26 de Febrero de 2095, 16:22 P.M.
—¡Buenos días alumnos!
—Buenos días profesora. —Cantamos todos a coro. La profesora de Historia de la Neopangea comenzó a dar su clase, hablando de el movimiento de las placas tectónicas y contando algunos detalles insignificantes.
—Un geólogo llamado Christopher Scotese, hace casi un siglo, sentenció que dentró de 250 millones de años el mundo que hoy conocemos sería completamente modificado a causa de la subducción en el Atlántico occidental, al este de América del Norte, que lleva a la subducción de la dorsal oceánica del Atlántico, y que a su vez conlleva a la destrucción de la cuenca oceánica atlántica... —Dejé de oir cuando su charla se tornó pesadamente aburrida. Coloqué mis brazos sobre el pupitre y recosté la cabeza. Cuando me di cuenta, estaba dormitada en un sueño profundo.
Segundos, minutos o tal vez incluso horas después, un ruido detonador me despojó de mi sueño. Me levanté rápidamente y vi a mi al rededor, todos estaban alarmados viendo como el suelo temblaba bajo sus pies. Irónicamente, parecía que las placas tectónicas estaban desplazandose bajo nosotros, la cara de la profesora no daba crédito.
Pero cuando escuché un crujir en el techo, enseguida lo supe, pero la maestra lo confirmó.
—¡Corran! —Y corrimos, sin nuestras mochilas, sin los celulares, solo como estabamos, corrimos. Entonces, cuando alcanzamos el pasillo, el techo del aula se desplomó.
Los corredores de la escuela eran un completo caos, y fueras donde fueras te topabas con inundaciones, salas prendiendose fuego u otras completamente destruidas: sin salida. La salida estaba casual y sospechosamente bloqueada. Mi mente de 14 años trabajó rápido y en vez de seguir al grupo de mi maestra me encerre en uno de los casilleros que estaban abiertos, cerrandolo y espiando por la rendija. Mi esbelto y pequeño cuerpo larguilucho me facilitó la tarea. Tenía en frente la puerta principal y veía como todos luchaban para remover los escombros que impedían el paso hacia nuestra única salida.
—¡Aléjense de la puerta! —Se oyó desde afuera. Venían a rescatarnos.
Una fuerte explosión eliminó toda la pared y gran parte del techo de la pequeña entrada, entonces tomé una hebilla del cabello y la inserté en la cerradura para salir. Pero cuando aparecieron hombres con trajes militares negros, con armas enormes y misiles mortales, me detuve. Luego de ver toda la ciudad detrás de ellos ardiendo, lo entendí, no venían a rescatarnos, venían a asesinarnos. O aún peor.
El hombre a la cabeza dio un paso adelante. Alto, con los costados rapados y una cicatriz enorme que aparentaba ser reciente. Dio una mirada y empezó a disparar con su metralleta a los casilleros, de derecha a izquierda. Reaccioné lo más rápido que pude haciéndome un ovillo, sintiendo como las balas perforaban solo centímetros sobre mi cabeza y me aturdían momentaneamente.
Mis ojos se llenaron de lágrimas por el estruendo, y me volví a levantar despacio cuando hubo silencio. El hombre estaba inspeccionando los rostros de mis compañeros y otros niños de la escuela uno por uno. Ya terminada la tarea levantó su arma y apuntó directo a mi casillero. Por unos segundos creí que iba a morir de una manera horrible. Pero de la manera más imperceptible y rápida que alguna vez vi, desvió el arma y le disparó a una de las maestras. Muchos gritos, lágrimas y emociones salieron a flote y el hombre comenzó a dispararle a todos los adultos presentes, dejando nada más y nada menos que a los niños, chillando y sollozando asustados. Yo solo podía mirar, atónita en todos los sentidos.
Atrás del asesino habían dos personas con el mismo uniforme: una mujer rubia con el pelo recogido en una coleta tirante, y un hombre un poco más bajo que estos, calvo y enorme respecto al peso. Ámbos dieron zancadas y empezaron a tomar a los niños por los brazos para llevarlos afuera y volver sin ellos.
Continuaron con el proceso hasta que ninguno quedó.
—¡Ya vamos James!
—Los alcanzo en un segundo. —Su voz era realmente potente. Comenzó a caminar hacia la esquina, justo donde había empezado a disparar. Con su dedo metálico aunque realmente no se que era, empezó a recorrer casillero por casillero mientras caminaba mirando al frente. Un sonido estrepitoso me aturdía y se hacía más fuerte conforme el hombre avanzaba.
No pude agacharme, ni hacerme un ovillo. No pude siquiera esconderme porque estaba completamente paralizada de miedo y seguía algo aturdida. James llegó hasta mi casillero y paró en seco, al mismo tiempo que mi respiración se cortaba. Pero seguía mirando al frente.
Me esperé lo peor para mi. Tortura, muerte, los más descabellado estaba pasando por mi cabeza en esos momentos. Pero el hombre no hizo ninguna de estas, si no algo peor: sonrió. De la manera más macabra y terrorífica, helándome hasta los huesos. En vez de seguir recorriendo casilleros, volteó en dirección a la puerta. Y se fue, dejándome con vida, sabiendo que yo estaba ahí. Sin interés alguno en sacarme y asesinarme. ¿Qué acababa de pasar?
Cuando pasaron un par de horas, o tal vez solo fueron largos minutos, sentí una urgencia creciente en mi interior: mi familia. Tomé mi hebilla del cabello con las manos temblorosas y abrí el casillero desde dentro. Por mi increíble torpeza, caí directo al suelo dandome un fuerte golpe en la cabeza. Me levanté pesadamente y aparté un par de mechones azules que tapaban mi vista, entonces me lancé a correr. Mi casa estaba a un par de kilometros, y no tenía ni la más mínima idea de como llegaría tan rápido. Luego de unos momentos, paré en seco ya estando afuera. Observe a mi al rededor: el cielo estaba gris oscuro aunque era bastante temprano. Los árboles ardían quedando únicamente como recuerdo de ellas unas ramas chamuscaban. Los coches estaban estrellados entre si, habían un par de ancianos y adultos muertos, sin contar que todos los animales como perros y gatos estaban cruelmente masacrados y distribuidos por todo el suelo. Habían elicopteros negros volando los cielos y gente matándose a tiros a lo lejos.
Cuando estaba empezando a perder la esperanza, ví algo. Algo que me dijo que podía cambiar mi destino: una bicicleta. Sí, una estúpida e insignificante bicicleta oculta detrás de un arbusto. Con rapidez o un intento de ella fui tras mi único elemento de escape y sin dudarlo comencé a pedalear hacia mi casa. El trayecto fue lo más duro, viendo como los hombres con trajes negros mataban a los padres si se oponían y se llevaban consigo a los hijos.
A medida que me iba alejando, todo iba poniendose más tranquilo. Pude dar un respiro cuando vi que en mi barrio nada estaba ardiendo, ni siendo quemado, ni destruido. Mi barrio y todas sus casas estaban en perfecta tranquilidad, no tenían ni idea de la masacre que se llevaba a cabo en la ciudad.
Mi corazón dio un vuelco cuando ví lo que podría haber sido el peor momento de mi vida: Todos los humildes hogares estaban en paz.
Todos... menos el mío.
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Shadow Soldier
Action"De las cenizas del viejo resurgirá el nuevo mundo." De la sangre, del sudor, de las lágrimas y los huesos rotos. De las heridas y los corazones vacíos, de las mentes lavadas y las almas perdidas. Pero más que nada, de las neuronas que se olvidaron...
