Sentada sola en la barra de aquel bar y con una cerveza en la mano, se encontraba Lana sin ninguna expresión en el rostro. Tomó un largo trago de su cerveza, la puso luego sobre el posavasos de cartón para no manchar la madera recién pulida de la barra, y se miró a través del espejo que tenía frente a ella entre medio de botellas de whiskey, vodka y varios tipos de ron. Había quedado de verse ahí con un muchacho que había conocido por internet hacía unos días, en una de esas salas de chat donde se concertan citas a ciegas y demás; pero Robert ─así era como se llamaba su cita─, todavía no había aparecido por ningún lado.
Terminó de darle el último trago a su cerveza, tomó su chaqueta negra de la banca que estaba a su lado y se escabulló en busca del sanitario, entre medio del mar de gente que se encontraba en el bar. Entró trabando la puerta a sus espaldas, pero una chica delgada y con labios rojos que se encontraba dentro retocando su maquillaje, le pidió que abriera la puerta, pues le advertía que padecía de claustrofobia. Lana mojó sus labios y lentamente obedeció las órdenes de la chica, destrabando la puerta para que ésta no muriese en el baño de aquel bar. Al salir la delgada rubia, Lana trabó nuevamente la puerta para estar un momento a solas. Sentía que tenía un nudo en la garganta y quería gritar, no porque Robert no había aparecido, sino porque estaba harta de no ser correspondida. Había aceptado verse en ese bar con un total desconocido porque su «mejor amiga, Darla» le había insistido. Decía que ya era hora de que socializara con chicos de su edad y que hiciera locuras con ellos, pues estaba claro que su espera por Carlos, su amor platónico, a ningún lado la llevaría. Carlos era un compañero de trabajo de la editorial donde Lana trabaja; estaba casado, tenía un bebé y era 10 años mayor que ella, pero Lana sentía de alguna manera, que habían nacido el uno para el otro y que su destino era estar juntos. Esta situación la tenía sumergida en una burbuja con sueños absurdos, los cuales no la dejaban ver lo que tenía alrededor, pero insistía en que algún día, las cosas con Carlos se darían; a pesar de que éste en varias ocasiones con sus actitudes, le había dejado en claro que no tenía ningún interés para con ella.
Sus pensamientos se vieron perturbados al escuchar golpes detrás de la puerta. Eran chicas que querían entrar al sanitario, pero Lana sentía que no estaba preparada para abrir. Ingresó en uno de los retretes y cerró la puerta con llave. En unos segundos alguien del personal de limpieza abriría la puerta principal y pensarían que alguna tonta chica al salir, habría puesto el seguro trabando irremediablemente la puerta, y el asunto estaría resulto. Segundos después, su profecía se cumplía mientras estaba en cuclillas encima del retrete para que no le vieran los pies. Un par de chicas entraban haciendo ruido con sus tacones, riendo y hablando de los chicos que habían conocido, con los cuales se irían a la cama, haciendo que Lana deseara lo mismo, pero con Carlos. Ciertamente, ya se había imaginado este escenario y era algo que soñaba prácticamente todas las noches. Se había creado el escenario perfecto donde él le quitaba la virginidad y la hacía suya en el cuarto de un hotel discreto que se encontraba en las afueras de la ciudad. Lana frecuentaba ese hotel los jueves de cada semana. Pagaba la noche y dormía siempre en la misma habitación: la número 13, que era el número que representaba la fecha en que lo había visto por primera vez. Cargaba consigo en cada visita una pequeña maleta negra de ruedas donde llevaba varias cosas para pasar la noche y salir temprano al trabajo a la mañana siguiente, volviéndose una habitual rutina desde hacía tres meses, preparándose de ésta manera, para el día en que Carlos y ella consumaran finalmente su amor para vivir juntos el resto de la eternidad.
Al verse de nuevo sola dentro del sanitario, salió sigilosa del retrete para asegurarse de que no se encontraba nadie dentro, respirando aliviada al constatarlo. Pensó en retirase la peluca rubia que había escogido para la cita, el maquillaje ahumado y los labios rojos para no ser reconocida por nadie, pero prefirió mantenerse encubierta para evitar problemas. Sonrió para sí. Salió del sanitario rumbo a la barra para pagar la cerveza que había tomado, y marcharse luego a casa. Al estar esperando el cambio que le daría el bar tender, reconoció a Carlos sentado a un par de bancas de donde se encontraba ella, quien la observaba a través del espejo, con un trago en la mano frente a la barra. Por unos segundos quedó paralizada pero reaccionó de forma mecánica cuando el bar tender le ofreció su cambio. Mojó sus labios al ver que Carlos se levantaba de su banca y se acercaba a ella, sin saber qué hacer. «¿Será este el momento en que al fin hablaremos por primera vez?», se preguntaba Lana temblando ligero. Carlos se acercó a ella con una tímida sonrisa.
─ ¡Hola! ─dijo el alto y fornido hombre.
─ ¡Hola! ─logró decir ella.
─ ¿Eres Eva? ─escuchó decir con cierto titubeo.
Continuará... Descubre en la próxima parte, por qué Carlos le ha preguntado a Lana si ella es Eva. Deja tus comentarios, te lo agradeceré mucho. Saludos.
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Nacimos para morir
Mystery / ThrillerLana estaba obsesionada con Carlos, un compañero de trabajo de la editorial donde trabajaba. Estaba segura de que habían nacido para estar juntos, pero había algo que ella ignoraba y que estaba a punto de descubrir en aquel encuentro que no estaba p...
