Manifiesto ni-ni.

148 1 0

Leer el primer capítulo de Manifiesto ni-ni.

El lémur de los mil ojos.

—Una ilustrativa lección sobre la reproducción de las tortugas —dijo Joel. Nuestro líder permanecía, acompañado por Aleya, en los jardines acondicionados entre el estanque de las focas y los reptiles, sudando por el agobio que le producía todo aquel bullicio formado por familias que habían echado al mundo unos niños de voz chillona y quejumbrosa—. Esa jodida tortuga sufrirá un infarto.

El macho se había encaramado y bombeaba el esperma, sufriendo en los espasmos mecánicos que azotaban su cuerpo, mirando al horizonte, entre las piernas de los espectadores. La tortuga abría la boca como un viejo verde y estreñido que espía a las parejas adolescentes en los matorrales aledaños a los parques infantiles. Joel permaneció un momento sin hacer nada, como si hubiera sido desconectado de la realidad, y volvió en sí para pedir un cigarro; lo rompió, obteniendo tabaco para aliñarlo con la yerba como una amarga  ensalada, cuyo sabor, cuando fumaba, se posaba en su garganta derramando centellas mágicas a las que asirse.

—¿Dónde vamos? —preguntó Aleya.

—A las serpientes —dijo Joel.

En la entrada del recinto, un espacio en el que levitaban gotas de sudor, la reproducción de una mordedura de serpiente: una mano de plástico que buscaba entre la maleza del suelo encontrándose con una cobra ejecutando un truculento ataque, y otra mano desgarrada por la mordedura, deformada por el veneno inoculado en la maqueta, que atemorizaba a los niños.

Joel cantó en el patio de mi casa tengo un pato alucinado, batiendo las palmas y desafinando igual que un pésimo imitador de música flamenca. Después siguió a Aleya, que había observado a las serpientes recordando el símbolo sexual que ostentaban, hambre de sexo y atracción por la carne. El muchacho se detuvo frente a la Pitón de Timor, un reptil sacado de los cuentos orientales que engatusaba a los lectores con su lengua bífida y su carácter sosegado y amigable.

—Me encantaría tener un bicho así —dijo Joel.

—Sólo falta que lleves una serpiente para que tu madre termine de decidirse y te eche de casa —dijo Aleya.

—¡Fíjate! ¡Por fin una serpiente que podría educar! —exclamó Joel.

—¿Por qué te gusta tanto? —preguntó Aleya.

—Por los sueños… si yo tuviera un sueño con una serpiente, la imaginaría así. La imagino enrollada a los árboles protegiendo los huevos y proporcionándoles la temperatura idónea mientras el resto de su especie se ataca —dijo Joel.

—Yo jamás tendría una pitón… —dijo Aleya.

—¿No lo entiendes? Quiero que esta pitón y yo colaboremos. La llevaré enroscada al cuello, y cuando uno de esos idiotas que pululan por Burgos, rajando y acarreando su degradación, se encuentre conmigo… esta preciosidad se comerá su cabecita de chorlito. Si pudiera robarla… —dijo Joel.

Aleya se marchó, y Joel, convencido de que acabaría perdiéndose sin el sentido de la orientación de la joven, consiguió llegar hasta la muchacha, que observaba a los gorilas. Los animales habían sido atrapados en una jaula acristalada a la que se pegaban los caretos de los niños, un espectáculo de circo que el Parque de Cabárceno había instalado sin el espacio necesario para los gorilas, que requerían de ejercicio para mantener en tensión su considerable musculatura.

—¿Te has fijado? Los gorilas se comportan de una forma que resulta familiar… parecen seres humanos vitaminados y peludos que han construido una cul-tu-ra animal en la que priman el instinto y la supervivencia. La diferencia con nuestra civilización es que no existe la represión… fíjate, observan la fruta como si fueran seres humanos, señores gordos que, sentados en el sillón, interactúan con el entorno… los gorilas cogen una bolsa de patatas y dos billetes… ¿Pero qué es el dinero, al fin y al cabo, sino la representación de la mierda? —dijo Joel.

Manifiesto ni-ni.¡Lee esta historia GRATIS!