Entré a la estación por aquella magnífica entrada de madera con paso decidido. Aquella era una de esas estaciones antiguas que fueron construidas con tanta belleza y precisión que no había hecho falta remodelarlas en mucho tiempo. Sin duda, lo que más me gustaba era como las vidrieras de colores dejaban que entrara algo de luz a los lados del edificio. El sonido de mis pasos sobre aquel suelo de mármol blanco casi ni se oía por todo el ruido que aquellas paredes de piedra encerraban.
Uno de los trenes acababa de llegar y la gente que había salido caminaba en el sentido contrario al mío. Me aparté a un lado y busqué con la mirada el andén número tres. Cuando lo encontré, respire hondo y me dirigí hacia allí. Caminé lentamente, midiendo mis pasos mientras observaba a las personas que esperaban sentadas en los bancos. Di con la persona que buscaba y la observe de reojo. Era una mujer de unos 70 años de pelo blanco y mirada perdida. Miraba hacia las vías del tren vacías como si la vida le fuese en ello. Me acerqué a ella y me paré delante.
—Buenos días, ¿es usted Pilar Gutiérrez?— dije con una sonrisa. Ella asintió todavía con la mirada perdida en los trenes —me llamo Sara y trabajo para el periódico escribiendo artículos.
Ella me miro y me dedico una sonrisa. Puede que lo hiciera simplemente para ser amable o porque ya había supuesto lo que le iba a preguntar a continuación.
—Tengo intención de empezar con un nuevo artículo y un amigo mío que trabaja aquí me ha contado que usted siempre espera el mismo tren el último día de cada mes desde hace varios años.
—Ocho —dijo ella con un tono de voz bajito pero melódico.—Desde hace ocho años—repitió—¿Quieres saber por qué?
—Por supuesto—contesté muerta de intriga, pero cuando se dispuso a empezar a contármelo, una voz la interrumpió.
—Abuela no tienes porque contar nada a esta gente—dijo alguien a su derecha. Mie en esa dirección y me encontré con un hombre de unos 25 años, de pelo moreno y algo despeinado. Llevaba una camisa blanca y no despegaba sus ojos del libro que estaba leyendo.
—Javi no seas desagradable.
Mire con el rabillo del ojo al que parecía ser su nieto. Él Resopló y volvió a enfrascarse en su lectura mientras negaba con la cabeza. Aquello parecía una abuela riñendo a su nieto de siete años.
—Para saber por qué— empezó a contar—tenemos que remontarnos hasta hace 52 años. Yo era una joven de 19 años llena de vida dispuesta a comerme el mundo. Era delgada, alta y de piel aceitunada. Mis ojos claros resaltan sobre mi cabello rubio enroscado en unos perfectos tirabuzones. Bajo mi pequeña nariz puntiaguda descansaban unos preciosos labios finos que escondían una brillante sonrisa. Mis amigas siempre solían decir que casi nunca sonreía, pero que cuando lo hacía dejaba prendados a todos los jóvenes del pueblo—su nieto parece reírse, y cuando ella se dio cuenta le dio un pequeño codazo.— No te rías, yo en mis tiempos mozos estaba hecha toda una ligona—y a continuación fue ella la que se rió. Su nieto cerró el libro para prestar mayor atención al relato de su abuela.
—El caso es que tuve una discusión muy fuerte con mi hermana mayor, ya no recuerdo porque. Ella me dijo cosas horribles y luego se marchó. Unos meses después, mi madre falleció y mi padre y yo nos mudamos a Madrid para que pudiese empezar mis estudios de Bellas Artes. Nunca más he vuelto a verla.
—Vaya—dije sin saber muy bien que contestar a eso.— Debió de ser muy duro perder a su madre y no volver a ver a su hermana. ¿La está esperando en este andén?
—No seas impaciente—me recrimino su nieto—espera a que acabe de contar la historia.
Le miré atónita y decidí no contestarle. Lo único que me faltaba era empezar una discusión absurda en mitad de la que seguramente sería la historia más interesante que me habían contado nunca. Aquel iba a ser sin duda el mejor artículo que habría escrito para el periódico. Pero ese artículo nunca fue escrito.
—Hace ocho años, cuando deje de trabajar, decidí volver a la casa en la que vivíamos antes de que mi hermana se marchase y encontré una carta en el buzón. Cuando la leí, me dio un pequeño infarto y me tuvieron que llevar al hospital —aquello último me dejó de piedra, y la preocupación se hizo presente en mi rostro—Pero ya estoy bien. Los médicos dijeron que me recuperé muy rápido— suspiro e hizo una breve pausa—esa carta reavivó mis esperanzas de encontrar a mi hermana.
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El andén número tres
Short StoryUna historia corta a cerca de un misterio que jamas podrá ser resuelto...
