Una niña estaba mirando por la ventana de su habitación, por última vez. Su reflejo le asqueó, así que decidió abrirla y ver directamente a la oscuridad de la basta noche. Se sentó en el borde del marco del ventanal abierto, con los pies balanceándose y sin miedo, a pesar de estar a centímetros de caer por un séptimo piso. Se sintió como una niña en un columpio, imaginó por un momento que su padre la mecía y se permitió saborear la brisa impregnada de olores, hasta que un sentimiento empezó a agudizarse en su cien, taladraba incesante y ardía en sus pupilas.
Entrecerró los ojos y al abrirlos buscó desesperadamente estrellas en el cielo, pero no había nada, ni una sola luz y, en su inocencia, creyó que el universo conspiraba en su contra, ¿Cómo era posible, sino, que el día del entierro de su padre, quien le había enseñado el nombre de cada constelación, todas desaparecieran? Sus puños se aferraron con fuerza a la tela de su vestido negro, y el delineador que se había puesto en los parpados en un intento de parecer mayor y más fuerte, se fue derritiendo poco a poco sobre sus mejillas junto con las lágrimas que había sido capaz de contener por días. Y de repente, algo la golpeó, ella trató de resistirse, en su cabeza repiqueteaban miles de pensamientos y una voluntad débil trataba de hacerse oír, pero aquella fuerza era como un hechizo que la impulsaba a caer, y embelesada por el peligro, finalmente sucumbió.
No fue su culpa, fue de ella, aquella sombra negra que la arrastró sin piedad fuerade la habitación, se sentía la presencia de lo maligno que la había forzado, y todos lo sabrían. Nadie, jamás, se atrevería a cuestionar los motivos de su muerte, se dijo a sí misma. Sin embargo, cuando su cuerpo impactó escandalosamente contra el concreto y la sangre comenzó a emanar de su pequeña cabeza, la habitación quedó vacía y todo rastro de la criatura que provocó sucaída murió con ella. Casi se podía ver en su rostro una sonrisa de satisfacción, pero conforme la vida fue dejando su rostro y relajando sus músculos,el único atisbo de felicidad que había sentido, también se fue.
