Reflexiones en un día de verano

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Hay algo que quiero decir sobre el calor. No es como las películas, esa inyección de energía y vitalidad. Tal vez lo sea en un sábado, cuando puedes ir a una playa, recostarte en la arena y nadar. O a una piscina, en todo caso. Pero, cuando no; cuando tienes que pasar el día en casa, en la rutina habitual, el calor es algo diferente. Lo sientes en los huesos, la presión del sol como una fuerza que te obliga a permanecer acostado, respirando lento porque cada vez que expiras sientes que extrae algo de ti. Como la energía, la vitalidad.
Dicen en la tele que el golpe de calor empieza a matar niños. Tal vez, esos sitios en las películas no son tan calientes.
Hay un montón de canciones que hablan de días soleados. Es un signo de alegría, es esperanza. Después de las lluvias, aquí suele haber sol, pero es mucho más fuerte. Puedes imaginar un titán en su trono tan molesto por las horas que la lluvia le quitó que azota más fuerte cuando las nubes se despejan. Siendo sinceros, es horrible. Sientes el vapor elevándose de la tierra húmeda y los rayos de calor aplastando tu espalda, y te mueves y sientes que te pesan los miembros. Recuerdo una vez a una compañera desmayada en la formación del colegio. Insolación. Recuerdo aquel libro que leí y esa oda al sol en sus páginas. Lo amamos, lo odiamos. Eso no importa. Lo llevamos bajo la piel. Nos marca y aunque intentamos huir (tenemos ventiladores, aire acondicionado, bebidas heladas), te atrapa. Despiertas en la madrugada, el cuerpo empapado en sudor y el calor te roba el sueño.
Esta tierra fue un desierto alguna vez. Crecían árboles torcidos y opacos. No ha cambiado, tal vez lo ha hecho para nosotros, pero cuando caminas al mediodía, lo notas. En la lengua seca, en los brazos que arden, en la piel que quema. Estamos en sus dominios, aquí, en el eterno calor.

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