Siempre tú. Capítulo tres.

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-Buenos días dormilona-susurró una profunda voz masculina junto a mi oído.

Se me erizó el pelo de la nuca y un escalofrío recorrió toda mi espalda. Empecé a abrir los ojos y ahí estaba él.

-He ido a por churros para desayunar- dijo sonriendo con alegría- Bueno y de camino te he comprado esto- Sacó un gran ramo de rosas rojas que tenía tras la espalda.

¿Ángel en mi habitación? ¿Con churros y flores? Estaba convencida de haber muerto y estar en el mismísimo cielo.

Me incorporé y fijé mis ojos en él temiendo que desapareciera. Tuvo que intuir mis miedos, ya que se acercó lentamente sin apartar la mirada y se sentó junto a mí, me tomó en sus fuertes brazos y me besó.

Fue algo extraño, mágico, algo que me resultaba familiar y desconocido a la vez. Apasionado y profundo. Comencé a temblar de la emoción. Sentí estar en un huracán de colores. El beso subió de intensidad y entonces fui yo la que se abalanzó sobre él. El desayuno cayó al suelo, pero haría falta algo más que eso para despistarnos. No podía aguantar un segundo más sin recorrer con mis manos cada centímetro de su piel y parecía que a él le ocurría lo mismo.

Unos fuertes golpes sonaron en la puerta de la habitación. Levanté un poco la vista y estaba abierta. Abrían sido imaginaciones mías. Volvieron a sonar.

-Lucía despierta, llegarás tarde al instituto- dijo mi madre desde el otro lado de la puerta.

No podía creerlo, no quería, no. Abrí los ojos ahora de verdad. Estaba en mi habitación en penumbras, sola. Ni rastro de Ángel. Un sueño. Un maldito sueño. No quería levantarme quería soñar con él, quería verle, sentirle.

Me llevé las manos a la cara y para mi sorpresa ésta estaba húmeda. Estaba llorando. Deseaba tanto que aquél sueño fuera cierto que no quería vivir mi realidad. Esto estaba llegando demasiado lejos. En aquel momento, justo en aquel preciso instante, decidí pasar página.

 No sería sencillo, pero estaba dispuesta a intentarlo. No pensaba dejar que aquel desconocido que no me hacía caso interrumpiera toda mi vida. Miré el reloj. ¡Era tardísimo! Dejé las tonterías para otro momento y comencé una carrera por toda la casa. En diez minutos salía por la puerta, no podía llegar tarde.

-Hola Lucía

Mi amiga Ana pasaba justo por delante de mi portal para ir a clase también.

-Que tarde vas hoy- dije intentando no mirarle a los ojos.

-Ya, se me han pegado las sábanas. ¿Estás bien?- Dijo algo preocupada.

-¿Yo? Claro, ¿porqué no iba a estarlo?

-Lucía tienes una cara horrible

-Valla gracias, con amigas así da gusto- Dije riendo para quitar peso a la situación.

- Te lo digo enserio, ¿ha pasado algo?

-Nada tranquila, solo he pasado mala noche.

Mentí y muy mal por cierto. Nunca he sabido mentir, y ninguna se creyó aquello pero continuamos andando.

-¿Cómo llevas lo del examen?

-¿Que examen?- dije sin mucho interés, estaba pensando en cosas mejores, en él, aunque sabía que no debía hacerlo.

-¿El de hoy?- dijo con cierta ironía.

-¿Hoy?- empezaba a asustarme.

-Claro. Hoy empezamos todos los exámenes. No me digas que se te ha olvidado...

Pues sí se me había olvidado, qué le iba a hacer. Ya no era dueña ni de mi propia vida. Bueno pues otro examen suspenso. Desde que le conocí mis notas habían bajando considerablemente. No estaba dispuesta a permitir aquello. Pasaría de él, bueno no había mucho de lo que pasar, más bien era él quien pasaba de mí.

-¿En qué piensas Lucía?

-Oh, nada Ana. No sé cómo se me ha podido olvidar lo del examen...

Al fin llegamos al aula. En seguida sonó el timbre asi que no tuve que hablar con nadie más ni dar explicaciones, cosa que agradecí enormemente. No me sentía con fuerzas.

Mientras el profesor hablaba busqué mi móvil. Cada clase era más aburrida que la anterior. Lo había decidido, iba a borrar su número.  Miré en el bolsillo derecho de la cazadora, donde solía guardarlo. No estaba. En el izquierdo tampoco. Rebusqué ansiosa en la mochila. Tampoco. Entonces vino a mi mente una imagen de mi habitación, de mi escritorio para ser más exactos,  y lo vi. Había olvidado el móvil en casa. Bueno lo borraría al llegar.

Pasaron las horas muy lentamente mientras mi cabeza comenzaba a dudar si borrarle o no. Tuve una idea. Para convencerme de borrarle recordaría cada desplante que había hecho, intentaría verle de la peor manera posible. Buscaría sus fallos y los resaltaría de tal modo que ni una sola de sus virtudes quedara a la luz. Era un manipulador, un embaucador que solo se acercaba a las mujeres para engañarlas y conseguir su número. Iba de Don Juan por la vida porque en el fondo era una persona miserable y necesitaba hacer sentir mal a los demás para sobrevivir.

A quién iba a engañar. Todo aquello no eran mas que imaginaciones mías, suposiciones. No le conocía tanto como para sopesar cosas buenas y malas de su carácter. No le conocía, simplemente. De momento aquello sería suficiente. Me repetí mil  una veces todas las cosas malas que pude imaginar sobre él y al terminar las clases estaba tan enfadada conmigo misma por haberme dejado engañar por semejante personaje que ni siquiera me despedí de mis amigas. Corrí hacia casa para borrar el número de aquel embustero sin alma, su número y su recuerdo porque no merecía la pena pensar ni un segundo más en él.

Entré en mi habitación y cogí el móvil. Varios whatsapp, un mensaje y una llamada perdida. Amigas preocupadas por qué me pasaba, promociones de mi compañía de teléfono y ...Ángel. Releí aquellas letras como si fueran mi sentencia de muerte. Ángel. Volví a la pantalla principal y lo consulté de nuevo, debía ser un error. Ángel. Estaba claro. Me había llamado. ¿Porqué?¿Que querría? Mi corazón bombeaba sangre a mil por hora, tuve que sentarme porque todo daba vueltas. No podía creer que me hubiera llamado. ¡Se acordaba de mí!. Empecé a sonreír como una adolescente enamorada, que en el fondo es lo que era, pero de pronto un pensamiento sombrío inundó mi mente y la sonrisa se borró de mi rostro. Se había equivocado. Estaba segura. Habría querido llamar a cualquier otra y se equivocó. Dejé el teléfono donde lo había encontrado y me fui a dormir. No quería comer, ni ver a nadie. Era estúpida. Mira que pensar que me había llamado a mí. Era del todo imposible. 

Siempre túWhere stories live. Discover now