Hace un tiempo, entre los escasos árboles que adornaban los pastizales, vivía un joven ruiseñor. Este joven detestaba todo lo que a la vida animal refería, por lo que en su tiempo libre, disfrutaba admirando la grandeza del hombre.
Un día, en una de sus travesías a través de un largo complejo de edificios, distraído por la inmensidad del mismo, se estrelló contra el vidrio de una ventana. Aún desorientado, decidió descansar y apoyarse en el regazo de la misma. No pasaron ni 3 segundos hasta que curioso, volteó su cabeza y observó con su ojo derecho lo que dentro sucedía y pronto notó que allí se encontraban aglomerados varios humanos y ¡lo estaban mirando! Algo avergonzado por la simplicidad de su esencia, el ruiseñor pensó que lo mejor sería fingir ser una estatua hasta que se fueran, y así dejó de moverse.
Pasaban los minutos y lo que en un momento lo había inhibido, ahora comenzaba a alegrarlo. Soñó el resto de sus días viviendo frente a aquella ventana, estático, incapaz de volar pero finalmente admirado por aquellos magníficos seres, y más que nunca deseó acabar con sus impulsos salvajes y vivir el resto de sus días siendo algo más, algo realmente sublime.
Y Dios lo escuchó.
Extasiado de felicidad, el ruiseñor no notó que sus pulmones dejaban de moverse, al igual que su corazón. Cuando cayó en cuenta de ello, ya era tarde: estaba muerto y no era él, sino el cadáver rígido de un pájaro.
Y Dios rió.
