Todo empezó en aquel debate.
Con Unid<3s Podemos al alza en cada encuesta, el país se iba, ahora sí, indefectiblemente al garete. La única voz que le quedaba a esa España grande de ayer, ahora llamada "derecha", eran los pusilánimes vendidos del Partido Popular, que habían vendido a perroflautas y rompepatrias los principios del glorioso pasado por las treinta monedas de hoy: los sillones en el Congreso. Las calles se llenaban, día sí día también, de asquerosos separatistas, los divorcios se multiplicaban, las uniones de pervertidos se entendían como normales cada vez más...
El panorama era desolador.
Abascal, pregonero en el desierto, vox de la razón desde fuera de esos antros de decadencia y corrupción que son las cámaras Alta y Baja, se desgañitaba en el último bastión de la defensa de esos principios. De la moral católica. Del patriotismo. De la grande y libre.
A escasos seis días de ese 26J que se antojaba fatídico, su equipo le dio la primera buena noticia en mucho tiempo: tendría su oportunidad de, por primera vez en la campaña, voxciferar verdades en un medio de comunicación. 13TV le había invitado a un debate cara a cara con Alberto Garzón.
Garzón. Ese comunista medio tonto, que se había dejado devorar por los populistas podemitas. No sería difícil.
* * *
Santi salió bastante escaldado del estudio. Había sido dialécticamente vapuleado por un comunista, ¿cómo era posible? Recapituló: se había puesto nervioso desde un que vio a Alberto... tenía algo que no le dejaba estar cómodo... quizá esperaba que en persona pareciese más piojoso y menos... así... esa barbita cuidada, la sonrisa ladina, como de ir tres pasos por delante, la americana sobre esa camisa sin corbata...
Luego - y sin duda aprovechando ese inexplicable nerviosismo que le producía - Garzón le había aturdido con una avalancha de datos y razonamientos indudablemente capciosos, dándole un repaso importante. En su única aparición en televisión. No era, claramente, su día.
Y al salir a la calle, aún le esperaba otra sorpresa: su moto no estaba.
En un alarde de irresponsabilidad también muy impropio en él, no había traído dinero para el transporte público. Y su familia no estaba en casa para venir a buscarle. Maldijo para sí. Un vistazo a su alrededor le confirmó que el personal de 13TV se había ido ya. Sólo quedaba Alberto, charlando animadamente, cerveza en mano, con unos payasos que - estos sí - buena pinta de perroflautas tenían. Tragándose el poco orgullo, Santi se aproximó y le pidió al secretario general de Izquierda Unida que le acercase.
El viaje empezó con mal pie para el candidato de Vox, el grupo de antiespañoles, amiguites de Garzón no dejaba de meterse con Santi; pero el quinto candidato de Unid<3s Podemos por Madrid pidió respeto y, aunque no cesaron, las bromas se calmaron bastante. Pronto llegaron al pisito de Abascal, que les invitó a pasar a tomar algo, nobleza obliga; Alberto aceptó la invitación un poco demasiado rápido, mientras el resto le miraban, sonreían de una forma un tanto extraña y daban diversas excusas para largarse.
Al ir a entrar, Garzón se quedó clavado en la puerta, visiblemente shockeado por la enorme bandera preconstitucional que presidía la sala de estar, pero pronto recuperó la sonrisa con la que siempre se le veía y, colocándose la americana, entró.
- ¿Un stroh? Es mi licor favorito. - ofreció Santi.
- ¿Por qué no? Muchas gracias.
Mientras el anfitrión servía la bebida, Alberto se sentó en un sofá frente a una enorme televisión apagada y miró a su alrededor.
El salón era amplio, bien iluminado. Estaba dividido en dos ambientes: en el lado izquierdo, un enorme ventanal iluminaba el gigantesco pájaro de la bandera de la pared opuesta; debajo de este, una gran mesa cubierta con un bonito y hogareño mantel de cuadros servía de centro a una reunión de sillas de madera - estilo clásico. El otro ambiente tenía una enorme televisión como referencia, rodeándola con un armario blanco que gritaba IKEA a kilómetros. Frente a ella, dos sillones y el sofá donde se había sentado Garzón rendían culto a sus pulgadas.
Entre las partes del salón, aunque un poco más cerca de la mesa, había un parquecito de bebés, de estos en los que los padres encierran a le niñe para que no rompa mucho la casa. Sobre este, un inspirador cuadro del Caudillo vigilaba el buen comportamiento del niño, como el enorme cuadro de la Virgen Dolorosa de encima de la tele hacía con toda la habitación. A un ladito, la cocina americana.
Copa en mano, los políticos entablaron una animada conversación intentando alejarla de todo aquello que les hacía odiarse a muerte. El ambiente se distendió pronto, ayudado por el buen funcionamiento del stroh, y pronto las risas llenaron el salón.
- Oye, ¿sabes que eres muy guapo para ser de derechas?
Todo se detuvo. El eco de las palabras de Garzón se repitió en cada alcoholizada neurona de Abascal. Le retumbaban las sienes. Aquello no era posible. Pero quería. Pero no debía. Nada tenía sentido.
- No quería ponerte nervioso, si quieres retiro lo dicho - Alberto no perdía su sonrisa, tan cerca de los labios de Santi...
El candidato de Vox perdió el control. Tomando la cara de Garzón entre sus manos, lo besó apasionadamente. Echándose sobre él. Luego, besos y caricias se multiplicaron, con las manos de ambos viajando donde no debían. Alberto acarició el pecho de Abascal - peludo pecho viril - y las manos de éste se dispararon dentro de los pantalones de Alberto. La ropa iba cayendo al suelo, confundida. Pronto, bajo la mirada de la Dolorosa, un agitado Santi gemía por la mamada que Garzón empezó a hacerle, sujetando la cabeza de éste en un infructuoso intento por controlar el ritmo. Gemía cada vez más fuerte, notaba acercarse el final. Y entonces Alberto paró.
- ¿Querías algo? - esa sonrisa, esa sonrisa que era su perdición...
- MALDITO COMUNISTA
Perdida toda medida, Abascal echó al suelo a Garzón, levantándose detrás. Sólo para ver que este le lanzaba un preservativo.
Santi no pensó. Colocándose el condón, cogió aceite de la cocina y se acercó a Alberto, que estaba en cuatro, agarrado y apoyando la cabeza en el parquecito. No dijo nada, ninguno de los dos dijo nada, sólo se enzarzaron en un juego de embestidas y retiradas que ni siquiera se ralentizó cuando el cuadro del caudillo cayó al suelo, hiriendo con sus esquirlas a ambos. El único sonido era el del vaivén del entrar y salir y el de sus gemidos. Hasta que Abascal explotó, eyaculando más de lo que había eyaculado en su vida, y derrumbándose en el suelo, sobre los cristales, sólo para encontrarse, una vez más, la sonrisa de Garzón. Y susurrando a éste una petición
- Hazla grande otra vez
