Eran las 8 de la mañana cuando sonó mi alarma para ir al colegio. Fui al baño a prepararme y cuando terminé de peinarme, volví a mi pieza y me cambié con un short negro, unas Converse y una remera holgada blanca con una estampa en negro. Me miré al espejo y luego bajé al living-comedor. Mi madre no estaba, lo cual no era raro, porque siempre andaba por ahí, no sé dónde. Quizás trabajando en el bar o quizás dando vueltas Dios sabe dónde. Era mesera en un bar cerca de nuestra casa, pero casi nunca iba a trabajar porque no tenía ganas. En fin, me hice el desayuno el cual constaba de un café con una medialuna y cuando terminé agarré mi bicicleta y fuí a la escuela. Estaba soleado, y eso hacia que mi día mejore. En el camino pasé por una plaza, la cual no era de las más lindas, pero me traía muchos recuerdos, y por muchos recuerdos me refiero a cuando me sentaba horas en un banco y dibujaba el paisaje y a los niños jugando. Era un lindo pasatiempo, pero ya no dibujo eso, porque pienso en Nicolás y dibujo a Nicolás. Siempre lo veo jugar al fútbol en la cancha que se encuentra cerca del bar donde mi mamá trabaja. Soy muy obvia, pero no me importa en lo absoluto.
Al pasar la plaza, me encontré con un montón de casas y construcciones de edificios, y, luego de éstas, estaba la escuela. Paré de repente frente a ella y me quedé observando cada uno de los ladrillos que constituían las paredes, la entrada llena de maestros y alumnos y las puertas de vidrio. No tenía ni un poco de ganas de entrar allí. Creo que sólo fui a la escuela por obligación, para ver a Nicolás y... porque un poco me importaban mis notas. No era excelente en la escuela, pero iba, estudiaba, y hacia las tareas. Después de todo, no hacía nada en el día y no me costaba nada hacerlas, y, además, las hacía rápido.
Pasé las horas que debía en la escuela, y luego hice los deberes para después ver el partido de Nicolás y dibujarlo. Terminé en unos 20 minutos y fui a la cancha. Me senté en las tribunas hasta que comenzó el partido. Yo no entendía nada sobre el deporte, sólo iba a contemplarlo. Lo miré todo el tiempo que resistí, pero el aburrimiento me ganó y sólo vi unos 10 minutos y me fui a la plaza. En la plaza, hice lo que no hacía tan seguido. Dibujé a Nicolás mientras pensaba en él; en sus ojos azules y profundos como el mar, en su pelo suave como el algodón y marrón como la tierra. En su piel bronceada y su sonrisa, esa sonrisa que me enamoró desde el primer momento en que la vi. Esa sonrisa que hace tres años, cuando yo tenía 12 y él 15, me encandiló con su luz. Él era arte para mí, por eso lo dibujaba, porque era la obra de arte más hermosa que jamás había visto. Porque era mi salvación. Porque lo amaba. Porque era mi sueño.
Al terminar el partido lo vi salir pero no le hablé. Jamás le hablé, excepto en la escuela, porque siempre que voy a hacerlo me acobardo. Además, si él gustara de mí, sabe las reglas: él debe hablarme a mí primero.
YOU ARE READING
La Libertad no es un juego
Teen FictionLa vida de Destiny no es fácil, tiene problemas, hasta en algunos momentos, cuando se deja llevar y es libre. Veamos como la vida la trata
