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Lienzo en blanco.

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¿Y si solo se necesita un reinicio de software?

━━━━━━━━━━━ ❖ ━━━━━━━━━━━ Svetlana Baudelaire K.
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El final del verano en la ciudad siempre me ha parecido una transición hipócrita; el sol se pone con la misma intensidad sofocante, pero el aire ya huele a una rutina fría y predecible. Para mí, sin embargo, este año trae un matiz distinto. Mi equipaje cabe en tres maletas desgastadas de lona negra y una sola caja de cartón mal sellada que contiene lo poco que considero de mi propiedad. Me mudo.

El trayecto en el auto de alquiler es un ejercicio de silencio absoluto, interrumpido solo por el zumbido de los neumáticos contra el asfalto de la autopista y el parpadeo intermitente de los postes de luz. Conducir hacia lo desconocido no me genera la ansiedad típica de los comienzos; me provoca una calma anestésica.

Cargar yo sola esas maletas por las escaleras del estrecho edificio de departamentos es el primer recordatorio físico de mi realidad. El lugar huele a polvo y a pintura fresca, un espacio desprovisto de recuerdos. Cuando dejo caer la última carga sobre el suelo de madera crujiente, contemplo las paredes desnudas y la luz mortecina de la tarde colándose por la ventana. No hay mensajes de bienvenida ni un "avisa cuando llegues". Me limito a sentarme en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, aceptando el aislamiento como mi única zona segura. Un búnker que yo misma sostengo para mantener el mundo exterior a una distancia prudencial, aunque en el fondo sé que las llaves de ese búnker ni siquiera me pertenecen a mí.

Al día siguiente de mi llegada, me toca comerme el maldito papeleo en la facultad de ciencias económicas. Mi ingreso no es el resultado de un examen de admisión lleno de ilusiones, sino un frío traslado de expediente a mitad de la carrera. Hasta hace un par de semanas, todavía vivía bajo el techo de mis padres, soportando la asfixia de su control. Pero todo se derrumbó en una sola noche.

Cierro los ojos, apoyada contra el frío cristal de la ventana de la oficina de registro, y el tintineo ensordecedor de los cubiertos contra la porcelana vuelve a inundar mi mente.

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[Flashback]

El gran comedor de la mansión Baudelaire Klaus estaba sumido en una perfección ensayada. Manteles de lino impoluto, vajilla de porcelana fina y copas de cristal dispuestas para un despliegue de estatus. Mis padres habían convocado a una mezcla estratégica de personas: tíos y primos listos para presumir sus logros, mis abuelos vigilando que el apellido no se manchara, y un par de inversores extranjeros cuyos contratos dependían de la aparente armonía de nuestra dinastía. Mis hermanos mayores, los gemelos Cassian y Valerius, de veintisiete años, ocupaban sus lugares con la soltura y sumisión de quienes ya dominaban las reglas del juego. Yo, Svetlana, con mis veintiún años recién cumplidos, era la pieza defectuosa.

-Es una lástima que no muestres el mismo interés por las finanzas de la firma que por tus lecturas, Svetlana -la voz de mi padre, Alistair, resonó desde la cabecera con una autoridad aplastante a sus cincuenta y un años. Ni siquiera me miraba; cortaba su corte de carne con precisión quirúrgica-. Los gerentes del sector norte me han comentado que volviste a ausentarte de la junta de apertura. La falta de iniciativa no es un rasgo que toleremos en esta familia.

El silencio cayó sobre la mesa de inmediato. Sentí las miradas de los inversores fijos en mí, el escrutinio de mis abuelos y la indiferencia metódica de Cassian y Valerius, quienes continuaron masticando sin mover un solo músculo de la cara. La presión en el ambiente se volvió física. El aire me faltó de golpe; un nudo helado me cerró la garganta y mis manos empezaron a temblar con una violencia incontrolable, golpeando mi copa de agua y derramando el líquido sobre el lino blanco.

¿Volver A Creer?Stories to obsess over. Discover now