La inocencia se le arranca por los poros vírgenes a ritmo sosegado. La chispa de su alegría no se extingue de sus mejillas rosadas y manchadas con sutiles pecas; tampoco se apaga el brillo de sus ojos verdes. El cabello color cobre se adhiere al contorno de su cuello húmedo y forma pequeñas figuras en distintos ángulos simulando un jardín creciente sobre su piel.
Es perfecta y de porcelana. Sus piernas largas se extienden sobre mis hombros y los dedos se le enredan en mi cabello con ternura infinita mientras la llevo al éxtasis con ligeras estocadas. Es callada, tranquila, recatada para decir incluso cuánto me ama y me desea, cuánto anhela perderse entre mis brazos y que nuestras partículas cohesionen hasta transformarnos en uno, en un ser divino con su ángel y mis demonios.
La amo como ella a mí, desde el primer día, desde la primera llamada, la primera junta, su risa, sus años cortos, su uniforme azul marino hasta la rodilla; Amo su sonrisa, su voz, las uñas de sus manos que ahora se pasean juguetonas por mi boca, pintadas del color de los árboles.
Su cuerpo pequeño yace de costado con las piernas contorsionadas en un ángulo virtuoso. Por la espalda deslizo mi mano, acaricio su vientre y sus párpados caen; fricciona las sábanas de seda que compré para ella y ese sonido me vuelve loco, ese sonido rasposo, como si yo no fuera digno y ella quisiera que alguien más tomara su cuerpo, como si otro tacto la complaciera más que el mío. Entonces jalo sus cabellos para que me mire, pero mi muñeca no obedece, y destrozo su cuerpo porque no responde, no mira, ni me habla, ni me quiere, ni me ama.
Ella ya no es la misma. No está conmigo, no me pertenece... así que acabo con un movimiento brusco en ella, limpio mis manos cubiertas de sangre y la arrojo al baúl donde varias otras se descomponen, varios restos de mis amantes de porcelana y ojos verdes.
