La superficie era delgada y frágil y sintió cómo el suave hielo se rompía bajo él. Tomó la última bocanada de aire y se hundió en el frío y desgarrador abrazo del lago helado. En ese lago donde patinabais todos los inviernos, donde metíais los pies y os salpicabais en primavera, donde os bañabais en verano, donde tirabais piedras y hojas secas en otoño. Donde conseguías que él sonriera, que se olvidara de la dolorosa realidad. Donde ahora él se hundía como las piedras y las hojas que lanzabais en otoño.
Aún sentía los moratones que le causaron las patadas que su estómago recibió ese día. Algunos estaban bañados en sangre y estaban alcanzando un color negro muy desagradable y preocupante. Algo de sangre se deslizaba por la comisura de sus labios. Tenía un corte que sangraba en la frente, marca que le dejó el bordillo de la acera contra el que lo empujaron al tirarlo al suelo después de darle puñetazos en su cara y estómago, consiguiendo que se doblara de dolor una vez más. No era la primera vez que eso pasaba, tú lo sabes mejor que nadie pero, lo que no sabías es que sería la última.
La luz que veía a través del hielo se estaba desvaneciendo y empezó a asustarse. Cuando su adolorida piel entró en contacto con el agua helada, se estremeció, temblando violentamente. La sensación de no tener aire era espantosa, le quemaba los pulmones y la oscuridad que reinaba en ese lago le asustaba. Veía cómo su piel, ya de por sí blanca, se tornaba pálida y la punta de sus dedos hacían un recorrido por las gamas del rojo hasta el azul violáceo. Empezaba a sentir sueño. Sentía el sueño invadir su cuerpo acompañado por el frío que agarrotaba sus articulaciones y limpiaba la sangre de sus heridas. El agua helada se llevaba el sabor metálico de su boca y mezclaba su sangre con el agua, tiñéndola de carmesí, hasta que el agua envolvía su sangre y la hacía desaparecer. De la misma forma que pasaría con él.
Sentía cómo empezaba a flotar. Los pocos rayos de la luna, que no se perdían y lograban atravesar el hielo y la fría agua, eran de un bello color azul marino muy oscuro y profundo. Oscuro y profundo como tus ojos. Seguía cayendo lentamente, siendo engullido poco a poco por la oscuridad. La luz ya no llegaba donde él estaba, ya no lamía la punta de su nariz y sus mejillas. Sintió ganas de llorar. Sintió cómo las saladas lágrimas salían de sus ojos tristes para fundirse con el agua helada y oscura del lago. La sangre comenzaba a enfriarse en sus brazos y sentía cómo su corazón se iba deteniendo poco a poco.
Sus párpados se hacían cada vez más pesados hasta que ya no pudo más y sus ojos se cerraron para siempre. La oscuridad lo envolvió completamente. Se sentía ligero pero, a la vez, pesado. Ya no sentía su corazón, no oía más latidos, solo el silencio. Un oscuro y amargo silencio. Quería romper ese insoportable silencio, como si de un cristal se tratara y gritar con el aire que ya no quedaba en sus pulmones. Quería llorar hasta que las lágrimas no volvieran a salir o se olvidasen de cómo hacerlo. Quería dejar de sentir frío y miedo. Quería vivir. Pero claro, no puedes vivir si las lágrimas amenazan con salir cada vez que abres los ojos cada mañana, impidiéndote ver el cielo soleado.
Era consciente de cómo su vida se iba apagando poco a poco, cómo su cuerpo ya no respondía dejándolo a su suerte. Las voces de iban apagando, dentro de poco, los insultos y las palizas no existirían. Él mismo no existiría. Ya nadie le llamaría inútil nunca más. Jamás. Sabía que no había vencido, pero también sabía que ellos no habían ganado. De eso,... estaba seguro.
Ya no quería sufrir más, no podía más. Por eso, se alejó de ti, de lo único que amaba en este sucio y podrido mundo, que le curaba las heridas resultado de las palizas que le daban. Pero, por desgracia, había heridas que jamás podrías haber curado.
Creyó que lanzarse al lago aliviaría sus golpes pero, el frío hacía que le dolieran mucho más. Creyó que se libraría de las burlas pero, el silencio aumentaba el volumen de las voces burlonas que repetían a coro "inútil". Creyó que lanzarse al lago helado acabaría con su dolor pero, éste seguía ahí. Los insultos, los golpes, los empujones, los escupitajos, las risas, todo seguía ahí. No le abandonarían, jamás lo harían, no hasta que el último suspiro atravesara sus labios para formar parte del aire que respirarías.
Entonces, se dio cuenta de que no era inútil. Tú se lo repetías constantemente pero, hasta ese momento él no te creyó del todo. Siempre le quedaba un resto de duda. Su error había sido creerles a ellos y no a ti.
Ya no iríais a patinar al día siguiente, no volverías a jugar con el agua templada cuando llegara la primavera, no chapotearíais ni reiríais ni os secaríais al cálido sol de verano y las piedras no volverían a salir disparadas de su pequeña mano y tú no volverías a reírte dulcemente de su mala puntería. Ya nada de eso volvería y eso era lo que más le dolía pero, el dolor de las burlas, los puñetazos y patadas era mucho peor.
Reunió las pocas fuerzas que aún le quedaban y esbozó una débil y pequeña sonrisa. Una sonrisa de verdadera felicidad. Hacía mucho que no sonreía, no había razones para ello. Pensó que, te gustaría verlo sonreír. Te echaría de menos pero, al menos, su último pensamiento fuiste tú, lo último que su mente le mostró fue tu rostro. Tu rostro, sonriente e infantil, tus ojos azules, casi negros pero brillantes, enmarcados en rubias pestañas. Cada vez que los miraba, se hundía en ellos, como él se hundía ahora en este lago. Tu cabello, rozando suavemente tu frente y mejillas, ligeramente sonrojadas y una gran sonrisa que surcaba tu cálido rostro y que dejaba a la vista algunos dientes blancos como pétalos de margaritas. Siempre envidiaba tu felicidad y adoraba tu sonrisa. Sabía que el que se fuera te pondría muy triste, la idea de que las lágrimas cayeran de tus oscuros ojos mojando tu hermosa cara y, que tu boca se torciera en una mueca de tristeza le hacía sufrir más que el hecho de no volver a verte pero, sabía que la sonrisa volvería a cubrir tu rostro como siempre lo hizo.
Por fin, escuché sus plegarias y sus sollozos. Limpié sus lágrimas, le di un cálida beso en su frente. El que deberías haberle dado tú si el mundo no fuera injusto. Me llevé las razones que lo habían llevado hasta ahí y las sustituí por el sueño. Por desgracia, también me llevé tu recuerdo pero, para entonces, ya era tarde y ni se enteró. Le invadió la paz que llevaba buscando desde hace tanto. Tu rostro estuvo en su mente hasta que el último suspiro salió de su dolorido y, ahora aliviado corazón y se escapó por sus pálidos labios entreabiertos que aún conservaban su su sonrisa.
Sus últimas palabras, las que había susurrado con lágrimas en los ojos y sangre en la frente, antes de caer desde el puente, fueron su promesa. Y la cumplió: jamás te olvidó.
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Jamás te olvidaré, te lo prometo...
RandomLa superficie era delgada y frágil y sintió cómo el suave hielo se rompía bajo él. Tomó la última bocanada de aire y se hundió en el frío y desgarrador abrazo del lago helado.
