En un día soleado y bastante ventoso, la familia Henderson partió hacia su nueva vida. Abrumados por la agotadora capital, decidieron que lo mejor sería cumplir su sueño de construir un hogar en un medio rural. Patricio y su esposa Sara, embarazada de ocho meses y medio, partieron en su camioneta con nada más que sus propios bolsos hacia la cabaña de la tía de éste, ubicada, como quien dice, en el medio de la nada.
Llegando al lugar, después de dos horas y media de viaje, pudieron apreciar el hermoso paisaje campestre que la naturaleza brindaba, sin más sonido que el motor del vehículo.
Esperanzados por su vida nueva, creyeron que aquel tormento ruidoso de la ciudad que habían dejado atrás era lo único que podía llegar a irrumpir su paz.
Patricio era muy naturalista. Un hombre vegano, su Dios era el mismo Sol, chapado a la antigua y con muy poca imaginación. Sara, por otro lado, era todo lo contrario hasta que contrajo matrimonio, era artística, creativa y moderna. Muy inteligente, abandonó sus estudios de química nuclear cuando se enteró de su embarazo y exigida por la obsesión de su marido, debía ser lo más natural posible y estar alejada completamente de cualquier tipo de sustancia.
Finalmente, frente a la cabaña estacionaron la camioneta. La casa era vieja y de madera, le colgaban distintos mohos de todas sus esquinas, tenía varios vidrios rotos y había un tenebroso e inquietante silencio. Para Patricio era completamente normal, pues estaba abandonada, en cambio, Sara tenía un mal presentimiento sobre eso y el lugar le parecía bastante conocido, quizás, de sus pesadillas.
Entrando en esa cabaña, amueblada de vaya uno a saber cuántas décadas atrás, el aire se encontraba espeso por el polvo y se sentía un frío insoportable, bastante fuera de lo normal para un cuatro de enero, la bebé, cuyo nombre elegido era Esmeralda, comenzó a retorcerse en el vientre de su madre hasta causarle un desmayo.
El despertar de Sara fue bastante confuso, la casa estaba completamente limpia, iluminada y cálida, había llegado hasta a sudar en el ínterin de su pérdida de conocimiento.
Abrumada y sosteniendo su enorme abdomen fue a la sala en busca de su marido el cual no encontró y no apareció hasta las diez de la noche con el doctor que controlaba el embarazo de su esposa.
Sara, no confiaba en ese hombre. A pesar de que Patricio era cien por ciento creyente de la Pacha Mama permitía que ese médico el cual nunca vio en un hospital le inyectara sustancias de las cuales ella no podía saber, no entendía si era alguna pequeñez como vitaminas o algo muy serio de lo cual no querían que se enterase por miedo a que perdiera su embarazo por la tensión.
Luego de una larga noche sin poder dormir, a las seis menos cinco de la mañana, Sara se levantó a prepararle el desayuno a su marido quien había puesto la alarma no antes de las ocho.
Preparó té y cocinó bizcochos. Sentada en la cabecera de la mesa mirando hacia afuera por el amplio vidrio de la puerta, decidió que caminar y tomar aire fresco la haría sentir mucho mejor y dejaría de preocupar tanto a su marido, porque creía estar volviéndolo loco.
En el camino a su paz, el silencio era tan picante como el sol, casi podía sentir su latido y el de Esmeralda, los dos a la par, sincronizados. Oliendo flores, mirando al cielo, observando aves y otros tipos de animales e insectos logró encontrar un momento de paz, tomó un ramo de planta de menta para hacer té, y volvió a su cabaña, donde Patricio, su esposo ya estaba esperándola asustado. – Sólo fui a dar un pequeño paseo – le dijo, tratando de brindarle paz a su marido, quien no dejaba de verla con cara de incredulidad y tampoco le dijo una sola palabra.
Más tarde, esa noche, mientras cenaban decidió preparar té de menta, con las hojas que había encontrado ella misma. Le ofreció a Patricio, quien no le respondió, tampoco la miró, se sentía abatida, nunca la había ignorado.
Finalizando la taza, comenzó a sentir mareos, náuseas y dolores. Sentada en la boca de su estufa de leña, temblando como convulsión cayó dentro de ésta y, sin poder levantarse sentía el olor a chamuscado de su piel y cómo se derretía.
Despertando, finalmente, lo primero que vio fueron unos tubos de luz blanca, a un doctor y al mismo doctor que atendía su embarazo. Toca su vientre el cual estaba plano como una loza lo cual le hace entrar en crisis y pregunta gritando -¡¿Dónde se encuentra mi hija?! ¡¿Dónde está Esmeralda?! -, su marido, viendo tal episodio de su esposa, se puso a llorar pero no de tristeza sino que de bronca. – A Esmeralda la perdiste hace cuatro años, Sara. – le anunció su menos querido doctor. - ¡Blasfemias! ¿Cómo podría ser eso posible? ¡No pude estar tanto tiempo inconsciente! – gritó ésta, sentía que su corazón iba a abandonar su pecho volando.
Su marido, la vio con desprecio y abandonó la sala, se veía cansado, como si no hubiera dormido hace mucho tiempo y muy triste. El doctor le dijo – Sara, hace cuatro años estás internada en éste hospital psiquiátrico, tu bebé lo perdiste hace el mismo tiempo por un aborto espontáneo, simultáneamente el hecho, antes de que llegara tu marido o que pudieras acudir a un doctor, tu locura post-tragedia llevó a que te rociaras con queroseno y seguidamente te arrojaras sobre la estufa.- Sara alterada comenzó a gritar -¡Todo esto es culpa suya, doctor de juguete, seguro lo que me inyectaba a diario fue lo que causó mi pérdida – el doctor la miro con cansancio y le dijo – lo único que te he inyectado estos cuatro años fueron sedantes para calmarte y tu medicina para los delirios Sara, nunca te vi mientras estabas embarazada, lo que provocó tu pérdida de embarazo fue el consumo de un té con una planta venenosa con aspecto y olor parecido al de la de menta que tomaste por error. - y agregó – Es momento de tu baño diurno, espero que cooperes con las enfermeras esta vez.
No pasados diez minutos en que se desnudara para entrar a la ducha, en tres movimientos esquizofrénicos quitó la llave demasiado filosa como para encontrarse en la puerta del baño de un centro psiquiátrico, trancando la puerta desde adentro, cortó la yugular de la enfermera que no pudo ganarle en velocidad y fuerza y finalmente se quitó la vida cortándose las venas desde el comienzo de la muñeca hasta llegar al codo en una línea vertical.
Patricio, todos los años que su mujer estuvo internada no volvió a pisar esa cabaña, pero tras su repentina viudez, debía volver para elegirle un vestido a su mujer con el cual celebrarían su velorio, ya que, volviendo a la capital no trajo nada de ella más que su cuerpo inconsciente y carbonizado. Al volver, encontró en un cajón de la antigua casa de su tía, un pequeño diario íntimo, al parecer de ésta, donde narraba sus delirios al llegar a la cabaña, la pérdida de su embarazo sano de nueve meses, y su carta de suicidio tras este evento trágico, que decidió quitarse la vida incinerándose en la estufa. Patricio, agonizando, tomó el mejor vestido de su difunta esposa y se fue sin siquiera trancar. No sabía si en esa casa había una maldición o si en cambio, su mujer, al leer ese relato de su difunta tía, fue lo que le afectó su psiquis.
Decidió dejar todo atrás, mudándose no solo de la capital sino que del país, perdiendo contacto con su familia consanguínea y política, el contacto con sus amigos que ya prácticamente hacía mucho que no existía, todas sus cosas menos sus documentos y partió, en barco, luego en avión. Aún no se sabe dónde fue su puerto, no se sabe si sigue vivo. Lo que sí se sabe es que los fantasmas de ese episodio lo van a perseguir hasta su último día.
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Familia Henderson
Misterio / SuspensoPatricio y Sara, embarazada de 8 meses de su hija Esmeralda, deciden mudarse a una cabaña que pertenecía a la tía de Patricio, la cual estaba abandonada hace ya muchos años. Ellos van en busca de la paz que brinda la naturaleza para formar su hogar...
