Té helado

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Los ojos del puma están clavados en los míos, su mirada es sutilmente agresiva; se sabe por encima de mi. Es la seguridad que le da ser el depredador máximo en este pequeño ecosistema montañoso. Mi delgado cuerpo yace tirado en el helado barro del cerro, donde el agua-nieve y la tierra crean un frío lodo que mancha y empapa mi buzo gris de líneas rosadas en los costados y mi polera deportiva blanca. Acostada de espalda en el suelo, apoyada en mis codos lo veo, mirándome con odio. Ahuyenté una pequeña liebre que sería su almuerzo y ahora quiere tomar revancha. No, los animales no hacen eso. Soy una amenaza a su fuente de comida o soy, de hecho, su comida de hoy.
Cierro sutilmente mi mano derecha y siento como el agua nieve del piso sube al espacio que hay entre mi palma y los dedos, como lentamente se juntan y comienzan a solidificarse en un helado cristal que va formando una estaca de hielo. El puma no se da cuenta o no le interesa, solo mantiene su mirada pegada en mi y ahora siento como yo tambien le clavo mis ojos ámbar, empoderada y lista para atacar también. ¿Atacar?
El puma se agazapa, veo como su pelaje café se eleva y su cara se deforma arrugandose, mostrando sus filosos colmillos amarillos.
Finalmente salta sobre mi.

* * *

Como muchas noches, levanto la cabeza de mi escritorio y pegada a mi mejilla se levanta una página del libro Jiménez Murillo de medicina de urgencia que mi papá me prestó. ¡Ya lo babee! pienso aterrada. Si lo lleno de saliva me sentiré mal. Para cuando me reincorporo en la silla de mi escritorio siento como una manta de polar cae por mi espalda y veo que todo está bien. Creo que mi papá no se va a enojar, se preocupa más de mi salud que de un simple libro.

Me lleno el vaso con té remojado y recién, viendo el reloj de la cocina, me doy cuenta que son pasadas las tres de la mañana... de un día sábado... y yo estoy en la cocina, sirviéndome un té helado después de haberme quedado dormida leyendo un libro de medicina de nivel universitario, algo que no voy a necesitar aún, por lo menos durante un año más. No me incomoda lo que estoy haciendo, solo siento que debería estar en otras cosas: carretes, salidas... ¿qué dice ese post it en el refri?

"Tuve que volver a la clínica. Si le da hambre pida algo." Mi papá aun cree que debe explicarse cada vez que quedo sola en casa. Siendo hija de un médico estoy bastante acostumbrada. A lo que no me he acostumbrado mucho es a los extensos viajes de negocios de mi mamá. Pero esta bien, casi siempre se toma una semana entera luego de volver, solo para pasar tiempo conmigo. Me gustaría poder acompañar a mi papá a la clínica, aunque es bien difícil. No es como si fuese un jugador de fútbol y pudiera acompañarlo al estadio; ahí no vería hinchas con brazos a medio partir, o referees vomitando sangre.

Otra vez se soltó mi moño simple de cola de caballo. Me lo apreto lo más que puedo, tanto que me tiro un poco el cuero cabelludo. ¿Dónde está el control remoto? entre medio de los cojines del sillón, como siempre. Un poco de noticias para tomar mi té helado y a dormir (ugh, con razón estoy en casa un sábado en la noche)

Repeticiones de prensa amarillista, nada mejor para irse tranquila a la cama. ¿Ahora qué? ¿portonazo? ¿robo de cajero? Las imágenes casi siempre son las mismas; luces de emergencia, carabineros parados conversando seriamente, una ambulancia... oh, que mal, camionetas del servicio médico legal. Y entonces escucho que fue un intento de robo a un camión de valores. Dos de los asaltantes terminaron muertos y uno escapó herido. También murió uno de los guardias y el otro está la UTI. Oigo el nombre y corro a mi dormitorio a vestirme. Buzo completo de color púrpura y las primeras zapatillas que pillo en el suelo de mi dormitorio. Marco un contacto en mi teléfono celular, mientras tomo mis llaves de la casa y una billetera pequeña. "¿Aló, sí? necesito un móvil, por favor, lo más rápido posible"

* * *

Cuando cruzo las puertas automáticas de vidrio de la urgencia en la clinica Las Condes, veo a José sentado en la sala de espera, cabeza agacha y moviendo frenéticamente sus piernas, como si estuviera pagando una manda al cansar sus muslos. Lo abrazo como a un hermano perdido, conteniendolo. "¿Tu mamá?" Le pregunto
"Tu papá hizo que la vieran también porque se descompensó cuando llegamos. Gracias, sabia que podia contar con el tio"
"Oobvio" le respondo, arrastrando la primera o, para asegurar nuestro apoyo.
El tio Pablo ha sido amigo de mi papá desde chicos; desde que vivían juntos en el bosque. La comuna de el bosque.
Cuando José y yo éramos niños nos tiraban la típica talla de que por la sola familiaridad de mi papá con su amigo, íbamos a terminar juntos. Mis padres reían y soñaban. La familia de mi mamá no lo encontraba muy gracioso.
"Has sabido algo..." no termino mi pregunta y veo que la enfermera Luisa está de turno. Salió a llamar a un pequeño que parece resfriado. No es tan grave, puedo molestar. "Vengo altiro" le digo a José mientras me dirijo a Luisa. Sus ojos cafes me miran con tierna condescendencia mientras se arregla su crespo pelo negro. Para cuando llego, ya esta hablando.
"Bianca, no puedo decirte nada..."
"Lo sé" le respondo rapidamente "solo quiero saber si mi papá lo está viendo personalmente"
Me mira seriamente mientras se pone los lentes que tiene colgando de su cuello "tu papá lo llevó a cirugía. Y su señora está estable, pero mejor la sedamos mientras no tengamos novedades sobre el marido."
"Tu papá sabía que ibas a venir"
"Obviamente" le dije y mire hacia atrás, a José.
"Quizas seria bueno que tu también nos ayudes" terminó por decir Luisa y sin más, volvió a los box de urgencia. Dejé escapar un apagado "sí" sin dejar de mirar con preocupación a José.

Di las gracias al recibir mi té helado en la cafetería de la clinica. Jose agradece su café con un gesto. Sentado casi solos, a no ser por un par de doctores cansados, bajo una tenue luz, trate de que habláramos de otros temas; de cómo estaban nuestras vidas en general. Me habló de su trabajo de verano en un call center, de sus vacaciones en San Sebastián con sus amigos del liceo, hasta me mostró un par de fotos en su teléfono. La única forma en la que lo hice hablar fue asegurandole que mi papá era un excelente cirujano e internista; que su papá estaba en buenas manos. Aun así lo notaba asustado, asi que a riesgo de parecer majadera le pregunte si había algo más que le preocupaba.
"La tele, Bianca; la tele me preocupa" me respondio. Debí darle una mirada de confusión muy definitiva, porque siguió altiro.
"En la tele han reportado el hecho desde las noticias de las nueve y siguen repitiendo el nombre de mi papá... y murieron dos de los asaltantes. ¿Cachai? No sé, me da miedo por mis papás. ¿Qué pasa si uno de sus compañeros estaba metido en esto y no sabía?"
Suspiró hondo. Tal como yo, no había probado su infusión.
"Por ahora, preocupémonos de que se repongan bien y después podemos lidiar con ese tema"
"Pucha Bianca, no te ofendas..." me rebatió. Más o menos sabía lo que venía, asi que estaba medio curada de espanto "...pero tu vives en otro Chile. Más tranquilo que el mío o el de mis papás." Se detuvo un minuto, como escuchandose a si mismo "igual gracias por todo... no se como vamos a p..." lo detuve sin dejarlo seguir. Le pedí que tomara de su café.
Yo no pude tomar de mi té.

Para cuando mi papá salió a hablar con José eran las siete y media de la mañana. Me había quedado dormida en la recepción, tapada con mi chaqueta. Me levante, aun algo adormilada a incorporarme a la conversación.
"¿Estable?" Llegue directamente.
"Sí. No hubo daño que no pudiéramos reparar y está en post ahora. Buenos días" Saludo papá en tono sarcástico. Sus ojos verde musgo y su cuadrado rostro mostraban claros signos de cansancio, pero estaba animado por la prognosis. José parecía aliviado, se disculpó y paso a ver a su mamá que también despertaba.
"No quise molestarte, rubiecita. Pero gracias por venir igual" me dijo mi papá mientras me daba un beso en la mejilla
"Sí bueno, no es que estuviera muy ocupada en la casa" le respondí, no sin un dejo de vergüenza que mi papá no advirtió.

* * *

El rocío matutino que me empapaba el rostro mientras montaba mi bicicleta, me ayudaba a mantenerme despierta. Menos mal que mi papa se trajo la camioneta que tenía mi bici aun montada detrás. Me gusta más andar asi o a pie que en vehículos. La única razón de pedir un taxi fue por lo urgente de la situación.

Cuando llegue a casa y cerré la puerta, mire a nuestro extenso living, con altos techos y sillones de telas suaves. Decorado con plantas y cuadros que otros habían elegido por nosotros. Mire a nuestro gran comedor de diez sillas, y de ahí hacia afuera, a nuestro patio con piscina incluida. Supe que lo que José me decía era una dolorosa verdad.
No importa cuantas veces acompañé a papá a sus misiones médicas a regiones apartadas o poblaciones abandonadas, sigo sin ser parte de ese Chile en el que él vive, ese de la atemorizante incertidumbre con la que va a tener que vivir ahora. Quizá para gente como nosotros sería fácil simplemente volver a empezar lejos, en otro lugar y olvidarnos de amenazas; de andar mirando por sobre el hombro. Para José y su familia no era así.

Tomé el vaso de té que estaba tibio por haber quedado afuera, los hielos ya se habían derretido por completo y habían subido el nivel de líquido en su interior. Entonces hice lo que he podido hacer durante ya casi dos años, algo que llegó tan repentinamente que tuve que hacerlo parte de mi vida. Algo que preferí no contar a nadie para no convertirme en un fenómeno de circo.
Ya no tenía que concentrarme tanto, para cuando pasaron unos segundos, unos dos centímetros del fondo del vaso ya se habían vuelto a convertir en hielo. Tampoco tenía que cerrar los ojos, lo cual me daba una ventaja.
No es que lo pudiera crear, nadie crea algo de la nada. En un principio eran solo líquidos, pero viendo como no siempre había agua alrededor mío, supuse que era mejor tratar de congelar humedad ambiental, de esa forma siempre tendría material, a menos que estuviera en ambientes muy secos.
Había ideado formas de moldear hielo siempre que hubiera humedad alrededor, y lo había pensado en forma ofensiva. No sé por qué de inmediato le di un uso bélico a mi habilidad, pero fue una idea estúpida, lo que probó ser cierto cuando me encontré con ese puma a los pies de las montañas. Lo que probaría ser cierto con mi plan para ayudar a José, también.
Sin embargo en ese minuto estaba decidida a hacer algo, a ayudarlo a descansar; a él y a sus padres quienes han sido siempre buenos con nosotros.

Finalmente bebí mi té helado, deliciosamente amargo.

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