PRIMERA PARTE: MUNDO CERRADO, HERIDAS ABIERTAS

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Es fácil dejar de permitir que las personas te hagan daño. Solo tienes que cerrar tu mente y aprender a controlar tus sentimientos. Con el tiempo ya nada te importa, los problemas te dan igual, los gritos no te hacen daño, los insultos dejan de ofenderte y las cosas malas te pasan desapercibidas.

Lo jodido de no dejar que te hagan daño es que después tampoco dejas que te hagan bien.

Si cierras tu mente, te cierras también al mundo, a los sentimientos y a cualquier tipo de emoción.

Te quedas sin nada.

Al cortar su piel trataba de demostrarse a sí mismo que todavía estaba vivo. ¿De qué otra manera podía ser consciente de eso? Solo así volvía a la realidad, no se dejaba olvidar que pertenecía a un lugar donde no era feliz y sin embargo existía.

Muchas veces pensaba en la muerte. Y también pensaba en su padre, orgulloso del chico de diecisiete años con el mejor promedio de la generación, el de los modales más impecables y la envidia de sus colegas.

Su madre, por otro lado quizá lo quería, o quizá no. Nunca sabía qué pasaba con su madre. Pero se daba cuenta de que ella también pensaba en la muerte.

Kenneth se hacía cortes en honor a ella. Si su padre la azotaba contra la pared y su madre no derramaba ni una sola lagrima, él se cortaba. Cada vez que ella gritaba hacia dentro, Kenneth compartía su dolor simbólicamente a través de su piel.

Luego se convirtió en un hábito. Incluso cuando los golpes cesaron.

Seguía sintiéndose vacío.

Una tarde de verano mientras se preguntaba si sería una buena idea morir, se le ocurrió que podría hacer la prueba. Solo para estar seguro de no fallar si decidía hacerlo algún día.

Pensó en ahorcarse, aunque la idea de provocarse una muerte lenta no lo convencía del todo, sin embargo trató de probar si le era posible colgarse del techo de su apartamento.

En ese momento su madre llegó de hacer las compras y la soga se rompió. Kenneth cayó al piso desmayado y despertó al día siguiente en un cuarto de hospital con un collarín en el cuello y los brazos vendados.

- No puedo creer que hagas este tipo de cosas – dijo su padre en cuanto lo vio despertar.

- Papá, yo...

- Cállate. ¿Quieres que la gente piense que soy un mal padre? ¿es eso lo que quieres?

Era obvio que le daba igual lo que pensara la gente, él solo quería dejar de sufrir. Pero jamás lo entenderían.

Al volver a la escuela se convirtió en el blanco de todas las miradas. Ya no tenía permitido usar sudaderas para esconder los brazos de ninguna forma, así que sus cicatrices quedaban a la intemperie y cualquiera podía notarlas.

Decían que estaba loco. Cuando sus compañeros descubrieron la razón por la cual llevaba puesto un collarín dieron por hecho que tenía una enfermedad.

Los profesores intentaron darle un trato especial para hacerlo sentir mejor, pero nadie podía obligarlo a ser feliz si él no quería intentarlo.

Ni si quiera ese muchacho que todos los días trataba de hacerlo hablar.

- Hola – dijo el chico en una ocasión.

No obtuvo respuesta.

- Yo te conozco, eres el que armó todo ese alboroto con un bisturí el otro día. ¿Te cicatrizaron ya las heridas?

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⏰ Last updated: May 23, 2016 ⏰

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