"La universidad de Valverde, una escuela en la llanura occidental de la ciudad, tiene por costumbre cerrar sus puertas semanalmente para que los estudiantes no tengan distracciones durante sus períodos de clase. Las puertas se cierran el día lunes y se reabren hasta la tarde del viernes, excepto en casos especiales cómo en la necesidad de ambulancias o algún edificio que necesite reparaciones a mitad de la semana."
"Los alumnos de nuevo ingreso formarán parte de actividades de integración orientadas al desarrollo de sentido de comunidad, sentido necesario para las diversas materias de todas nuestras carreras; ya que exigen cooperación y...
- ¡Daniel! -escuchó que alguien le llamaba- ¡Daniel! ¿Eres tú? ¿Si fuiste aceptado?
- Ja-ja ¿pues quien más te ayudó a estudiar a ti?
- Dejemos algo en claro: ¡Yo te ayudé a ti!
- Claro que si cerebrito- Daniel rió despectivamente- ¿En que edificio te quedaste?
- Éste, piso tercero, habitación 312. Me tocó con una chica de último semestre. ¿Y tu?
- Aquí en el primer piso, aunque no estoy seguro de mi habitación...
- Tu nunca estás seguro de nada desde que te conozco- Melannie soltó una carcajada y abrazó a Daniel.- Ven, vamos a la oficina a encontrar tu habitación.
El frío comenzaba a ceder con el último alba normal, las luces en el horizonte cambiaban de un rojo intenso a un naranja, y luego daban paso a un amarillo amistoso; y desde lo alto de algunos edificios se pudo distinguir antes un verde resplandeciente que creaba un aura en la montaña del este. Los girasoles ya estaban en posición para recibir aquella luz mística, y hacía unos momentos que los pájaros cantaban desde sus altos nidos en los árboles más antiguos de la universidad. En verdad que fue una mañana inolvidable.
Hacía varios años desde que Mellanie y Daniel se conocían, y mientras recorrían el campus en busca de instrucciones (y un buen sándwich para Daniel) evocaron aquellos recuerdos antiquísimos. Las risas estridentes sólo eran opacadas por la música de fondo para la bienvenida, y aquella mañana del lunes de finales de verano se desvaneció rápidamente.
- Aquí está tu cuarto, cerdo inculto.
Daniel rió estruendosamente, adoraba las referencias de Disney.
- Pues muchas gracias. Ven y conozcamos el cuarto juntos y planeemos que hacer en el día.
- Claro! Creo que la bienvenida a los estudiantes nuevos es a las 3 de la tarde, y luego hay que tomar aquel curso de introducción de dos horas...
- Integración, -Daniel suspiró.- es un curso de integración. Justo estaba leyendo sobre él hace unas horas.
- Pues tengo entendido que esas actividades son obligatorias, ¡así que apresúrate!
- ¿Tienes un mapa? Tengo entendido que hay cinco edificios principales, la biblioteca central, los dormitorios y estacionamiento en una esquina y las canchas de fútbol y basquetbol en la esquina contraria, además de un jardín botánico adentro del bosque; así que: ¿en cual de todos es la bienvenida? ¿será en la rectoría? Y yo supongo que las actividades serán en alguna cancha, ¿o la cafetería? -Daniel resopló.- Creo que me voy a perder aquí.
- Tu solo sigue a la multitud, ellos saben hacia donde. -sonrió y le sostuvo la mano a Daniel- Todo va a ser esplendido.
Lizbeth se sentó en su cama, con su espada de madera en una mano, y la carta en la otra. Cabizbaja en su cuarto comenzó a llorar, silenciosa al principio, desolada; y después estruendosamente, ¡Con rabia!
Era una carta de su madre, la escribió en el hospital el día después de ser diagnosticada con Alzheimer, en ella le aseguró que la iba a heredar en vida (lo cual si hizo) debido a su enfermedad. Su madre confiaba plenamente en Lizbeth, sería una excelente bioquímica y una campeona de kendo, no le cabía duda alguna. Pero hacía 3 años que había escrito esa carta, y cada vez recordaba menos de su pequeña hija; y para Lizbeth era cada vez mas difícil verla, tanto física como emocionalmente.
Estaba en su último semestre y se odiaba a si misma porque no la podría visitar hasta terminarlo, de lo contrario nunca se graduaría. Se odiaba a si misma por recibir una "carta" mensual del Asilo donde le relataban las acciones de su madre, el avance de su enfermedad, y algunas veces le incluían palabras o garabatos que su madre quería enviarle. Para Lizbeth fue devastador ver como la escritura de su madre se deterioraba, y los dibujos que intentaba incluir, poco a poco se convirtieron en lineas sin sentido.
Guardó de nuevo la carta, como lo hacía cada vez que se sentía derrotada, inhaló y exhaló varias veces mientras relajaba sus manos que se aferraban con furia a su espada, y fue a lavarse la cara. Así era todo, así era siempre: para llorar no se necesitan testigos, no se necesita luz, ni tampoco un consuelo. Sólo se tenía a ella misma y era todo lo que podía necesitar siempre. La luz verdusca de atrás de la montaña la llenó de energía, la vista desde el tercer piso era maravillosa.
Regresó a su cuarto, ordenó sus libros una última vez y salió a visitar a sus amigas. Lizbeth era muy fuerte, una mala mañana no la iba a detener de disfrutar la vida; pero quizá no era solo una mala mañana...
Todo empezó a salir mal desde que aquel hombre harapiento se acercó a la enorme reja metálica, cerrada herméticamente hasta el viernes. Nadie podrá olvidar esos ojos vacíos y esas manos tan blancas, buscando algo a lo que agarrarse. La tarde estaba terminando cuando llegó, y aquél hombre desprendía un olor fétido y penetrante, producto del calor abrasador que azotaba a la ciudad a finales de verano.
"¿Acaso nadie más nota que esa persona está sangrando de la pantorrilla? -preguntó un alumno- y sus labios azules junto con sus uñas, ¿que le habrá sucedido a éste hombre?"
Aquel hombre comenzó a empujar las grandes puertas metálicas, que no cedían ante la arremetida; pero él no parecía decidido a rendirse en algún momento cercano. El hombre aparentemente ciego comenzó a demostrar signos de frustración, mientras que con sus dedos grotescos y gordos comenzó a tantear la reja. Aquí y allá, donde quiera que tocaran sus dedos quedaba un rastro grasoso y negro.
El hombre comenzó a hacer sonidos guturales, inteligibles, mientras intentaba masticar la reja metálica. Sus manos se movían cada vez con mas violencia, buscando algo que no estaba ahí: Una presa.
Se detuvo en seco en cuanto escuchó una voz, y miró vacíamente a su origen.
"Eh, malviviente. Aléjate de aquí!" gritó uno de los guardias, el primero en ser mordido...
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Undead end
Science FictionTodo empezó a salir mal desde que aquel hombre harapiento se acercó a la enorme reja metálica, cerrada herméticamente hasta el viernes. No puedo olvidar esos ojos vacíos y esas manos tan blancas, buscando algo a lo que agarrarse. Aquél hombre despre...
