Capítulo único.

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Centenares de frías gotas caían sobre la grisácea ciudad, cuyo fugaz sonido al chocar contra el suelo inundaba los oídos de la joven sentada en el borde de su ventana, desde donde veía cómo el cielo humedecía con su llanto a los apresurados peatones, que a su vez se refugiaban de él.

Con una lágrima corriendo por su mejilla, sonrió. Cuán irónica podía llegar a ser la vida. Apoyando su mano contra el frío cristal, anhelaba sentir las pequeñas gotas emanadas del cielo chocar con su caliente piel blanquecina, inundando su cuerpo hasta no saber identificar cuáles eran sus lágrimas, y cuáles eran las gotas frías de ese tormentoso septiembre. Mientras tanto, los egoístas ciudadanos que zigzagueaban entre pequeños techos y maletines sobre sus cabezas, tenían el descaro de evitar la tormenta y presumir sus prendas mojadas ante los ojos de la chica frente a la ventana.

La lluvia era fría, como su alma. El cielo era gris, como su corazón. Los ángeles lloraban, como su espíritu.

Sola en su habitación, se imaginaba a sí misma corriendo entre las concurridas calles, bailando entre la humedad desprendida de las alturas. Ambas complementándose, siendo unidas por un mismo sentimiento: La soledad.

La chica saboreó entre sus labios aquella palabra: Soledad. Tres sílabas. Siete letras. Un tormento de emociones unidas por un factor común ubicado entre la S y la D. La soledad te permitía recordar, pero también olvidar. Te permitía perderte y a la vez encontrarte. La soledad, a pesar del cruel concepto que las personas suelen darle, era un sentimiento más bueno que la bondad misma, porque era el único que estaba contigo aunque cuando todos se habían ido, incluso tú mismo.

Tal vez eso representaba la lluvia, a la soledad. Quizás los ángeles también se sentían solos, y lloraban al ver al pueblo bajo sus pies perdido en la inmensidad del pecado. Tal vez los ángeles eran más humanos que nosotros mismos, y para ellos, nosotros éramos los más crueles demonios, destruyendo sin remordimiento el paraíso que su Padre había creado.

La lluvia comenzó a tornarse más densa, a la par que otra tímida lágrima resbalaba por su pómulo izquierdo, hasta desplomarse desde las finas líneas de su mentón. Ella por un momento quiso que la lluvia jamás acabara, y que aquél espectáculo de gotas transparentes empapando todo a su paso durara días, meses, o incluso años. El diluvio, de alguna forma, la hacía sentir acompañada, como si no fuera la única persona en la silenciosa habitación que sintiera que todo a su alrededor se derrumbaba en gigantescos escombros, que caían directamente sobre sus mejillas a modo de gruesas gotas saladas.

Sentada ante el panorama frío y húmedo del exterior, comenzó a pensar en todo: Antes, solía sentarse junto a esa misma ventana junto a él, hablando tonterías hasta que la tarde lluviosa terminara, y diera lugar a un hermoso día soleado que les permitiera ir a la playa al día siguiente, o salir y beber un café sin decir nada en absoluto, apenas disfrutando de la compañía mutua y de esas pequeñas miradas que solían darse, causando un leve sonrojo en las mejillas de ambos, o incluso estar todo el día echados en el sofá, mientras ella disfrutaba del calor emanado por la musculatura del que solía llamar "El amor de su vida".

Ahora, sola, junto a ese lugar frente a la ventana que antes ocupaba su amor transparente, se preguntaba si todas las rosas no fueron más que plástico, y si las palabras no fueron más que eso, simples palabras. Se negaba rotundamente a aceptar el hecho de que todos los dos años anteriores no fueran más que una margarita triste y marchita, aquella flor que se había caído del ramo a mitad de camino, y cuyos pétalos se desplomaban uno a uno con cada pisada que recibía en una calle muy concurrida; o peor aún, se negaba a pensar que todas las palabras dichas y besos a media noche fueron siempre como una flor plástica y prefabricada, diseñada para jamás marchitarse, pero a la vez para privar al humano que la adquiriese del dulce aroma y frescura de una flor viva y bien cuidada. Era un adorno, una estafa y, sin saber si seguía pensando en flores de plástico o en ella misma, fue innegable el pensamiento de que era una dulce mentira.

Quería que él volviera. Quería que pusiera el mechón suelto de su cabello detrás de su oreja, que sonriera y revelara el hoyuelo de su mejilla izquierda, que la tomara de la mano mientras caminaban, que contara esos pésimos chistes que, de una u otra forma, lograban hacerla reír, que depositara cálidos besos en su frente, y susurrara dulces palabras en su oído. Lo extrañaba todo de él. Lo necesitaba.

Un trueno en medio de la llovizna la desenterró de los dolorosos recuerdos que su mente traía especialmente para ella y, sin haberse dado cuenta de que había estado llorando, secó los restos mojados de sus mejillas, siendo los contornos húmedos de sus ojos marcas dejadas ante la tortura que su cerebro le había estado aplicando sin remordimiento alguno. Entonces cayó en cuenta de que sus lágrimas no eran realmente lo que parecían ser, eran recuerdos. Los restos mojados en sus mejillas no eran más que recuerdos tristes en forma líquida, que exigían desesperadamente salir a flote para aliviar el peso de su corazón resquebrajado. Las gotas de agua que resbalaban por sus mejillas habían dejado hace tiempo de ser lágrimas, para convertirse en una combinación de mentiras y realidad con un gusto terriblemente salado.

Su instinto, o tal vez sería más adecuado llamarlo estupidez, había conseguido que ella tomara su teléfono entre sus manos y escribiera el número telefónico que ya se sabía de memoria. Anhelaba escuchar su voz ronca, sus respiraciones profundas a través del auricular, al menos una palabra dirigida hacia ella, sin importarle si era un "Te amo", un "No vuelvas a llamarme", o un indiferente y fastidioso "¿Otra vez ?". No le importaba, sólo quería decirle que volviera, que la estrechara entre sus brazos y jamás la soltara, que le dijera que la amaba entre caricias y susurros, que la besara hasta que su par de labios hambrientos quedaran finalmente saciados. Sin embargo, el recuerdo de sus firmes manos recorriendo el cuerpo de otra chica dejó una herida de bala en su corazón ya antes malherido, y la punzada de dolor le devolvió la cordura necesaria para retractarse antes de iniciar la llamada.

Lanzando el teléfono contra su cama, una pequeña risa se escapó de sus labios. No sabía exactamente si era consecuencia de su ignorancia al pensar en marcar nuevamente ese número, o si era otra ironía de la vida el hecho de que, entre más triste se sentía, con más frecuencia sonreía sin motivo alguno.

Se dedicó nuevamente a observar las gotas caer sobre el vidrio de su ventana, esta vez de forma más lenta y con un par de rayos de sol filtrándose entre las nubes oscuras y, aunque a algunos pudiera parecerles absurdo, aquél pequeño fragmento de paisaje obstruido por las pequeñas gotas que caían sin cesar sobre su ventana la hizo reflexionar. A pesar de la fuerza que poseía la tormenta, el sol, con sus débiles rayos traspasando las densas nubes, ofrecía la promesa de un amanecer radiante y despejado al día siguiente a quien tuviera la dicha de apreciar su presencia en el cielo. De alguna manera, el radiante Sol siempre aparecía más fuerte, más radiante y más cálido después de una fría tarde de rayos y truenos.

Tal vez las personas deberían asemejarse más al Sol y menos a la tormenta; y tal vez ya era hora de que ella se convirtiera en el Sol, y saliera de su escondite entre las profundidades de las densas nubes grises del cielo.

Él se había ido, y de alguna forma, ella también lo había hecho. Con el dorso de su mano limpiando sus ojos, sonrió, y esa sonrisa consiguió coser con hilo y aguja su corazón desmoronado. Era hora de ponerle un final a la historia de fantasías que ella había creído real. Era momento de recobrar toda la fuerza que él le había arrebatado cuando se había marchado de su lado. Era momento de seguir adelante, de volver a sonreír, y de comenzar desde cero, esta vez, con un sol aún más radiante del que había percibido cuando lo conoció.

Tomó su teléfono. Él estaba llamando. La sonrisa en su rostro se ensanchó aún más, si es que eso era posible, al rechazar la llamada y colocarse frente a la ventana nuevamente.

El sol se hacía más presente, al igual que la luz en su mirada. El cielo se aclaraba, como su mente. Los ángeles sonreían, como su corazón.

A partir de entonces seguiría adelante y, aunque seguía amando la lluvia, no permitiría que cubriera el Sol que comenzaba a brillar en su interior.

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