De camino a casa me iba apretando las cintas de la mochila. Hoy había sido un día bastante productivo, nunca me había ido tan bien en clases desde... ¿Cuándo? ¿Primaria? Ni idea. Estaba claro que los miércoles eran los mejores días, sobretodo porque la profesora de religión era una vieja anticuada que no se enteraba ni de la mitad de cosas que hacíamos.
En realidad, aquella clase no estaba tan mal. Había algún que otro capullo, pero nada que no se solucionase con un poco de barullo. Me tropecé con una baldosa mal colocada. - Mierda.- Recuperé el equilibrio en nada, pero por poco me esmocho ahí mismo.
Media hora me llevó llegar a casa sana y salva, porque lo cierto era que esas calles por las que vivíamos mis padres, mis dos hermanos y yo eran bastante... ¿Oscuras? Muchos vagabundos, ratas, gente con malas pintas y críos con navajas. Sí, el barrio chungo de Petrópolis. Aquella ciudad había sido mi hogar desde siempre, y aquel barrio... Bueno, era como la zona oscura de The Division.
En cuanto abrí la puerta (Siempre la dejábamos abierta, irónico teniendo en cuenta que vivíamos rodeados de gángsters y esas cosas) el ambiente estaba raro, ninguno de mis hermanos pequeños había venido a saludarme y mi madre no estaba en la cocina con su rock duro puesto y el sonido del fuego de la cocina sonando. - ¿Mamá?- No había respuesta. - ¿Teddy? ¿Miri?- Mis hermanos se llaman Teddy y Miranda, eran mellizos y tenían unos nueve años por quella época. - ¿Holaa?- Lo decía mientras me quitaba los zapatos y tiraba mi mochila a un rincón del pasillo principal. - ¿Mamá? ¡Traigo buenas notícias!- Nada, ni una mosca. Soplé mi flequillo e intenté buscar por algún rincón de la diminuta casa algo que me dijera si mis familiares seguían en la tierra.
Encontré una nota, en la nevera. *Kate, cariño, estamos en la clínica de tu tío, ven lo antes posible.* Mi madre nunca dejaba notas, y lo que era más importante, nunca iba a la clínica de mi tío; se llevaban como el culo. Salí corriendo de casa; sin coger nada, porque sabía que si estaban con mi tío, no podía ser nada bueno.
Y efectivamente, en cuanto llegué ahí, vi a mis hermanos sentados en la sala de espera y pude oír a mi madre llorar dentro de la habitación más cercana a la entrada; esas paredes eran demasiado finas... - ¿Qué ha pasado?- La chica de la entrada me miró indiferente. - Entra y lo sabrás, yo sólo hago mi trabajo.- Abrí la puerta apresuradamente y nada más entrar abrí mis ojos y mi boca sin querer. - M-ma-mamá...- Mi padre estaba en la cama, entero cubierto de vendas, creo que ni un sólo centímetro de su piel se libraba de estar vendado. - ¡SAL DE AQUÍ KATE CARIÑO!- No le hice caso a mi madre, me acerqué a la cama. Notaba como las lágrimas comenzaban a brotar de mis ojos y cómo la mirada de mi tío me decía que sentía pena hacia mí; mirada que estaba despreciando mucho en aquel instante. - Papá...- No respiraba, no hablaba, no hacía nada. Si me hubiera oído me hubiera llamado Patatita, pero no lo hizo. - Papá...- Estaba quieta delante de su cuerpo inmóvil, mis mejillas estaban empapadas y mi pulso se había acelerado mucho. - Katelyn...- Miré a mi madre. - ¡No me llames así! ¿Qué ha pasado?- Mi madre sollozó, y a mí se me partió el alma. - Han incendiado su fábrica... Él y otro de sus compañeros han... Bueno han...- Me enfurecí - ¡HAN MUERTO MAMÁ HAN MUERTO!- Mi madré respiró hondo, y noté como su voz se rompía cuando intentaba hablar.
El día del entierro no hablé con nadie, absolutamente con nadie. Evitaba las preguntas de mis hermanos sobre si mi padre estaba en otro sitio, o si se había ido de viaje y no iba a volver. Asking Alexandria parecía ser mi único apoyo aquella oscura mañana de Lunes, aunque hiciera más sol que en pleno Agosto, yo lo veía todo negro.
Falté al instituto más de dos semanas, y algunos de mis compañeros se acercaron a preguntar por mí, pero mi madre sólo les dijo que estaba enferma y que iba a volver pronto a la escuela. Ted y Miri llevaban durmiendo en mi misma cama todo ese tiempo, y no era precísamente agradable, porque ya no eran niños de tres años y los tres juntos ocupábamos más de lo que deberíamos.
Fue mi cumpleaños de los trece unos días más tarde, y mi madre me compró tarta; a pesar de que casi no teníamos ni dinero para comprar simples latas de atún. Aunque no tuviera nada de hambre y tuviera menos ganas de celebrar nada que nunca, me comí aquella tarta con todas mis ganas, simplemente porque mi madre había hecho un grandísimo esfuerzo para conseguir aquel pedazo dulce de colores que ni siquiera tenía velas.
El tiempo fue pasando, y perdí más de un mes de clases. Cuando volví a la escuela mis compañeros me miraban apenados, como si llevase el mismísimo nombre de la muerte escrito en la frente. Sólo había un chico que no me miraba así, Jon. Era un chaval un poco mas mayor que el resto, que había repetido curso y que iba siempre con una chupa de cuero negro y el cabello oscuro engominado. No sabía bien bien qué clase de pintas llevaba, pero me gustaban. Empecé a hablar con él y con el tiempo se acabó convirtiendo en mi mejor amigo. Era un insensible, sádico y alocado crío de catorce años que siempre llevaba una navaja en el bolsillo interior de su chaqueta y que se encendía cigarrillos en la parte trasera del patio en las horas de recreo. Aún recuerdo cuando me regaló uno de sus mecheros, sigo conservándolo en mi cuarto, el mechero con el que hice mi primera locura...
ESTÁS LEYENDO
Pyromancer
ActionMi nombre es Kate, Kate Harington. Pero me conocen como la pirómana. No tengo piedad, nadie me enseñó qué era aquello... Kate, una muchacha de tan solo trece años, sufre la inesperada muerte de su padre tras un incendio en la fábrica en la que tra...
