Noche de Graduación

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Las resacas son una mierda.
He sabido esto por años, desde que tenía, como catorce años y fui a mi primera fiesta, pero el dolor de cabeza con el que me desperté la mañana después de la graduación era el peor que jamás había experimentado. Y eso era mucho decir. Quiero decir, latía. Sentía como si alguien me hubiese
golpeado en la cabeza con un maldito bate de béisbol. Y sólo Dios sabe, tal vez alguien lo hizo. Estuve tan ebria la noche pasada, que probablemente no me habría importado. Incluso podría haberlo encontrado divertido para el momento. Todo era gracioso después de unos tragos de tequila.
Gemí y tiré de la manta sobre mi rostro, protegiendo mis ojos de la luz del sol que se filtraba por la ventana por encima de mi cabeza. ¿Por qué tenía que ser tan malditamente brillante?
—No seas dramática. No soy tan feo —una profunda, atontada voz murmuraba a mi lado.
Mierda.
De repente, sentí náuseas por razones que nada tenían que ver con la cantidad de alcohol en mi sistema.
Apreté los ojos, tratando de recordar qué diablos había hecho la noche anterior. Había bailado con algunas personas, jugado un rato a los cuartos, tomado algunos tragos... más que algunos. Pero, bueno, era una fiesta de graduación. Reventarse era prácticamente un requisito. Me obligué a pensar más allá del zumbido del alcohol y el ruido sordo de la música, tratando de recordar dónde había estado cuando finalmente me desmayé.
Y ahí estaba.
En algún momento, después de quedar completamente hecha mierda, me había besuqueado con un tipo que no conocía —me gradué con casi mil chicos, así que estaba festejando con muchos extraños esa noche— y luego lo arrastré a uno de los dormitorios de la casa. Pero después de eso, todo lo demás estaba indefinido. Sin embargo, una cosa era segura. Sin duda había tenido relaciones sexuales con él.
Maldita sea. ¿Realmente estaba así de borracha?
Abrí los ojos y rodé sobre un costado. En este punto, sólo esperaba que fuera lindo. Y lo era... o lo habría sido si no se viera tan horrible. Sus ojos marrones me miraban desde unos pocos centímetros de distancia, tenía profundas arrugas debajo de ellos y su pelo negro era un lío. O tal vez era sólo la forma en que lo llevaba. Ese era el estilo últimamente, por alguna razón.
Por otra parte, estaba segura de que yo tampoco me veía muy caliente en ese momento. Mi cabello, que había estado totalmente impresionante para la graduación, estaba probablemente andrajoso de la laca para el cabello de ayer, y estaba segura de que mis ojos estaban inyectados en sangre y mi maquillaje todo corrido y arruinado.
Como he dicho, las resacas son una mierda.
—Hola —murmuró, frotándose los ojos—. ¿Has dormido bien? —Um... seguro.
Como si toda esta situación no fuera lo suficientemente extraña, iba a hablar conmigo. Yo deseaba que acabara de hacerse el dormido para que pudiera escaparme en paz.
Suspiré y me empujé las mantas de encima. La luz del sol estaba matando mis ojos. Tenía que entrecerrar los ojos mientras me tropezaba por la habitación, recopilando mi ropa del suelo. Casi me caigo al menos dos veces antes de vestirme. A juzgar por la forma en que estaba todo disperso, había tenido una noche de locura.
Bien por mí, supongo.
—Eh, um... —Cristo, ni siquiera podía recordar el nombre del tipo. ¿Alguna vez me lo había dicho? Me aclaré la garganta y comencé de nuevo—. ¿Crees que alguien me atrape si salgo por la puerta principal, o debería salir por la ventana? ¿Cómo te irás tú?
—No me iré. Esta es mi casa.
Así que me enrollé con el anfitrión. No había visto venir eso. La dirección estaba garabateada en mano cada ayer y nunca se me había ocurrido preguntar quién vivía en el lugar. Una fiesta era una fiesta. No importa quién la lanzara.
—O solía serlo... De todos modos, no te van a atrapar —agregó, empujándose a sí mismo en las almohadas—. Mamá no está aquí. Ella y mi hermana tuvieron que dejar la ciudad antes de la graduación para encontrarse con los de la mudanza. Por eso ofrecí hacer la fiesta aquí. En parte por la graduación y en parte como despedida.
—Está bien, está bien. —Sólo necesitaba un sí o un no, no la historia de su vida. Agarré mi bolso de la cómoda—. Así que usaré la puerta principal.
No es gran cosa.
—Hey. Espera un segundo. —Se sentó con la espalda recta, dejando que las sábanas se apartaran de su pecho desnudo.
Sí. Definitivamente estaba bueno. Buen cuerpo. También recordé vagamente haberle dicho eso. Un pequeño recuerdo corría a mi conciencia: yo riéndome nerviosamente, hurgando en su pecho justo después de que se sacara la camisa por encima de su cabeza. "Lindos músculos los que tienes ahí, estudiante". Él se rió y me besó. Había sido un buen beso.
Sin embargo, eso era lo máximo que podía recordar en este momento.
—¿Puedo tener tu número? —preguntó, pasándose una mano por el desordenado cabello castaño—. Así puedo, ya sabes, darte una llamada en algún momento.
Oh, Dios, ¿hablaba en serio?
No es que tuviera mucha experiencia en enredos de una sola noche —en verdad, no la tenía; es decir, podía contar el número de chicos con los que había dormido con una sola mano. Pero había tonteado con un montón de chicos en estado de ebriedad y la mayoría de ellos tuvo el buen tino de no tratar de mantenerse en contacto después de eso. Era mejor para los dos si cada uno seguía con su vida, fingiendo que esto nunca había ocurrido.
Al parecer, este tipo —¿por qué no puedo recordar su nombre?—, no siente lo mismo.
—Escucha —le dije, mirando lejos de él mientras trataba de sacar la envoltura del condón que se había enredado dentro de mi camisa—. Nos acabamos de graduar y después de este verano, nos iremos a la universidad. Entonces, ¿cuál es el punto de estar en contacto, de verdad? —Ugh. Pobre chico. Ni siquiera podía dejarlo fácilmente. Esta resaca era tan mala. Lo miré de nuevo a los ojos, sabiendo que tenía que terminar con esto para poder salir de allí—. Creo que deberíamos dejar las cosas donde están y, ya sabes, nunca, nunca volver a vernos.
—Así que... ¿No quieres darme tu número? —En realidad no. No.
Sopló aire de su boca en un apuro. —¡Ouch. Eso es un poco duro.
Tal vez, pero era mejor. No era como si alguien como yo habría sido una buena novia de todos modos. Yo era sólo un enganche ebrio. Eso es todo lo que siempre había sido.
—Mira, te estás mudando, ¿no? Estoy segura de que toneladas de chicas de tu nueva ciudad irán totalmente detrás del desgarbado niño bonito que eres. Ni siquiera te acordarás de anoche en una semana... Yo ya apenas lo recuerdo. —Me encogí de hombros y colgué el bolso sobre mi hombro, una mano contra la pared para estabilizarme—. Por lo tanto, buena fiesta. La pasé muy bien. Yo, eh, no te veré por allí.
—¿Jenna? —me llamó.
Pero ya estaba fuera de la habitación y caminando vacilante por el pasillo. Necesitaba salir de allí. Rápido. No sólo estaba lista para alejarme del Sr. Pegajoso, sino que también tenía que llegar a casa. Mamá me estaba esperando y tenía un chingo embalaje que hacer antes de que papá apareciera en su camioneta al día siguiente.
Llegué al final del pasillo y encontré la sala de estar completamente destrozada. Latas de cerveza medio vacías y bolsas de patatas fritas desparramadas por el suelo. Un sillón reclinable y una mesa, que eran las únicas piezas de mobiliario (supongo que el resto ya había sido enviado a su nuevo lugar), estaban volcadas. Algunos rezagados permanecían inconscientes en el suelo. Me sentí un poco mal por comosellame. Tenía un verdadero desastre que limpiar. Estaba tan feliz de no ser él.
Eso es lo que ganaba por ofrecerse voluntario para organizar una fiesta de graduación.
Me tropecé con la basura en mi camino hacia la puerta principal, haciendo una mueca cuando la luz golpeó mis ojos. Me dolía la cabeza como el infierno, pero por lo menos no estaba vomitando. Después de cuatro años de ir a las fiestas de la escuela —y chocarme con unas cuantas fiestas de fraternidad— había aprendido a mantener mi alcohol bastante bien. Mejor que un montón de chicas de mi edad, de cualquier forma. La mayoría de las chicas que vi en las fiestas terminaban besando el inodoro después de un par botellas de Smirnoff Ice2, y luego tenían que ser llevadas cargadas por sus novios futbolistas. Bebés.
Con un suspiro, saqué mi teléfono de mi bolso y marqué el número de la compañía de taxis. En serio esperaba no tener un conductor parlanchín. Si él decía más de cinco palabras, no le daría propina.

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• HOLA! Espero les guste esta historia. La había comenzado antes pero no pude continuarla, no pasará lo mismo esta vez.

Pienso que se podrán identificar mucho, problemas de autoestima ( los normales, no exagerando), padres divorciados y ¡¿Qué rayos haré con mi vida después del bachillerato?!

Sé que Jenna es un poco demasiado perra a veces, pero sé que aprenderán a amarla <3

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