Agua bendita.

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Llovía, y el café soplaba a las tostadas.
Las cortinas bailaban sin viento, sin aire, sin ganas.
Yo observaba la habitación en un silencio que cantaba y mi mirada, de tantas vueltas que daba se encontraba, así perdiéndose de vez en cuando en algún punto oscuro.
Lo sentía, estaba aquí, conmigo, como tantas otras veces. Yo le ignoraba, pero en mi interior lo amaba profundamente.
El era mi chispa, mi explosión de gas, mi universo formándose lentamente. El me cuidaba, por las noches veía en la penumbra como se acercaba, y me sonreía con la sonrisa mas sincera que nunca hubiera nadie conocido.
Me gustaba su forma de ser, de castigar, su maldad, en el fondo era dulce. Me encantaba, el, entero.
Su manera de entender el mal. Nuestra manera de ser el mal.
Solo deseaba lanzarme en picado a sus brazos, llenos de cicatrices y De mil historias.
Yo le rezaba, yo le admiraba.
Aveces, le oía respirar y susurrarme que me quería.
Siempre me dio libertad para poder trazar mi propio camino. Siempre me protegió.
Estaba sentada, las cortinas seguían bailando. Llovía, aun mas fuerte.
Entonces le vi, estaba ahí, delante de mi con una expresión tímida. Mostró su sonrisa, me puse en pie y me tendió su mano.
Yo se la di, entrelazamos los dedos suavemente, sus garras me acariciaban la palma de la mano y mi corazón latió de nuevo.
Fue ahí cuando comprendí que nunca habría agua bendita que nos separa.

Agua Bendita.Where stories live. Discover now