Prólogo

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Los gritos de la gente aún resonaban en mis oídos. Ráfagas de imágenes pasaban por mi cabeza, y no era capaz de decir si las veía en ese momento o si eran recuerdos difusos de las últimas horas pasadas. Chillidos, empujones y golpes; mareas imparables de gente enfadada, era todo lo que podía pensar.

Poco a poco, tomé conciencia de mí mismo y de mi cuerpo. Estaba tirado a un lado de la calle, boca abajo, empapado y dolorido. Sentía la mejilla fría en contacto con el suelo, pero no fui capaz de moverme durante un rato.

Ante mí, veía como cruzaban pasos apresurados, botines, faldas, zapatos, caballos. Nadie se fijó en el niño inmóvil y magullado que yacía al lado de la vía. Y yo no me sorprendí.

Tras lo que me parecieron horas, conseguí ladearme con dificultad. Las rodillas me ardían al contacto con el aire, y sientía la cara hinchada. Al intentar respirar, mis costillas se quejaron. Despacio, apoyé las manos en el suelo y me senté sobre los húmedos adoquines, mojados por la reciente lluvia, para mirar alrededor.

Anochecía, y de las masas que hacía un par de horas arrasaban la ciudad, solo quedaban sus destrozos. Al comprobar que no había más peligro, me permití relajarme un poco. Dejé que mi miedo se desvaneciera, soltándolo despacio y dejándolo ir como el vaho que se escapaba de entre mis labios.

Más tranquilo, intenté echar un vistazo a mi persona. Mis pantalones, sucios y rasgados, dejaban ver las rodillas raspadas y amoratadas. Y aunque no podía verme el rostro, sentía la cara de la misma manera, así que me hice una idea de mi aspecto actual. Cerré los ojos, intentando imaginarme. 

El pelo negro azabache, sucio, enredado y desigual, pegado a mi cabeza y mi cuello, tapándome los ojos. Éstos, grandes y oscuros, estarían enrojecidos por la falta de sueño, y uno de ellos levemente cerrado por la hinchazón de la mejilla. Mi piel, olivácea por el sol, debía de estar sucia, mojada, arañada y amoratada. Desde lejos se me vería como un saco de huesos magullado, demasiado débil y pequeño como para tan siquiera llevar como esclavo. 

Entonces, sustituyo esta desfavorecedora imagen de mí mismo por recuerdos.

Los gritos se extendían por las calles según se acercaban las masas de protestantes. Entré en pánico cuando me vi atrapado entre toda aquella gente, que avanzaba imparable por las estrechas calles de la ciudad. Recuerdo la sensación de ahogarme, incapaz de respirar con el empuje de la multitud, y un fuerte golpe en la mejilla. Después, solo me caí al suelo y me sumí en la oscuridad.

Parpadeé, mareado ante mis propios pensamientos, y me encontré de repente con unos enormes ojos que me miraban sin pestañear. Estaba muy cerca de mí. Tanto, que podía ver con claridad el color indefinido de su iris, entre verde y marrón, a manchitas bicolores. Fui capaz de notar desde ese momento unas cuantas pecas sobre su nariz y bajo los ojos, probablemente causadas por el sol, que le daban un aspecto simpático y alegre.

Me impresionaba, y tardé en darme cuenta de que la persona estaba esperando a que reaccionara. Me aparté bruscamente, y fue entonces cuando me di cuenta de que era un niño, de aproximadamente mi edad.

Su pelo era del color de la miel, y caía en ondas suaves, perfectamente peinado, enmarcando su rostro infantil. Me miraba con curiosidad, como si fuera la primera vez que veía a un chiquillo tirado en la calle, solo.

Entonces me fijé en sus ropas, y comprendí. Llevaba una chaqueta abrigada, adecuada para el mal tiempo, sobre un jubón de cuero y pantalones del mismo material. Nada estaba raído ni sucio, y hasta tenía un porte de elegancia. Quedaba claro que no pertenecía a la clase baja. Pensé que podría ser pariente de alguno de los ricos de la ciudad. Alguna familia importante. Con lujos. Y mientras yo, al igual que la mayor parte del pueblo, me moría de hambre poco a poco.

Esos pensamientos bastaron para que mi expresión se volviera recelosa, y me aparté un poco más de él, poniéndome en pie temblorosamente. El niño hizo ademán de ayudarme, pero no dejé que me tocara, con un gesto brusco, y me agarré a la pared del edificio situado detrás de mí.

Supongo que se sorprendió, desacostumbrado a mi brusquedad. Algo dentro de mí se sintió culpable. Solo era un niño, parecido a mí, y simplemente quería ayudar. Pero yo, cada vez que veía a alguien de su clase, no podía evitar sentir desprecio al pensar que todo lo que los nobles y burgueses tenían, yo no lo podía tener. 

Me miró fijamente unos segundos, como evaluándome, e intenté adivinar lo que pensaba, sin éxito. ¿Qué podía pensar un muchacho aristocrático de un vagabundo de ocho años medio desnutrido? Poca cosa. Como mucho, intentaría predecir mi esperanza de vida. 

Yo esperaba que se fuera y me dejara solo. Al fin y al cabo, era lo normal. Yo había sido un grosero, además de un atrevido al rechazar su ayuda. Sin embargo, tras lo que me pareció una eternidad, el niño rubio habló.

- Te has hecho daño - dijo simplemente, como si fuera la cosa más obvia del mundo. Que lo era. Su voz era increíblemente suave y cristalina, casi parecía querer cantar en una frase tan sencilla como aquella.

De nuevo, aquel chiquillo me sorprendió, pero no contesté.

- Puedo ayudarte - añadió, al ver que decidí no hablar, y dio un paso hacia mí. Pero negué con la cabeza, algo acobardado. No sabía que pretendía, ni si de verdad era esa su intención. Algo estúpido por mi parte,  pero era receloso, quizás demasiado.

Él ladeó la cabeza, sin llegar a entender mi actitud. A decir verdad, yo tampoco la entendía. El aspecto y la amabilidad de ese chico me fascinaba y me incomodaba a la vez. Tras unos segundos de silencio volvió a dirigirme la palabra, probando con otra cosa.

- ¿Estás bien? - consideré la respuesta. En general, no, nunca estaba bien. No tenía casa ni comida, mucho menos amigos o alguien con quién hablar. Los niños de mi edad buscaban como compañeros a otros con más recursos, económicos o físicos, ya sea por comida comprada o ganada a la fuerza. Se convertían en las sombras de otros, idolatrándoles y humillándose a sí mismos. Yo no quería hacer eso. Sin embargo, teniendo en cuenta que esta mañana había comido y que no sufría peligro inminente, estaba bien. Así que asentí despacio.

- Sí. Gracias - murmuré, y le di la espalda para marcharme. En esos pocos años de memoria que tenía, había aprendido que debía tener el menor contacto posible con los nobles. Pero parecía ser que a él no le habían enseñado aquella norma, porque corrió para alcanzarme.

- ¡Espera! -intenté correr también, harto de aquella extraña situación y de aquel niño desconocido, pero aún no tenía fuerzas. Me agarró por los hombros y me giró hacia él, y automáticamente, yo rehuí el contacto físico. Clavé mis ojos en los suyos, que de nuevo me miraban con esa intensidad suya, y esperé algún tipo de reprimenda por no tenerle respeto. Pero lo que pasó me pilló totalmente desprevenido -. Toma - dijo, regalándome una amplia sonrisa. Sostenía en su brazo extendido su propia chaqueta, perfectamente lisa y sin un solo agujero. No pude reaccionar durante unos segundos, sorprendido.

Pero su sonrisa no vaciló, y no pude negarme a semejante regalo. Cogí la chaqueta tímidamente, y me la puse. Aún conservaba el calor de su cuerpo, y ese simple gesto me llenó, como si el abrigo hubiera podido calentar de alguna manera mi frío corazón. Y en realidad, creo que lo hizo. Sonreí al muchacho rubio, y repetí:

- Gracias.

ImparableWhere stories live. Discover now