Seguí con el masaje cardíaco, mientras Catalina me observaba impávida a unos centímetros. Seguí presionando su pecho en busca de vida. De pronto mis manos se cargaron de miles de lucecitas doradas que traspasaron mi piel hacia la de Joaquín. Era una sensación poderosa, mágica, única.
Cerré los ojos y lo recordé vivo, haciendo sus deberes de la escuela o de amigo en sus noches de parranda; nuestros momentos de intimidad y el gran amor que le profesaba. Su corazón por fin volvió a latir, primero de manera casi imperceptible y luego más rítmica. Su semblante pálido tomó un color más saludable. Catalina cruzó su mirada con la mía y en el ambarino caramelo que vi, me di cuenta que su revancha conmigo había terminado: salvé lo que ella pensó que yo quería acabar.
-Jamás te dejarán en paz, hijo -susurró Catalina al oído de Joaquín-, vendrán por ti.
Joaquín respiraba con dificultad. Ya no veía, no olía y como si fuese un eco en medio de las montañas, oyó las palabras de su madre: lejanas, difusas, irreales.
-Recuerda que siempre te amaré. Ella también te ama, pero su amor es imposible en el mundo terrenal y feérico. -La voz del hada excomulgada brotó con más energía-: júrame que decidirás vivir.
De pronto Joaquín sintió como si el aire le volvía a colmar los pulmones y asintió.
El hada excomulgada se mantuvo sobre sus rodillas y le besó la frente a su hijo.
-Vive, te lo ruego hijo mío...
Mantuvo sus labios fríos sobre la piel de Joaquín unos segundos más y observó a Nikola, mientras se colocaba de pie, estremeciéndose ante el espectáculo que estaba pronto a presenciar.
Con paso rápido se internó en el bosque, sin embargo, fue testigo del impresionante momento. La espalda de Nikola se curvó y de su espalda florecieron un hermoso par de alas doradas, magníficas y perfectas, entretejidas con hilos de oro.
Tan sólo una vez antes se había deleitado con un par de alas tan hermosas e imponentes: las suyas.
Todo alrededor se arremolinó de luz, color y vida. Era un nuevo amanecer en la Tierra y una nueva oportunidad en el Mágico Más Allá.
La sabía Madre Tierra comenzó a brotar como si se tratarse del corazón de la primavera. Los pajarillos piaron incesantes uno tras otro, levantando los espíritus y limpiando las almas de todos quienes sobrevivieron al gran apocalipsis mágico.
El Padre Destino descargó toda su ira contra las ambición feérica y envió a todo su Ejército desde los confines del Divino Mágico Más Allá, sus aliados y resucitando los espíritus del bien contra el mal.
Hubo muchas bajas. Demasiadas. El bosque acogedor y armónico se convirtió en un campo de batalla sinfín, donde las mejores esperanzas quedaron sumergidas bajo la mano enemiga, envuelta en un huracán de maldad y arrastradas al antro donde residen quienes no están en paz consigo mismos y sólo buscan dañar a los otros.
Y también para aquellos con exceso de ambición y ansias de poder.
El umbral que une el Mágico Más Allá se cerró con furia e irrumpió el paso de la oscuridad hacia el bienestar de luz de las hadas más pequeñas que se resguardaban a ese lado de la frontera, a cargo de unas pocas almas mayores que no habían sido pervertidas por la codicia de la Gran Corte.
Las mortales armas de los enemigos estaban cargadas de veneno eterno, una líquido mortal que percudía para siempre la esencia feérica y los convertía en un monstruo más de su Ejército. Muchas hadas inocentes fueron presas de esta gran pesadilla.
En las afueras del bosque miles de fogatas se consumían de manera lenta o abrupta, dependiendo de cuánto había tardado el mal entrometerse en sus corazones. Para algunas fue de manera salvaje, pero para otras, cada segundo se convirtió en una eternidad y la muerte de su alma feérica fue lenta, agónica, dolorosa.
Sus bellos rostros inmaculados eran presos del reflejo de estertores de padecimiento. La inocencia quedaba atrás y cuando despertaban, la dulzura de su mirada se perdía para siempre y vivía en ellas la semilla de la avaricia, como alguna vez sucedió con Catalina, la madre de Joaquín. Lamentablemente para un ojo humano esta diferencia era imperceptible y para ellos, seguían siendo igualmente hermosas, poniéndolos en gran riesgo.
Para todas aquellas bajas hubo un lugar especial en el Mágico Más Allá que se bautizó como el Campo de los Recuerdos. Era un gran sitio abierto de césped perenne y vivaz. Y sobre él había cientos de lápidas en forma de pequeñas cabañas, de roble y talladas con oro mágico, una tinta dorada que jamás se secaría, similar con la que se escribió el Texto Sagrado. Allí se plasmaban los años de existencias de las hadas, algunas de tan sólo diecisiete, y otras como Isabel, el hada más poderosa de todos los tiempos, de 70 siglos.
Frente a cada placa recordatoria flameaba una llama que nunca se apagaba y que al mirarla con detención, se observaban sus rostros sonrientes y llenos de vida, como si la vida nos diera una segunda oportunidad. Era una imagen simple y sobrecogedora que convocaba, cada noche, a las miles de hadas que habían partido al Mágico Más Allá, en una ceremonia de silencio y respeto.
Por ahora nuestro hogar había quedado convertido en un limbo de incertidumbre. Y si bien mi verdadera naturaleza de Alas Doradas e Hija del Fuego había aflorado en el clímax del desastre natural y la casi partida de mi Joaquín, a mis cortos diecinueve no poseía la sabiduría suficiente para gobernar nuestros mundos y menos aún, con la capacidad de discernimiento para decidir a quiénes enviaría a misiones a la Tierra.
Toda la administración había quedado en manos de una corte provisoria, mientras nos encontrábamos en estado de sitio. Nos guiaban unas hadas con las que jamás tomé contacto ni sabía de su existencia: Las Luminiscentes.
Estos enigmáticos seres feéricos eran la mano derecha del Padre Destino, trabajaban los asuntos directamente con él y por ahora, decidían todos los temas de nuestra vida y si bien me invitaban a participar en algunos de sus asuntos, jamás era parte de las disposiciones.
Estas mujeres eran bastantes hoscas, nunca reían y tenían un extraño parecido a Isabel, aunque todas eran de cabello marrón o pelirrojas. Desconocía la razón de esa particular característica o bien si solo se trataba de una simple coincidencia.
En un par de semanas se escogería a la Mater Poderosa de entre nosotras, pero había rumores también de que algunas de ellas se quedarían por un tiempo más extenso, haciendo el papel de observadoras interastrales.
Nuestro mundo se volvió un tanto incómodo, nadie actuaba con naturalidad por la extraña sensación de sentirse observada. En mi caso estaba obligada a residir allí hasta una fecha desconocida, porque mi presencia llamaba al "equilibrio" entre los mundos y por ahora, era necesario que estuviese presente en medio de la magia y no entre los humanos.
Mi cuerpo también había cambiado, estaba más fuerte y ágil, y mis alas resplandecían como el oro bajo el fuego. Mis sentimientos no habían variado en nada y la melancolía arremetía con crueldad, porque extrañaba a Gaby, quien había quedado en la Tierra; mi madre, descansando en el Eterno Mágico Más Allá y Joaquín, mi gran amor, lejos en distancia física, sentimientos y recuerdos.
Pero aguardaba en mí la esperanza, a pesar de la drástica intervención de los últimos acontecimientos. Eso era lo único que en mis tiempos libres me mantenía con alegría. Y la próxima semana tendría audiencia, por fin, con el Gran Padre Destino. Jamás había imaginado conocerlo y de verdad era un gran honor. Quienes lo habían hecho no sumaba el par de decenas.
Sin embargo, la emoción de estar con el ser más poderoso de todos los tiempos y haber cambiado mi estatus, conociendo al fin mi origen, me enloquecía de angustia y temor: no tenía noticias de Joaquín y tampoco la certeza de volver a verlo... pronto.
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Hada de Alas Doradas: Regalo sagrado
RomanceNikolasa Blancorox descubrió el mayor de sus secretos al ser reconocida como Hada de Alas Doradas, logró vencer a las Oscuras y decidió luchar por su gran amor, Joaquín. Pero aún debe enfrentarse a la más rigurosa de sus misiones, una que desestab...
