Jóvenes aves.

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Era inevitable sentirlo. Era una ofensa no sentirlo. Era una ley. Era ya una necesidad fisiológica.

Volar, volar. Sólo queriamos volar.

Éramos jóvenes aves que salían del nido.

Éramos pajarillos que recién sentían el viento acariciar en sus plumas. Queríamos mojarnos, ensuciarnos y desgastarnos. Queríamos desplumarnos. Queríamos equivocarnos y caer, desplomarnos en pique, sólo para caer en agua que, si no nos mataba, sí nos dañaba.

Éramos aves jóvenes, hambrientas por demostrar que no cometeriamos los mismos errores que las aves más ancianas. Hambrientas por satisfacción de ver rostros ancianos arrepentidos y equivocados.

Éramos aves jóvenes que salieron todas en parvada un día de verano, cuando el sol reflejaba luces en nuestras plumas más oscuras; plumas que las aves ancianas señalaban como errores y desgracias, como vergüenzas y "algo que nunca alguien debería enterarse".

Éramos toda una generación que salió ansiosa y hambrienta del mundo. Aves que con sus plumas oscuras, lograron verse hermosas a pesar de todo.

Éramos aves libres. Extasiadas aves desesperadas.

Éramos aves que, una a una, caímos. Aves, cuya parvada se desintegraba; como una tela al ser jalado su único hilo suelto. Y fueron las estaciones, los depredadores y las necesidades las balas de la escopeta del cazador que nos cazó poco a poco; de ese cazador anciano de barba blanca y movimientos lentos que lo hacían parecer eterno. Porque lo era.

Éramos aves jóvenes, libres y energéticas que se convirtieron en las aves opresoras y ancianas de otras.

PENSAR ES UNA CONDENAStories to obsess over. Discover now