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Capítulo uno

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La luz se había ido. De repente, Cris se encontraba completamente a oscuras. Por un momento pensó simplemente en disfrutar del momento, tumbada en su cama. Le apasionaba quedarse en completa oscuridad. Pero entonces recordó que sin luz, no podía prepararse la cena y se dispuso a encontrar la caja de fusibles. Literalmente, movida por el hambre, la avergonzaba reconocer que tenía un gran apetito.

A tientas cogió su móvil y se ayudó con el flash para guiarse por la casa. Para así no llevarse ningún golpe con ninguno de los muebles, u otros obstáculos que pudieran haber.

Al fin llegó al desván, rezando por no levantar el polvo que había acumulado en todas las cajas que había, se movía entre ellas con la mayor de las precauciones. Cris sentía como si estuviera en un laberinto, mas ya había estado ahí en muchas ocasiones y sabía adonde iba. Varias veces había subido al ático para ayudar a su madre a guardar cosas que ya no necesitaría. Como sus juguetes, cintas de VHS, o prendas viejas...

Consiguió llegar a la caja de fusibles y volvió a conectar la electricidad. De nuevo había luz en toda la casa. Cris empezó a dirigirse hacia la salida, esta vez con más rapidez. Lo que resultó en un tropiezo con los cachivaches que habían amontonados, haciendo que cayeran al suelo. La chica comenzó a estornudar cuando el polvo se metió por sus orificios nasales. Se maldecía a si misma por haber sido tan torpe, pero de repente, toda su atención fue a parar hacia un cuaderno. Un cuaderno que Cris no había visto antes, pero que, aún así lograba hipnotizarle y no sabía muy bien porqué. Tal vez, porque siempre le había hecho ilusión tener uno de esos diarios, en los que la gente de su edad escribía lo que les ocurría en su día a día y sus más íntimos secretos. Alargó su brazo y recogió el cuaderno del suelo.

No se lo podía creer, se había olvidado por completo de todo para prestar toda la atención a esa extraña y pequeña libreta. Se veía sucia, y algo roída. Cris la inspeccionó minuciosamente, y la abrió. Se percató de que algunas de sus páginas habían sido arrancadas anteriormente. Lo que le hizo suponer que alguien ya la había usado. Echándole un mejor vistazo, se dio cuenta de que había un pequeño grabado en el que se podía leer "este cuaderno pertenece a aquel que escriba en él por primera vez". Repentinamente, corrió hasta su habitación, y allí cogió un bolígrafo que había sobre su mesa. Estaba extrañamente decidida a hacer ese pequeño cuadernillo suyo. Sin pensárselo dos veces comenzó a escribir.

Mi nombre es Cris Williams y este cuaderno es de mi propiedad.

Cris comenzó a darse cuenta de lo absurdo del asunto. Se sentía completamente infantil al haber escrito eso. Suspiró y lanzó el cuaderno a su cama.

Tras haberse olvidado de la estúpida idea que había tratado de llevar a cabo, fue hacia la cocina para prepararse la cena. Mientras, una notificación sonó en su móvil. Al verla sus mejillas se sonrojaron al instante. El chico de la clase frente a la suya le había escrito. No estaban en la misma clase, pero sí compartían clases de biología y arte. Afortunadamente, tenían que llevar a cabo un trabajo de arte juntos y él le había pedido su número. Totalmente emocionada respondió a su mensaje. Aún así, trató de no escribirle de manera demasiado interesada. No deseaba que el chico se diera cuenta de su atracción, y menos cuando este ya tenía novia. Pero en el fondo no podía evitarlo. Cris trataba de mantener conversación con él, pero la respondía con indiferencia. Apenada, se dio por vencida, y tras cenar fue directa a su habitación. Ni siquiera se molestó en lavarse los dientes.

Se tiró en su cama y dejó su móvil sobre la mesilla de noche. Agotada, iba a apagar la luz cuando, nuevamente, se sintió extrañamente atraída por la libreta negra que se encontraba a su lado. Se levantó para coger el bolígrafo, abrió el cuaderno y escribió.

Ojalá Mario estuviera conmigo.

Cris suspiró y de nuevo tiró su cuaderno. Pensaba que era estúpida, como si un milagro fuera a ocurrir por haber escrito eso. Apagó la luz y terminó dormida al instante.

El despertador de su móvil avisó a Cris de que debía levantarse para ir al instituto. Desganada, salió de la cama y se dirigió al baño. Se lavó la cara y se miró en el espejo. Ella era una chica delgada, con una tez blanquecina y ojos color castaño que resultaban atractivos. Completamente rapada, le gustaba su look aunque hubieran muchas personas que la criticaran, al menos no tenía que preocuparse por peinarse. Por otra parte, sus dilataciones le daban un aspecto duro y "de malota" como a ella le gustaba llamarse.

Se preparó rápidamente y desayunó. Al terminar se lavó los dientes, cogió su maleta y su móvil, y despidiéndose de su madre salió de su casa.

Por el camino a la escuela revisó su móvil para responder a los mensajes que le habían llegado esa noche. Pero se sorprendió al ver un mensaje de Mario entre los que había recibido. Le había puesto un simple "buenos días", que le hizo sentir mariposas en el estómago. Ilusionada, en su cara se podía apreciar una sonrisa tímida. Pero trató de mantener los pies en la tierra, pensando que no era nada del otro mundo o que tal vez se podría haber equivocado al haber enviado el mensaje.

Al llegar a la escuela, Cris esquivaba a los demás alumnos que se encontraban en el pasillo para llegar a su clase. El delegado ya había abierto la puerta, lo que le permitía a la chica poder escapar de toda esa marabunta de gente que había fuera. Se sentía demasiado agobiada cuando había demasiadas personas a su alrededor. Pero nada más entrar a su aula, le agarraron de la muñeca. Haciendo que se detuviese y se girara. Inesperadamente, vio a Mario enfrente suya.

-Hola Cris- le saludó este

La chica tímidamente trató de devolverle el saludo, pero fue interrumpida al recibir un apasionado beso.

Mario la estaba besando. Ella abrió los ojos como platos, asombrada. Cuando sus labios se separaron ella dijo.

-Hola... Mario...

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