaaaaro - respondió Iliani,- si vas a ser un zombi es mejor ser un zombi de la Universidad Central de Venezuela que ser un zombi población flotante.
-Oí que esos son los peores - bromeó Andrés -Ningún otro zombi se quiere sentar junto a ellos para comer cerebros.

Bromear sobre el fin del mundo se había vuelto una costumbre entre nosotros, con todo lo que estaba pasando la gente estaba realmente asustada e impotente. Nuestro profesor de geografía, por ejemplo. El tipo había creado un plan anti-zombi de supervivencia. Algunos decían que lo habían visto comprando armas y almacenando comida y nadie sabía si era verdad, pero para la mayoría él estaba loco. En nuestro caso habíamos adoptado el humor negro como medida de escape, cuando alguien se estresaba mucho o fastidiaba lo amenazábamos con darlo de carnada a los zombis y bromeábamos de cosas como cuál tienda íbamos a saquear cuando todo explotara o qué tipo de armas usaríamos contra los insurgentes.

-¿Todavía estás activa para mañana? - preguntó Pedro.
-¿Mañana?
-Nos íbamos a reunir para terminar la presentación de inglés.
-Cierto, casi lo olvidaba.

"Tirurín" sonó desde mi bolso la melodía monofónica que indicaba un mensaje. Saqué mi teléfono del bolsillo para revisar el mensaje entrante, mientras a mi alrededor mis amigos dejaban escapar risitas al ver mi pequeño y novenario teléfono de respaldo.

-¿Le robaste el teléfono a tu abuela? - graznó Andrés.
-Ja, ja – bufé, - los apagones mataron a mi bebé, esto es lo único que tengo - dije sin apartar la vista de la pequeña pantalla monocromática. ¿Por qué era tan difícil usar estos viejos cacharros? Cómo me hacía falta mi smartphone.

"Estoy afuera. Sal"
Mami <3

Puse todo en su lugar y tomé mi mochila por el asa.
-¿Entonces mañana tipo 3?- pregunté mientras me levantaba.
-Suena bien- respondió Pedro.
-Nos vemos- me despedí de cada uno con un beso en la mejilla y corrí hacia la entrada donde mi madre me esperaba impacientemente en el carro.

Las Crónicas del CamaleónStories to obsess over. Discover now