CAPÍTULO I

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Quería retroceder un paso atrás, y de alguna manera avancé dos pasos más lejos.
Arrastrando el pie, intenté sacudir los rastros de arena de la playa que quedaban en mis desgastadas Vans. Zapatillas rotas y ojeras que ocupaban media cara no eran el mejor kit para el primer día de clase - pero bueno, hasta el cielo parecía confuso hoy.
Italia sería famosa por ser soleada y calurosa, pero la verdad es que el tiempo de este otoño le quedaba perfecto a nuestra ciudad. La brisa de septiembre se llevó el olor salado del mar, que ahora mezcló con melancolía y húmedas hojas naranjas. Desde que tengo memoria, siempre llovía a cántaros cada vez que empezaba el otoño, como para anunciar que el verano se había ido oficialmente.
La lluvia batía con fuerza en las ventanas y se estrellaba en el oscuro asfalto de las carreteras, formando así grandes charcos que salpicaban a Gio cada vez que un coche pasaba.
Estaba a punto de encender el Marlboro que tenía en la mano. Pero no porque intentara parecer "guay". Bueno, no completamente. Siempre dicen que los adolescentes hacen cosas sólo para impresionar a alguien. Pero nunca se preguntan por qué; aunque me gustaría que lo hicieran.
El verano aún estaba presente en mi cuerpo y, aunque no fue lo que se dice de película, no quería que llegara el otoño y lo arruinara todo. Después de tres meses de carreras de media noche y carpe diem, tocaba volver a la rutina, a asumir responsabilidades, y eso era algo para lo que no estaba preparado. Quizás estaba afectado por lo mucho que había fumado y bebido intentando olvidar todos los suspensos que tuve en el último curso; o quizás la nicotina y el alcohol me recordaban demasiado a ella. Marcella Romanelli, Mars.
Su ausencia me volvió loco, y ahora ni siquiera su presencia era capaz de tranquilizarme. Después de tres meses sin vernos, la miré con curiosidad como un niño nervioso, intentando camuflar cuanto la había echado de menos.
"No me puedo creer que te vayas a separar de este chaval", dijo ella. Este chaval era mi mejor amigo, Luciano; o Luca, más bien. Él estaba ocupado liando un cigarrillo en el bajo muro de ladrillo. Era su hobby favorito; su único hobby.
Me encogí de hombros. "Tampoco es que vaya a aprender mucho en clase. Ya sé todo lo que vamos a dar."
"Pues parece que no. Si lo supieras, no estarías repitiendo primero de Bachillerato."
"Puede ser". A veces me encantaba su brutal sinceridad; otras, la odiaba. A veces, sus palabras eran como bombas para mí. Aunque ella no lo sabía. Y tampoco le importaría mucho.
"No está tan mal, Gio", me dijo Luca. "Hasta creo que esto te hace más popular".
Él se rió, yo no. Me parecía todo jodidamente depresivo, pero así era como funcionaban las cosas aquí. A lo mejor era solo aquí en nuestro instituto, en nuestra ciudad, o en todo el país. O quizás en todo el puto mundo pensaban que ser estúpido te hacía guay y popular. Igual que envenenar nuestros pulmones y quemar nuestros hígados. A veces me odiaba a mí mismo por seguir estas estúpidas modas.
"¿En serio bebisteis por la noche hasta quedaros dormidos? Hoy es el primer día." Era Mars otra vez, juzgándonos. No sabía por qué, pero esa mañana era lo único que hacía. Siempre era así; si un día le daba por hacer o decir algo, se pasaba con eso todas las horas. Estaba sentada en el muro con las piernas cruzadas y un Marlboro en su boca, con la marca de sus labios color morado alrededor. Tenía un auricular puesto a todo volumen, y el otro le colgaba por el cuello de la sudadera. Desde ahí miraba a todo el mundo como siempre, con superioridad y desprecio hacia todo aquel que no pertenecía a su cerrado grupo de amigos. Era precisamente su forma de ser, una de las cosas que la hacía especial. Después de tres meses de vacaciones en París, nada la había cambiado. Seguía odiando las mañanas, el instituto, y sobretodo, a la gente. Su voz rasposa, que parecía que siempre estaba afónica, seguía provocando escalofríos que me recorrían todo el cuerpo, con ese tono sarcástico y aburrido que nunca intentaba ocultar.
"Creo que no eres quién para juzgarnos", contesté yo. "Eres como la reina del vodka de cereza."
Ella sonrió. Pocas veces lo hacía, y saber que yo era el causante me hizo sonreír a mí también. Nunca le gustó sonreír; sólo tenía un hoyuelo, más abajo de lo normal, cerca del labio, y tenía los dos dientes delanteros separados. Además, tenía sus propias teorías acerca de que todas las sonrisas le parecían falsas ya que nadie es feliz de verdad; a todos nos parecía una gran tontería. Los tres motivos.
Realmente su sonrisa era para mí como una explosión de fuegos artificiales - bonita, pero única.
"Simplemente, sé como divertirme. Y llegar a clase con cara de zombie no es divertido. ¿En qué coño estabais pensando?"
Yo sí que parecía un zombie, pero además también me sentía como tal. Y la mayoría del tiempo, no sabía ni que pensaba. Porque pienso demasiado, en demasiadas cosas.
"Bueno, somos Luca y Gio", dijo Luciano, sonriendo. Y no necesitaba decir nada más.
Me encantaba mi amistad con Luca. Nos conocimos hacía solo dos años, pero mi madre lo trataba como un segundo hijo. A mi padre no le importaba mucho. Siempre decía que mientras no hiciéramos ninguna estupidez, no le importaría. Pero la verdad es que él sabía perfectamente lo que hacíamos. Y aún así, no le importaba. A veces me gustaba que fuera así, pero otras veces desearía que me echara una buena bronca y me castigara.
La camiseta de basket que Luca me cogió esta mañana le quedaba demasiado grande. Aunque todo para él era demasiado grande. Pero él siempre actuaba como si fuese al revés, como si él fuera hasta más grande que el mundo. Y lo era; pero yo nunca lo decía. Cosas demasiado pastelosas para nosotros.
Este era Luca. Besaba botellas de vodka en vez de a chicas, y siempre quería pegarse con todo el mundo. Aunque nunca lo había hecho. Nadie quería hacerlo. Era como el mejor amigo de todos, pero yo era su mejor amigo. Y creo que esto siempre me importaba demasiado, mucho más de lo que debería. Pero así era yo, siempre dándole mil vueltas hasta a las cosas más insignificantes.
"Mars, ¡mi amor!"
La voz de Viola Moretti me trajo de vuelta a la realidad. Sabía que era ella antes de verla, porque era la única que gritaba tanto sin darle vergüenza. Cruzó la calle, con un cardigan oscuro, una falda muy pija, y hasta un paraguas de marca. Llevaba una especie de recogido, pero algunos mechones color rubio miel le caían a ambos lados del rostro, y se agitaban a cada paso que daba. La única palabra para definirla era glamurosa. Aunque algunos pensaban que sus mofletes no lo eran, precisamente; y que su cuerpo tenía curvas de más. Nunca lo decían en alto, pero yo deseaba que lo hicieran; así sabría a qué gilipollas tendría que dejar de hablarles.
Viola saltó sobre Mars, dándole un montón de besos y abrazándola. "¡Te he echado mucho de menos!", le dijo Viola.
"Joder, Vi.", dijo Mars, poniendo los ojos en blanco y dejando ver una semi-sonrisa. "Sabes que soy alérgica a los abrazos."
Viola la soltó y se giró. A veces me preguntaba cómo estas dos podían ser mejores amigas.
"Vi, pasa de ella. Aquí tienes a alguien que no tiene esa alergia." Luca extendió los brazos con una gran sonrisa en la cara. Ella también rió y se lanzó sobre sus brazos. Luego, vino hacia mí, me dio un beso en la mejilla y me hizo un remolino en el pelo.
Todo el mundo adoraba tocar mis rizos, menos yo. Nunca se quedaban donde yo quería; de todas formas, esto era de las cosas que menos me importaban.
"¡Este año será increíble!", exclamó Viola. Estaba todo el tiempo haciéndolo. Riéndose, gritando, y emocionándose. Vivía la vida de una forma muy alegre e intensa, y siempre buscaba el lado bueno a todo. Era algo bueno; supongo. Pero no hoy. Hoy, todo estaba muy lejos de ser increíble. Y a partir de ese momento, solo podría ir a peor.
Un año escolar sin mis amigos. Nunca pude imaginarlo. Días sin escuchar a Vi hablando sobre biología e historia y lo mucho que le apasiona aprender cosas. Días sin verla emocionada por obtener la máxima nota. O días sin despertar a Luca cada vez que se quedaba dormido, y mandarle notitas diciéndole lo caramierda que es. Y Mars.
Mars.
Los profesores solían pensar que me distraía mirando por la ventana. Pero no. Me distraía mirándola a ella. Sus ojos oscuros y su largo cuello y su bonito lunar justo encima del labio superior y su único hoyuelo al lado izquierdo un poco más abajo del labio inferior. Y todo. Siempre parecía despistada y aburrida, pero cuando alguien tenía una pregunta, ella era la primera en contestar. Y fuera lo que fuera, siempre estaba en lo correcto. Mucha gente le tenía envidia.
La gente siempre tiene envidia de todas las cosas. Una de ellas éramos nosotros. Nuestra amistad. Éramos como Los cuatro Mosqueteros, invencibles e inseparables. Teníamos otros amigos, claro que sí, pero por eso eran otros amigos. Chicas con cigarrillos más caros que sus perfumes y chicos que no hacían más que alardear de sus motos. Aquí en Genoa casi todo el mundo tenía moto, pero ellos se sentían especiales igualmente.
Yo, también tenía una moto. También fumaba los Marlboro que ellos fumaban. Y también estaba en el camino que todos seguían. Ellos. ¿Pero quién cojones eran ellos? No eran nadie. Y sin embargo, sentía como que tenía que ser como ellos y demostrar algo.
Pero ellos sí sabían quien era yo. Yo era Giovanni Marini. Mis camisas de cuadros y mis camisetas siempre estaban arrugadas y mi pelo despeinado. Yo era Gio. El chico que suspendía; demasiado guay como para perder tiempo haciendo deberes y estudiando. La ropa más de moda, la moto más de moda, y la personalidad más de moda. Justo lo que todos querían.
Yo era Gio para todo el mundo, así que empecé a ser Gio también para mí mismo.

INFINITOSWhere stories live. Discover now