Prólogo

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Era una mañana cálida y húmeda. El sol bañaba de vida la pradera. Todas los colores estaban presenten en cada superficie. Arboles, frutas, aves silvestres. Un pequeño ciervo de Bastasha bebía agua de un lento riachuelo. Dos conejos grises jugaban a perseguirse entre la gramilla. Era un espectáculo enternecedor que podría haber arrancado una sonrisa hasta al ser más oscuro; pero Rekar no sonreía. Estaba sentado al pie de un arbusto mirando al suelo, entre sus piernas. Pensaba en la mirada áurea de aquella chica del bosque azul. Ella lo había visto incluso antes de que él supiese que ella estaba ahí. Cuando él volteó, vio a esa pequeña chica parada sobre una rama de aquel roble, con su hombro apoyado en el tronco y sonriendo burlonamente. En ese momento él ya tenía su manga derecha clavada a un pino y luchaba inútilmente por liberarse. La chica bajó de un solo salto y se acercó lentamente a él mientras le apuntaba con una flecha negra.

– ¿Qué haces en este bosque, forastero? ¿Eres un cazador? La caza está prohibida en el bosque azul. – Hablaba muy rápido, casi atropellando sus palabras. – La pena por cazar es la muerte, estas son tierras de elfos. Los nuevos hijos no permiten nada que quebrante la ley élfica, así que como sea estás jodido.

– No soy un cazador. – Respondió Rekar apenas pudo, pero en seguida ella le interrumpió.

– Entonces debes ser un bandido, ¿no? – Mientras decía esto lo miraba entrecerrando los ojos y aún sin bajar el arco.

Los nuevos hijos eran hombres al servicio del rey Óstar, señor de los elfos del bosque azul. Provienen de una casta guerrera del ancho río que se alió con los elfos. Conocen más secretos del bosque que cualquier persona. Rekar no era uno de ellos. Encontrarse con esta "patrulla forestal" era una de las peores cosas que le podría pasar.

– No soy un bandido. Sólo estoy de paso y espero seguir así. Suéltame. – Dijo estas palabras sin un ápice de emoción. Así le habían enseñado a hablar desde antes de dar sus primeros pasos.

– No estás en condiciones de exigir nada. – Respondió la chica mientras, extrañamente, sonreía. Esa sonrisa era un misterio para él. Aunque resulte una muy rara comparación, le recordó de alguna manera al tazón de estofado que le regaló aquel viejo pastor ciego dos semanas antes; cuando se moría de frío en las afueras del bosque nebuloso de Asteria. Ese tazón le había salvado la vida.

– No crea ser el único que no desea encontrarse con los nuevos hijos. Ya es bastante tarde en esta mañana como para que no hayas cazado nada. ¿Me equivoco? – Hubiese deseado sonreír cuando dijo esas palabras, pero no sabía hacerlo.

La chica lo miró con asombro y luego se le escapó una risita. Se acercó sin ninguna precaución. Eso le extrañó. Ni siquiera él confiaba en sus propias intenciones, pero ella se acercó como si su cercanía no albergara ningún peligro. Le soltó de un solo tirón la flecha que él no había podido mover siquiera. Esa chica no era común y corriente. A los pocos minutos ambos caminaban juntos por el bosque.

– Tengo cuatro hermanos pequeños en casa. – Le dijo ella volteando a verlo y sonriendo. Él solo la veía, absorto en su mirada. – Mi padre era un nuevo hombre. Huyó hace años del castillo de ébano. Acaba de morir, hace dos semanas. – Cuando dijo eso su voz se quebró, bajó la mirada y se alejó un poco de él. – No sé ni porque te digo esto. No te conozco.

– ¿Cómo te llamas? – Preguntó a la chica sin mirarla; viendo la vereda frente a ellos.

– Anna, como mi madre.

– Yo me llamo Rekar. Ahora nos conocemos. – Al decir esto volteó rápidamente hacía donde estaba ella justo a tiempo para ver nuevamente esa sonrisa. En el rostro de él no se vislumbraba ningún cambio pero de todas maneras ella le veía sonreída. Cómo si pudiese ver la sonrisa en su corazón. – Nunca conocí a mi madre, ni a mi padre. No tengo familia. Vengo del monasterio de las montañas de Part. Estoy buscando mi destino.

El bosque azulWhere stories live. Discover now