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Son las seis y media de la mañana y suena la puta alarma. Me cuesta abrir los ojos, el brillo del celular me hace achinarlos tanto que me cuesta posponer ese sonido molesto. Sí o sí necesitaba, como mínimo, los famosos "cinco minutos más". 6:35 suena de nuevo, apago la alarma diciéndome a mí mismo "dale, levantate pelotudo". Abro los ojos y son las 6:53, ¿cómo puede ser que pase tan rápido el tiempo cuando se tiene sueño? Primer día de clases y voy a llegar tarde, como siempre. Me levanto de un salto, me pongo el jean negro y la chomba de la escuela (me la puse dos veces, porque la primera vez me la puse al revés. Efecto secundario de haber dormido sólo 4 horas). Me dormí alrededor de las 2:40 a.m, ya que estuve filosofando vía Facebook con Silvana sobre cosas muy relevantes en la vida del ser humano como: ¿por qué existe la escuela? ¿por qué las vacaciones se pasan tan rápido? ¿por qué me tengo que levantar a las 6:30 de la mañana? ó ¿por qué me sale un puto grano en la frente (que parece un tercer ojo) un día antes del primer día de clases?. Después de preparar mi desayuno (y no tomarlo por falta de tiempo), calzarme las zapatillas y de cepillar mis dientes, salgo de mi casa. Son las 7:08, debería llegar antes de las 7:30.
La parada del colectivo me queda a una cuadra. Llegando a la esquina el colectivo pasa, lo corro, el chofer me ve, pero el muy simpático es tan buena persona que pretende que me convierta en el nuevo Bolt argentino ya que no frenó. Él lo estaba disfrutando, disfrutaba de mi desgracia, lo vi en su sonrisa. No bromeo. Como estado físico no tengo, corrí menos de una cuadra hasta que saqué cálculos de que no iba a llegar hasta la próxima parada de colectivos (una cuadra después) sin antes padecer un ataque de asma. Sigo caminando hasta la próxima parada a esperar que pase otro colectivo. Hace calor y transpiro, el malhumor me brota por los poros. No sólo iba a llegar tarde, sino que eran las 7:16 y ya estaba todo "chivado". Por suerte otro cole no tarda en llegar, me subo, pago y miro el boleto: son las 7:23. El colectivo está lleno, intento ir hacia atrás pero los traseros enormes de las señoras me impiden que lo haga con facilidad. No me llevó mucho tiempo darme cuenta que yo no era el único que olía mal. Necesito ponerme cerca de una ventanilla porque la mezcla de olores que hay en el colectivo da más asco que imaginar a mi abuela teniendo sexo con el carnicero de la esquina de mi casa.
Me bajo del colectivo y camino tres cuadras hasta llegar al colegio. La puerta principal está cerrada. Tengo que esperar a que terminen las palabras alusivas de la rectora, el izamiento de la bandera y a que entren todos los alumnos a sus respectivas aulas. Terminado esto, la portera más malhumorada que yo (como de costumbre) se digna abrirme la puerta a mí y a seis chicos más que también se retrasaron. Como soy un chico respetuoso saludo a la portera con una sonrisa más falsa que su color de pelo, <<buen día, Mabel>> a lo que la señora pelirroja mal teñida me contesta <<si así empezamos el año querido, en dos meses ya estás libre>> Le sonrío y cuando mira para otro lado imagino que tengo poderes de rayos laser y le clavo la mirada en su nido rojo que tiene de cabellera.
Subo la escalera en busca de mi aula, entro rápido a la segunda a la derecha, hago un panorama general del lugar e inmediatamente me doy cuenta que ya estoy en quinto año y que ese aula ya no me pertenece. Había entrado a la de cuarto. Me sonrojé porque entré y dije "prof... Ah, no, no, mala mía. Me confundí" y escuché que unas chicas se rieron.
Sigo mi recorrido hasta encontrar mi nuevo aula, eran las 8:05. Para colmar mi gran buena suerte, mi curso empezó el año con la profesora más exigente. No soy muy creyente, pero juro haberle rezado, noches anteriores, a algo que esté en algún lugar del universo que pueda cumplirme mí anhelado deseo: NO TENER DE PROFESORA A MARITA RÍOS ESTE AÑO. Desde tercer año, Marita Ríos, nos dio clases de Química. La detesto con todo mi ser y ella a mí. El sentimiento es correspondido, mutuo. Ella es una señora que no permite ningún tipo de desliz, ninguna falta de conducta, ninguna llegada tarde, ni una tarea sin entregar. Siempre me llevé sus materias a diciembre o a febrero. ¡Es imposible aprobar con esa mujer! Tiene una voz chillona que me irrita, y al parecer los lunes en el primer módulo tendríamos con ella. ¿Sabes lo que es escuchar su voz a las 7:30 de la mañana? Seguramente no y por lo tanto te envidio.
Apenas entré me clavó su mirada, tenía pensado decir que perdí el cole y que por eso me demoré, pero lamentablemente estaba ella, que no perdona las llegadas tarde por más que vengas del velorio de tu madre, no acepta ninguna excusa.
Miré si Silvana había llegado, por suerte sí, y me había guardado un lugar como acordamos la noche anterior. Dije <<Buen día, profesora. Permiso.>> y me fui a sentar en mi trono reservado. Marita me contestó <<Buenas tardes querrá decir. Veo que no pierde las malas mañas, Gomez. La clase empezó hace rato.>> Me quedé callado, imaginando que le pegaba siete tiros en la sien.

Saqué mis útiles y comencé a observar a mis compañeros. Todos los años ingresaba alguien de otra escuela, pero este año no había ninguna cara nueva por conocer. Marita comenzó a dictar su interminable listado de criterios de evaluación. Desde diciembre que no escribo, pareciera que no recordase cómo hacerlo. Pasó el primer módulo aunque pareció un año, salimos al recreo directo a la cantina ya que no desayuné y necesitaba comer algo. Cuando estoy por pagar me doy cuenta que me olvidé de traer plata, pero Pato, la cantinera, me dice que mañana se lo pague, que no hay drama. Era eso o pedirle plata a Silva, pero ya le debo la vida prácticamente. Siempre le pido plata y nunca se la devuelvo. Suena la campana y me pregunto nuevamente que por qué cuando quiero que el tiempo pase más lento, pasa más rápido. Todavía no terminé de comer mi sándwich; camino al aula me atraganto comiéndolo.
El segundo módulo es de matemáticas, nos tocó un profesor que aparenta ser buena onda. Veinte minutos comenzada la clase entra Poema, la preceptora, acompañada de un chico. Me sentí raro, no podía dejar de verlo. Tenía ojos marrones, pelo castaño, un hopo despeinado, un piercing en la nariz, una remera blanca, un jean azul roto en las rodillas, zapatillas negras y una cuerda con un péndulo transparente como collar. Lo observé durante unos segundos, me distraje mirándolo que no escuché qué estaba diciendo Poema. Al cabo de unos segundos entiendo que este chico es un nuevo compañero. La idiota de Flor (una gorda que siempre nos mira mal a mí y a los de mi grupo) lo invitó a sentarse con ella. Flor se sienta en la otra punta, en la parte de atrás; me molestó ya que apenas lo vi tenía ganas de conocerlo, de hablarle... aunque, a pesar de que soy una persona muy sociable, me daba vergüenza. Algo raro en mí.
La clase continuó, mi estado anímico cambió por alguna razón. Ya no estaba riéndome con Silva, Fran, Male y Fede sobre distintas cosas. Había algo que me incomodaba y eso me ponía serio.
Al cabo de unos minutos escucho que Fran me dice:

-Manu, ¿estás bien?
-Sí, ¿por? –le contesto.-
-No sé, te pusiste serio.
-Ah, sí, lo que pasa es que hay un problema que me tiene como loco. –le dije con mucha seriedad, intentado disimular lo que realmente me incomodaba.-
-¿Qué pasa, man?
-Mira Fran, no es fácil para mí decirlo, pero creo que...
-¿Qué? Dejá de hacer tanto suspenso.- Male y Silva me miraron serias, creo que empezaban a preocuparse.-
-Bueno, Fran, vos no te enojes pero creo que... Creo que me gusta tu vieja.

Fran me pegó en el brazo, los demás se rieron. Malena se tentó y parecía un chancho a punto de ser asesinado. El profesor nos pidió que hagamos silencio y al poco tiempo sonó la campana. Era normal que yo hiciera esos chistes, por lo tanto pude zafar y no insistieron en si me pasaba otra cosa. Mejor, porque ni yo sabía qué era lo que me pasaba.

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⏰ Última actualización: Aug 29, 2016 ⏰

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