Me despedí de mis padres y cerré la puerta, desabroché mi chaqueta y como cada día, me dirigí al instituto.
Volaba bien alto, para que nadie me viera, o que quien me viera; que me confundiera con un pájaro.
Nadie podía enterarse de que sabía volar, no sé lo que me harían.
Me acercaba a mi destino, ¡era tan impresionante volar!, te proporcionaba una libertad inmensa.
Me dirigí a la parte de atrás del edificio y descendí a toda velocidad. Levanté la cabeza, llena de adrenalina.
Era hora de empezar un nuevo día.
