En las noches frías como aquellas, sin alguna estrella que brindara algún rayo de esperanza, era cuando los recuerdos de aquellos días brillantes se volvían más dolorosos. Recordaba el dulce néctar de sus labios y aquellos ojos de un verde intenso, los cuales siempre la hacían recordar las extensas praderas en las cuales solía jugar de niña. Pero como si de un mal sueño se tratara, aquellas praderas verdes poco a poco se fueron desvaneciendo, dejando atrás un desierto de dolor, imposible de sanar. Sentía que, con el pasar de los días, ese hombre del cual se enamoró se iba transformado en una bestia sin alma y corazón, haciendo de sus días un infierno parecido a las zonas de combate que se dedicaba a estudiar cada vez que era llamado a servir a su patria.
La guerra no sólo había cambiado su físico sino que también su esencia. De aquel hombre detallista y feliz sólo quedaban cenizas. Éstas, siendo reemplazadas por un hombre frío y calculador, sin valor hacia la vida y hacia su familia.
Lo peor de todo es que en su corazón no encontraba la manera de odiarlo o de olvidarse de él. Todas las mañanas, en la soledad de aquella casa que habían comprado juntos, con la promesa de decorarla con la risa de cinco pequeños, miraba el calendario contando los días de su regreso, esperando que esta vez, cuando abriera la puerta para recibirlo luego de tantos meses en batalla, encontrara de nuevo aquel hombre de mirada cálida y con una gran sonrisa en su boca, como solía tener siempre que volvía a casa para reencontrarse con su esposa.
Pero sabía que solo se engañaba a sí misma haciéndose falsas ilusiones.
Con ese último pensamiento, sintió los primeros rayos del sol colarse por la ventana. Sabía que hoy se cumplía el día cero, el día que regresaba el hombre del cual se había enamorado.
Lo primero que hizo al levantarse fue buscar el vestido más hermoso que encontrara en su armario y unas zapatillas que estuvieran a juego. Quizás si se arreglaba lo suficientemente él notaría su esfuerzo y al menos le dedicaría una sonrisa.
A las nueve en punto de la mañana, escuchó el timbre de la puerta principal. Sus manos comenzaron a temblar a un más con cada paso que daba hacia la puerta. Al abrirla, se encontró con un hombre de cabello blanco y de ojos marrones que la miraban con tristeza. Este vestía con el uniforme militar y en su mano derecha sujetaba una carta. Fue en ese instante cuando supo que su esposo nunca volvería de aquella tierra llena de sangre llamada zona de combate.
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Zona de combate
RomanceLa guerra no sólo había cambiado su físico sino que también su esencia. De aquel hombre detallista y feliz sólo quedaban cenizas. Éstas, siendo reemplazadas por un hombre frío y calculador, sin valor hacia la vida y hacia su familia. Lo peor de todo...
