El beso.

25 3 1
                                        

Silencio, era todo lo que se escuchaba en aquel lugar. La suave brisa invernal mecía nuestros cabellos y acariciaba nuestros rostros con suavidad. Era la hora del receso y, como hacía desde hace varias semanas atrás, había decidido hacerle compañía a aquel solitario pelirrojo en aquel sitio prohibido, del cual, se desperdiciaba la preciosa vista que se podía admirar desde allí. La azotea. Aunque, hacía como varios segundos atrás que empecé a dudar si había sido una buena idea o no el haber venido hoy con él. No sabía cómo ni cuándo había pasado, pero cuando quise darme cuenta, entre bromas y risas, había acabado acorralada contra la pared mientras sus brazos se mantenían situados a ambos lados de mi cabeza. Sus ojos plomizos completamente fijos en los míos, mientras que su típica y arrogante sonrisa se hallaba alojada en su rostro. De nuevo en la misma situación, pero esta vez no caería en su juego... o al menos, lo intentaría.

     Desvié la mirada, como si eso pudiera hacer que no se percatase de mi sonrojo, pero, por aquella risita casi inaudible, pude averiguar que sí que se había dado cuenta. Noté una leve caricia en mi mejilla y, seguidamente, cómo sus dedos la recorrían con suavidad, obligándome con mucha sutileza a volver a mirarlo. Esta vez, su sonrisa se había borrado casi por completo. Su rostro comenzó a acercarse lentamente al mío, mas me mantuve con los ojos abiertos. Estaba segura de que era otra de sus bromitas para tomarme el pelo, aún así, no podía evitar que el sonrojo cubriera todo mi rostro. Acercó su cuerpo al mío, apegándose a medida que se acercaba más y más. Sentía el corazón latirme acelerado. “Deja de darme ilusiones” me gustaría haberle dicho, pero el mero roce de nuestros labios hizo que ni siquiera alcanzara a decir tan solo una palabra. Sus labios volvieron a rozar los míos, mientras sus orbes plomizas me observaban con los ojos entrecerrados y sentía su respiración en mi rostro... ¿Por qué me torturaba de aquella manera?

     Cansado de su propia tortura, soltó un inaudible gruñido y terminó por acortar la distancia que separaban nuestros labios, acabando por sellarlos con suavidad. Mi corazón dio un vuelco y, casi al instante de sentir cómo sus labios se deslizaban sobre los míos, cerré los ojos, correspondiéndole, mientras una de sus manos me tomaba de la cintura, apegándome más a él. Nunca pensé que un beso podría saber tan bien... y nunca pensé, que aquel chico podría besar de aquella manera. Tan dulce, tan tierno, tan... delicadamente. Casi podía asegurar que había tocado el séptimo cielo con aquel encandilador beso, el cual, me tenía completamente embelesada. Así, tal y como empezó, terminó con un leve roce de nuestros labios y, de nuevo, con aquella sonrisa dibujada en sus labios. Se acercó muy levemente a mi oído y susurró lo que había soñado incontables veces en el pasado.

     –Te quiero, tonta

El BesoWhere stories live. Discover now