El lado Bueno de las cosas Malas

92 10 7
                                        

Era sábado, lo que significaba día de paseo. Ellos me llamaron y subimos al auto.

Hoy sí que iba a ser un día precioso para caminar. El cielo estaba despejado y el sol cubría la ciudad con su resplandor y calor.

Él paró el coche, y pude ver por la ventana en dónde pasaríamos la tarde. Sentía un holor raro, todo estaba lleno de barro y montañas de juguetes. Bajó del auto para abrirme la puerta, y yo salí corriendo emocionado. Salté, rodé y grité.

Cuando por fin volteé esperando que bajaran para divertirse conmigo, noté que seguían ahí dentro. Caminé hacia ellos en su busca hasta que sentí como el auto se ponía en marcha y comenzaba a moverse.

Se iban sin mi...


Corrí cuanto pude, grité hasta quedar sin aliento. Se estaban olvidando de mi, y no podían escucharme. Poco a poco se fueron apartando de mi vista, mientras se mezclaban con otros coches.

Perdí fuerzas, ya me costaba manternerme en pie. Tenía miedo. Mucho miedo.

Lejos de los autos y el ruido, entre ese montón de juguetes que ya no significaban nada para mi, logré refugiarme cuando el sol cayó. Ya no quedaba nada de ese esplendoroso día.

Los primeros rayos de luz caían sobre la tierra, y yo me levanté con nuevas energías para seguir adelante. Me sacudí y comencé a moverme; tenía que encontrarlos...

Caminaba a la par de los autos que pasaban por la carretera. Miraba a cada uno de ellos, buscándolos. Les grité a algunos para preguntarles, pero desistí luego de que la mayoría me tocara bocina, enojados.

Mi panza comenzaba a rugir, pronto tendría que conseguir comida para seguir adelante. Justamente, a lo lejos pude divisar a un hombre que cargaba un carro, que volvió loco a mi olfato. Apresuré el paso y me acerqué a él, vendía salchicas. Oh dios, mi estómago se quejó de nuevo.

Su primer reacción fue detenerse a mirarme fijamente y estirar el brazo. Cuando pensé que me ofrecería una, sacudió su mano sobre mi y me pateó para apartarme. Qué borde. Insistí otra vez, y pareció compadecerse porque llevó sus manos a la deliciosa bandeja de panchos, pero en cambio tomó una especie de palo de metal. Me acerqué un poco y sentí un horroroso golpe en mis costillas. Largué un quejido y comencé a estremecerme intentando calmar el ardor. Volvió a pegarme con eso, y yo corrí como podía, escuchando a lo lejos sus gritos de enojo.


Malas noticias: sólo logré comer pasto y hojas. Nada mal. Pero me consolaba sabiendo que pronto volvería a casa y comería lo que ellos siempre me daban.

Continúe mi rumbo. Me alejaba cada vez más de la ruta y empezaba a acercarme a la ciudad. Sin embargo, anochecía, así que detuve mi marcha y busqué refugio.

¿La gente siempre fue tan mala conmigo? Me acerco a ellas pidiendo ayuda y se alejan como si hubiesen visto al mismísimo demonio. Me gritan, tiran cosas en mi dirección, me echan con palos o fierros... Todo menos ayudarme. ¿Es que me comporto mal con ellos? ¿Hice algo malo? Cada vez tengo menos esperanzas. Mis piernas fallan, muero de hambre y todo mi cuerpo tiembla por el frío.

Los extraño. Me pregunto si ellos también me buscan tanto como yo, o si me extrañan también.

Otro día que paso buscándolos. A veces pierdo el rumbo. Pero sé que voy a encontrarlos.

El lado Bueno de las cosas MalasStories to obsess over. Discover now