Historia de la muerte

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Una noche de octubre nos hallábamos reunidos tres amigos en un bar. Hacia un tiempo sombrío, frío y la lluvia golpeaba los cristales con un ruido continuo y monótono.

El bar era inmenso y estaba débilmente iluminado por la luz de un foco a lo que conversábamos.

Aunque todos fuéramos jóvenes y alegres, la conversación había tomado a pesar de nuestra actitud, un aire de aquella noche triste, y las palabras alegres se habían agotado rápidamente.

Uno de nosotros reanimaba la velada con un buen chiste. Los frascos llenos de licor reflejaban  que con la luz se formaban pequeñas sombras de colores. Aquel bar resplandeciente de día por las visitas de extranjeros, lleno de alegría  y tragos amargos, había tomado aquella noche en la penumbra un carácter extraño.

Cada vez que el licor se servía sobre nuestras gargantas llegábamos al borde de la borrachera inmediata, los objetos que se reflejaban sobre los muros con formas desconocidas y con tintes inauditos; desde los viejos profetas  hasta esas caricaturas que cubren las paredes de los bares licorereros; parecen un ejército de demonios como los que aparecen en sueños y en las ilusiones de un infante. Además, la calma brumosa y fría del exterior aumentaba lo fantástico del interior; cada vez que mirábamos aquella claridad por un instante, nos veíamos a nosotros mismos con rostros de un gris verdoso, con los ojos fijos y brillantes, los labios pálidos y las mejillas sumidas. Quizá lo más impresionante era el hombre sentado solo en una mesa, con una sonrisa extrañamente burlona.

Todo el mundo ha sufrido como nosotros la influencia del alcohol; todo el mundo ha experimentado, al menos una vez, esos miedos sin causa, esas fiebres espontáneas a la vista de objetos a los que el rayo pálido de la luna o la luz dudosa de una lámpara otorgan una forma misteriosa; todo el mundo se ha encontrado en una habitación grande y sombría, junto a un amigo, escuchando algún cuento inverosímil y experimentado ese terror secreto que se puede hacer cesar de golpe encendiendo una lámpara o hablando de otra cosa, lo que evitamos hacer, porque es muy grande la necesidad de emociones, verdaderas o falsas, que tiene nuestro pobre corazón.

En fin, aquella noche éramos tres. La conversación, que nunca toma la línea recta para llegar a su meta, había seguido todas las fases de nuestras ideas veinteañeras: unas veces ligera como el humo de nuestros cigarrillos, otras vivaz como la llama de una fogata , otras sombría como la sonrisa de aquel hombre.

Habíamos llegado a un punto en el que no hablábamos siquiera; los puros, que seguían el movimiento de las cabezas y de las manos, brillaban como tres aureolas girando en la sombra.

Era evidente que el primero que abriera la boca y que perturbara el silencio aunque fuera para una broma, causaría inquietud a los otros dos; hasta tal punto estábamos sumidos, cada uno por nuestro lado, en una somnolencia miedosa.

–Marcus –dijo el cantinero, dirigiéndose a mi amigo–, ¿has leído a los hermanos Grimm?

–¡Por supuesto! –respondió.

–Y, ¿qué piensas de ellos?

–Pienso que eran admirables, y más en cuanto que creía evidentemente en lo que escribían. Por lo que a mí respecta, sólo se que cuando lo leía por la noche, me iba a la cama frecuentemente sin cerrar mi libro y sin atreverme a mirar detrás de mí.

–¿O sea, que te gusta lo terrorífico?

–Mucho.

–¿Y a ti? –pregunto dirigiéndose a mí.

–También.

–Pues bien, voy a contaros una historia de miedo que me ocurrió.

–Esto no podía acabar de otro modo; cuenta.

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⏰ Última atualização: Jul 07, 2016 ⏰

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