Parte 1 Estudia y déjate de dragones

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Nico era un buen chico, despistado y distraído, pero bueno.

Los estudios no estaban hechos para él, pues se pasaba las clases mirando fijamente las nubes que se divisaban a través de las ventanas o cualquier otra cosa que no fuera al profesor y su arma letal: la pizarra.

No suspendía, aun arrastrando un par de asignaturas para setiembre, pero eso para su madre, que era abogada y siempre había sido la alumna ejemplar, no era suficiente. Nico, en cambio, se conformaba con aprobar a la primera, para no tener que volver a aquella cárcel que le impedía seguir soñando.

A Nico le encantaba la mitología y, por eso, su predilección por pasar horas y horas en el parque que había a un par de calles por encima de su casa, pues justo al lado de los columpios para niños había un extenso laberinto formado de rosales, donde él había intentado adentrarse en varias ocasiones.

Aquel día Nico volvió del colegio pensando en hadas y duendes. Subió los escalones y atravesó la puerta, dirigiéndose a paso lento hacia su habitación. A pesar de que el muchacho nunca hacía ruido al caminar, su madre siempre sabía cuando pasaba cerca de ella, de modo que, al sentirlo, apareció de la cocina.

-Jovencito- dijo preparándose para una reprimenda- Ya te han dado las notas ¿verdad?

Nico no dijo nada. Abrió su mochila y le alcanzó a su madre el sobre con las notas.

-¡Vaya, cómo no!- se frustró la madre al examinarlas con atención- todo cincos y un suspenso.

Nico sabía todas y cada una de las palabras que iba a escuchar ahora, así que se sentó en el sofá y esperó. La madre, al adivinar sus pensamientos se irritó todavía más.

-No tendría que reñirte de nuevo si las notas fueran mejores. Pero siempre tenemos que estar igual, que si estudia, que si haz deberes, que si...

Un genio semiopaco apareció de detrás de su madre, flotando como si la gravedad no le afectara. Miró a Nico a los ojos y sonrió, divertido: compadecía a Nico. El muchacho pudo adivinarlo por los ojos escarlata de éste, llenos de misericordia.

Al lado de este genio apareció una pequeña muchacha con una enorme cesta de flores, cuyos pétalos alzaban el vuelo en todas direcciones. Uno de ellos casi toca a Nico. A pesar del brillo intenso de aquellos pétalos, su olor era imperceptible- una verdadera pena. La niña le miró atenta y adelantó unos pasos, traspasando a la madre de Nico, que seguía con el discurso de quiero un hijo ejemplar" sin vacilar siquiera cuando la niña la atravesó, cual fantasma u espíritu con la materia viva.

Nico mantuvo los ojos fijos en la niña, que se acercaba a él: en un brazo tenía la cesta con las margaritas y otras flores, y extendía el otro hacia Nico, abriendo su manita e intentando tocarle. Cuando Nico extendió la suya, ésta se desvaneció, cual pompa de jabón al explotar, consumiéndose en una hermosa explosión.

Nico no pudo hacer o decir nada antes de que una voz le devolviera al aburrido mundo real.

-Nico, ¿estás escuchándome?

Nico asintió a su madre.

-Estoy cansada de tus despistes y tu mente distraída. El mundo no se compone de hechiceros y dragones, sino de matemáticas y lenguas, de ciencias, de mucho trabajo y conocimiento.

Nico asintió de nuevo.

-¿Entiendes que ésto lo hago por tu bien?

Nicó volvió a asentir.

-¿Estudiarás más a partir de ahora?

Nico asintió de nuevo.

-No asientas si no vas a hacerme caso después- se quejó ella.

Nico se mantuvo quieto.

-¡¿De modo que no vas a obedecerme?! ¡¿Por eso no asientes nuevamente?! ¡Estoy harta de ti, haz lo que quieras!- su madre se marchó de nuevo a la cocina, dejándolo solo en el salón. Nico levantó los hombros y, dejando su mochila en el sofá, cogió las llaves y siguió al genio, que volvió a aparecer para guiarle fuera de casa.

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Hey, muchas gracias por leerme, de verdad. No es una gran historia, pero espero que os guste!! :D

Comentad si tenéis algo que decir, graciass!

El laberinto de rosas rojasWhere stories live. Discover now