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El viento azotaba con furia contra la única ventana de la habitación, detrás del peinador, más allá de la pequeña camita cuyas sábanas se habían teñido ahora de un profundo color carmín, la niña yacía oculta, apoyada sobre sus rodillas y conteniendo el aliento por temor a ser escuchada, acorralada por aquellas garras que se paseaban por la habitación, arrastrándose como afiladas cuchillas que dejaban su firma sobre los rechinantes tablones de madera. Sus manos temblaban sin control, mientras las lágrimas que le ardían en los ojos caían como ríos por sus mejillas consolando el dolor en su vientre, ahogando el grito que le subía por la garganta. Fuera, el crepitar de la lluvia formaba una melodía ensordecedora, seguido del resplandor aleatorio de rayos que explotaban en la distancia y rebotaban en el eco de la habitación formando una dramática sinfonía.

La sangre le había empapado el fino camisón del pijama, recorriéndole las piernas y había comenzado a formar un charco bajo sus pies. Con su mano sobre el vientre, se deslizó suavemente por una esquina del mueblecillo tras el que se escondía, apoyándose en la oscuridad que bañaba el rincón. Las cuchillas danzantes habían dejado de sonar, dejando a la habitación, más allá de la tormenta que se precipitaba por la ventana, en un silencio estremecedor, provocándole un escalofrío que le recorrió la columna y le erizó cada vello de su frágil silueta encorvada.

Se le había formado una suela de sangre en la planta de los pies, lo que la hizo caer de espaldas al resbalar en el oscuro líquido escarlata, un golpe sordo vibró en la pared al recibir el impacto de la parte posterior de su cabeza. La vista se le nubló por un largo segundo, tiempo suficiente para encontrarse frente a frente con la bestia de quien se escondía. Aquellos grandes y brillantes ojos, que miraban hasta su interior, reflejaban su expresión pálida, tan cerca que ahora escuchaba la sincronización de sus respiraciones y pudo notar el olor óxido del aliento que silbaba entre sus colmillos, por un momento temió perder la consciencia, no por la espesura formidable que se alzaba frente a ella, sino por la taladrante sensación de su corazón revotando en su cabeza, mientras el dolor punzante la obligaba a concentrarse en mantener el equilibrio, dejando en un sueño lejano la imagen de esos fríos ojos que la sumergían en un oscuro océano.

El cielo explotó en un estruendo sonoro que sacudió las paredes y vibró bajo las dos siluetas que se reflejaron como espectros durante el destello de luz. La fila de dientes se abrió en dos y se abalanzaron sobre su, hasta entonces, distraída presa. La niña, casi al punto de desmayarse, se agachó esquivando por poco la mandíbula abierta del lobo, se deslizó hacia él y, con un último esfuerzo, lo rodeó con sus brazos por el cuello, subió una pierna sobre su lomo y luego su cuerpo entero se montó en él, aferrándose con toda la fuerza que le quedaba.
La bestia se alzó en dos patas, sacudiéndose con furia entre gruñidos y zarpazos. Su cuerpo rebotaba sobre el suave pelaje y se tensaba con un miedo incontrolable cuando el animal giraba bruscamente su cabeza hacia ella, en un intento insaciable de alcanzarla con sus colmillos. Pudo sentir en sus brazos los gruñidos roncos que desgarraban sus oídos, vibraban desde su garganta como dos motosierras.

El dolor se volvió aún más intenso con cada sacudida, pero ella se mantuvo aferrada, puede por el miedo o por su constante lucha por resistir el infierno que se desataba en sus heridas y la quemaban como flamas de carbón ardiente. Sin notarlo, los gruñidos se convirtieron en chillidos ahogados, las sacudidas perdieron su fuerza y deambularon débilmente antes de desplomar a ambos sobre la madera fría. Finalmente, la chica cedió ambos brazos del cuello del lobo y rodó media vuelta sobre el suelo quedando sobre su espalda e inhaló, de aquel aire húmedo que inundaba la habitación, llenándose tanto los pulmones como su cuerpo le permitió. Una punzada en su vientre llevó sus manos al origen del dolor, la sangre le salía a borbotones y la rosa escarlata que se le había dibujado en el camisón blanco se había vuelto una abstracción terrorífica que no pudo contemplar, la cabeza le daba vueltas y todos los sonidos comenzaron a convertirse en ecos lejanos una vez más. Ahí recostada, por el rabillo del ojo, vio como la masa oscura que se encontraba a su lado comenzó a crecer, la sangre le escurría por el lomo, sangre que no era suya, sino de ella, aun un poco desorientado logró ponerse de pie, sin mirar a la niña derribada a su lado, sacudió su espeso pelaje y rodeó lentamente su cuerpo hasta encontrar sus pies descalzos. Pasó sobre sus piernas y, sin tocarla, subió hasta ubicar su rostro, ignorando el charco de sangre sobre el que ambos yacían, mientras la amenazaba con sus colmillos descubiertos y un gruñido rencoroso.

La tormenta se atenuó, unos pocos destellos resplandecían aun a lo lejos y la sinfonía de la lluvia se volvió suave y serena. Contemplando aquellos dientes aperlados bajo las encías vibrantes, la penumbra nocturna delineaba su silueta con una luz opaca que se reflejaba en sus ojos. A sus oídos, los sonidos comenzaron a distorsionarse en una espiral confusa que comenzaba a sumirla en un abismo negro que se cerraba ante sus ojos. Lentamente elevó su mano y la llevó hasta la cabeza del lobo, quien se estremeció cuando los pequeños dedos encontraron su mejilla, al sentir la piel fría bajando por su barbilla y recorriendo su hocico, los bigotes cosquillaron en la palma de su mano y su gesto era gentil, mostrando la calidez que siempre fue propia de ella. El animal aguardó en silencio, curioso de aquellas pequeñas manos y los ojos cansados que se reflejaban como dos pequeños cristales a punto de quebrarse... en una sonrisa tranquila que descansaba sobre su gesto dolorido.

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⏰ Last updated: Jun 19, 2016 ⏰

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