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Las últimas luces de la tarde comenzaban a apagarse. Caminaba como en un sueño por las calles del centro mientras los autos rugían ferozmente y despedían un maloliente humo. Tosió dos veces, casi por inercia y aunque seguía como sonámbula, caminaba más aprisa. El ruido empezaba a hacerse cada vez más tenue y la luz escaseaba. Las ruinas se veían a lo lejos y  apresuró el paso. Cuando por fin llegó, como dormida buscaba el mejor lugar para descansar, se recostó contra la pared dándole la espalda al sol poniente y se dejó caer lentamente. Sentada en el piso sucio, con la espalda sobre una pared semi-derruida, sacó una navaja de hoja plateada y reluciente. Se la llevó a la altura de los ojos y contemplo la patética imagen que le devolvía la plata lustrada. Las pupilas dilatadas por la falta de luz, el iris opaco y los ojos irritados. Vencida dejó de ejercer fuerza sobre su brazo, que el peso y la gravedad actuaran por su propia cuenta. Entonces la navaja resbaló de sus manos y rodó por el suelo mientras ella lo contemplaba. Pronto llegó un ruido metálico y un revoloteo de alas. "¿Alas?" pensó "Es invierno".

-¿Te vas a suicidar o me piensas prestar esa navaja?-Inquirió una voz apenas identificable para ella aunque a no ser por su estado hubiera oído que era insolente y masculina. No contestó, ni asintió, se limitó a intentar vislumbrar al portador de esa extraña voz. Pero no podía, su vista le fallaba y casi no había luz. De repente todo se puso negro.

Cuando una suave brisa helada le golpeó la cara, despertó y se dio cuenta de que estaba tirada en el piso y que el rocío de la noche no la alcanzaba. No muy lejos de ella un hombre  la miraba pensativo.

-Si yo fuera tu dejaría las drogas-comentó.

-Si tu fueras yo de seguro las estarías usando en este momento- replicó ésta enfadada mientras se incorporaba tambaleándose. Él jugaba con la navaja sentado y la miraba de cada tanto con sus profundos ojos negros.

-¿Vas a devolverme eso o debo quitártelo a la fuerza?-le exigió ella mientras extendía su mano y lo miraba desafiante. Una llama se encendió dentro de sus orbes negros y profundos y la miró a los ojos, esos ojos marrones casi rojizos que tenía ella. No vacilaron ninguno de los dos, ambos con sus miradas incitando al otro, ella con su mano extendida reclamando que su propiedad le fuera devuelta y él, desafiándola a ella pero su velo de intenso misterio no la dejaba descubrir a que exactamente.

-Claro, aquí tienes-le contestó él al tiempo en el que depositaba sin siquiera tocar la mano extendida con la suya la navaja.

-¿Quién eres tú?-Preguntó ella.

-¿Quién eres tú para preguntarme eso?-evadió clamado, como si no le importase la respuesta.

-Soy nadie y todos a la vez-le contestó ella.

-¿Siempre eres así de sincera, pequeña Nemo?-su voz se suavizó y su tono delataba curiosidad pero sus ojos negros seguían clavados desafiando la paciencia de la chica.

-Sólo cuando me place-gruño esta.

-Así que, Nemo, ¿ibas a suicidarte o sólo pretendías llamar la atención?-Nuevamente ese tono infantil e insolente. Ella le miró y frunció los labios un momento.

-Sui Caedere...-Suspiró. -....no.....ese no es mi estilo, lamento decepcionarte- retrucó ella.

-Caedere, Nemo, Caedere....-Se limitió a decir. Leve, muy levemente esas palabras se las fue llevando el viento y desapareció por entre las ruinas junto con un aleteo de alas. Ella se quedó hasta el alba inmutable, recostada contra la pared, pensando, cuando el primer rayo de luz asomó de entre sus labios un secreto se esparció por el viento.

-Caedere...-susurró.

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