Prólogo: En llamas

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Helena estaba en su cuarto, leyendo su libro favorito mientras esperaba a que su padre diese dos toques en la puerta. Esa era la señal que habían acordado. Dos toques querían decir que ya había escondido todas las pistas y que debía bajar para dejar sobre la encimera de la cocina el trocito de papel que conduciría a su madre a una búsqueda por toda la casa hasta encontrar su regalo de aniversario.

Se habían esforzado mucho en ocultar sus planes a su madre, tanto, que la pobre mujer se había pasado el día lanzando indirectas porque creía que su marido lo había olvidado.

Su padre le había pedido ayuda para elegir el regalo perfecto, como siempre. Año tras año le pedía a Helena que le acompañase a comprar algo y, año tras año, era ella quien elegía el regalo.

Este año había decidido regalarle un anillo sencillo pero elegante. El anillo estaba tallado dando la impresión de que se enroscaba sobre sí mismo y Helena estaba segura de que el anillo se vería más bonito aún en los delgados dedos de su madre.

De repente, sus pensamientos se vieron interrumpidos por un sonido proveniente del piso de abajo. Eran como sartenes que se habían caído. Helena no le dio importancia y siguió leyendo.

Entonces un grito de terror le puso la piel de gallina. Era su hermana. ¿Por qué grita de ese modo? Pensó.

Helena dejó el libro a un lado y se dirigió a las escaleras. Bajó despacio y lo que encontró la dejó sin respiración.

Delante de la puerta había un hombre moreno, vestido de negro. A sus pies estaba el cuerpo de su hermana, sin vida.

-¡Rebeca!-Helena gritó el nombre de su hermana pero no hubo respuesta.

-¡No!-Gritó. Helena agarró un jarrón que tenía cerca, el favorito de su madre, y se lo lanzó al asesino a la cara. Este lo esquivó y el jarrón se partió en mil pedazos al chocar contra la puerta, pero el jarrón no importaba, había conseguido entretenerlo el tiempo suficiente para correr al salón en busca del teléfono. Tenía que llamar a la policía.

Al entrar en el salón se detuvo. Allí estaba su padre, también sin vida. Se le revolvió el estómago. Ese desgraciado también había matado a su padre. ¿Por qué? Pensó Ellos no le han hecho nada a nadie.

Helena sintió como la agarraba por la espalda y se deshizo de él dándole un codazo y una patada. Al menos las clases de defensa personal me han servido para algo. No tenía tiempo para pensar en tonterías, tenía que salir de allí, y rápido.

Corrió hacia la puerta, saltando sobre el cuerpo de su hermana. Ya no podía hacer nada por ella. Si salía tendría la oportunidad de pedir ayuda y ver como ese hombre se pudría en la cárcel.

Alcanzó la puerta y se dispuso a abrirla pero en ese momento oyó un chasquido. La puerta se había cerrado y ella no podía abrirla sin la llave. Se giró y vio como el hombre se reía.

-Ahora vendrás conmigo.- ¿Había hablado en inglés? ¿Cómo lo había entendido?

Hay un teléfono en la cocina. ¿Cómo lo había olvidado? Corrió a la cocina y encontró el cuerpo de su madre en el suelo, en un charco de sangre.

De algún modo Helena olvidó el teléfono. Cogió una sartén que había en el suelo y se giró, golpeando con todas sus fuerzas al hombre que había matado a su familia.

El hombre se llevó la mano al lugar donde le había golpeado y movió la otra mano como si barriera el aire. La sartén salió disparada de las manos de Helena ¿Qué diablos...?

-Deja de correr pequeña bruja, no voy a hacerte daño. Sólo quiero que me acompañes. -¿Tan bueno era su inglés que lo entendía en un momento como aquel? Helena miró al hombre a los ojos, de un azul realmente intenso. Le habrían resultado bonitos si no fueran de hielo, los ojos de un asesino.

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